Cultural Jorge Eduardo Benavides presenta Un Millón de Soles, su novela sobre el velascato.
La Reforma Literaria
Tras repasar la gris década aprista de los 80’s en ‘Los Años Inútiles’ y el colapso antes de la llegada al poder de Fujimori en ‘El Año que Rompí Contigo’, el escritor Jorge Eduardo Benavides recrea ahora el golpe militar de Juan Velasco Alvarado. Un extracto. ME GUSTARÍA ESA frase a cuatro columnas, dijo soñadoramente Fonseca haciendo como un encaje fotográfico con las manos, bien grandecita, que todo el Perú sepa que los milicos están dispuestos a trabajar por el país y que se acabaron los chanchuyos como anunciaron desde el primer día: «Sudaremos, sudaremos, sudaremos». Además, insistió antes de que Argüelles lo interrumpiera, era una manera de recordarle al general cuál había sido su propósito inicial. Ya son las cinco y me muero de hambre, dijo Fonseca, vamos, lo invitaba, y salieron a la avenida Abancay, caminaron sorteando ambulantes, evitando el turbión de oficinistas apresurados, de ómnibus herrumbrosos que atronaban con sus bocinas en medio del smog.
Entraron a un cafetín donde flotaba un intenso aroma a café tostado, apenas había clientes y el ruido de la calle les llegaba remoto, como un recuerdo lejano. Argüelles se acomodó en una butaca despellejada, apagó el pucho y pidió un café: no lo sabía, estimado Rolando, no estaba seguro. ¿No estaba seguro de qué?, dijo echándole limón a la empanada y Argüelles sorbió su café, quedó un momento pensativo, lejano, al final sonrió: era una barbaridad titular el reportaje con esa frase, Rolando, yo tuve la sensación de que a Velasco se le había olvidado lo que quería decir, de que tenía un discursito especialmente preparado para la prensa y que a último momento se atarantó, se le fue el santo al cielo, no sé: esa frase desafortunada con la que inauguró su gobierno no es precisamente un destello de genialidad y seguro que se estaba arrepintiendo de haberla dicho. Para qué remover esas aguas.
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Suena, no sé, como una versión chola de «sangre, sudor y lágrimas». A mí me gusta, dijo Fonseca muy serio, limpiándose la boca con una servilletita de papel, es estupenda y además no es suya, señor Argüelles, es del general, y volvió a hacer una cajita con las manos, como si fuera un marco delicado para las palabras: «Sudaremos, sudaremos, sudaremos: el balance del proceso revolucionario», y acompañando el texto una secuencia de fotos, ¿sabía?, los ojos de Velasco, sus manos, esos gestos que lo conectan tan bien con la gente, con el pueblo, carajo, como la que le sacaron en La Crónica hace ya algún tiempo. ¿Tú crees?, los ojos de Argüelles se iluminan, claro que creía, a la gente le iba a gustar, ya iba a ver, no hay nada como una frase impactante, insistió Fonseca encendiendo un cigarrillo y ofreciendo otro a Argüelles que se pasó una mano por los cabellos canosos, se acomodó la camisa azul eléctrico, no sabía si iba a ser del agrado del presidente, porque sonaba un poco absurda. (...) Apenas lo vio partir, Fonseca se dirigió al mozo, otra coca cola, zambo, y pásame el teléfono. El mozo puso un teléfono negro y antiguo al lado, dijo son veinte reales la llamadita, jefe y Fonseca miró un rato el aparato, incapaz de decidirse. Por fin marcó un número mientras fumaba, ansioso, las manos húmedas. No esperó mucho: ¿Aló, flaco? Qué ha sido de tu vida hermanito, a ver cuándo quedaban otra tarde para ir a los burros, ¿mucha chamba en Palacio? Ya, me imagino, con el asunto del golpe en Chile… mira, tenemos que hablar. ¿Sabes cuál va a ser el titular de Semana para el reportaje del domingo? Fíjate que he luchado, ¿eh? La verdad, no sé si al presidente le va a gustar, en fin, yo solo quería avisarte. Pido discreción, eso sí. Me juego el puesto.