Cultural Extracto de “Calles y Callos”, crónicas citadinas del ex alcalde de San Isidro Jorge Salmón. La cita es en el Superba.
Una Escena en el Superba
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Salmón in situ. Sus textos pasan revista a la memoria respecto a enclaves urbanos icónicos. |
Hacía muchos años que no lo visitaba. Ciertamente, en los años ’60 era el lugar de reunión predilecto, a media noche o en la madrugada, para los jóvenes de San Isidro convocados por alguna o muchas cervezas.
¿Por qué el nombre Superba?
Tal vez en la intención del fornido gigante italiano que lo fundó debía llamarse Superbar y fue pintado con ese nombre, perdiendo su última letra en alguna batalla del amanecer.
Era típico su olor a aserrín en el piso y de cerveza volcada sobre las mesas, de aceites excesivos en la cocina inmediata, de humo reciente y colillas apagadas.
El Superba está exactamente al lado del que fue el Cine San Isidro (hoy dedicado, como muchos otros cines de su tipo, a reuniones evangélicas).
El propietario de este singular escenario, que por configuración y clientela más parece del Callao o de La Victoria, fue un italiano enorme, que más bien parecía un cíclope, calvo y recio, de nombre Silvio Canatta. Aparentemente, llegó muy joven de Italia –trayendo nada más que su colosal estatura– a buscar fortuna. La encontró junto al cine, gracias a una variopinta clientela que venía de muchas partes y le daba al recinto un aire que cualquier faite argentino habría reconocido como malevo.
Porque a los jovencitos que ensayábamos poses machistas remedando a los criollos auténticos, se sumaban en el Superba gente muy diversa, de buen y mal vivir. Extrañas parejas en los rincones, tratando de ocultar alguna relación pecaminosa. Compadritos famosos en las comisarías de varios distritos. Amigos íntimos que salían de una alegre fiesta y aterrizaban en buen puerto para cubrir algún déficit de tragos. Bebedores solitarios y silenciosos, cuya mirada perdida denunciaba alguna tragedia personal.
En el Superba había de todo.
Don Silvio Canatta, era además de propietario y atento director de orquesta en un escenario complejo, tumultuoso –especie de far west sanisidrino–, que Fellini habría elegido de inmediato para alguna de sus magistrales recreaciones del absurdo.
Personaje singular
Uno de los asiduos concurrentes a este tumultuoso templo de la amistad –en el que los abrazos y juramentos amicales crecían con el consumo– era un muchacho más o menos de mi edad, estudiante universitario como yo, llegado de una provincia del sur e hijo de una familia de terratenientes adinerados, cuyos verdaderos nombre y apodo he reemplazado por los de Guillermo y Willy, que cubren piadosamente la memoria de un episodio memorable.
Guillermo era un personaje realmente singular. No sólo por su privilegiada contextura hercúlea y fuerza física temible sino porque dentro de esta anatomía de guerra se instalaba una persona de gran corazón, cortés y gentil, de modales apacibles y un poco ceremoniosos, con una cortesía más propia de un caballero
art-nouveau de los años ’20 que del vigoroso toro que era Guillermo, capaz de desatar cataclismos sólo cuando tomaba unos cuantos tragos.
Pocas veces se habrá visto –como nosotros vimos y sufrimos– la distancia que había entre un Guillermo ecuánime, gentil, agradable, servicial e inmejorable persona, transformado luego en un Willy bebido, agresivo y brutal, atrapando gente con la cual bebía hasta caerse, pero provocando conflictos inmotivados en el camino para aporrear a un adversario inventado. Confieso que a esta segunda y oscura conducta de Guillermo yo le tenía grandes reparos, a pesar de ser entrañables amigos.
Otro de los misterios de esta conflictiva personalidad consistía en su peculiar manera de enamorarse. Tenía pasión por las prostitutas y entablaba con ellas la relación que cualquiera de nosotros podía tener con su enamorada o su novia. Amores tormentosos que nos contaba cuando estaba bebido –sobrio no los habría mencionado jamás– y venía de algún burdel donde trabajaba su amada. Estos romances de prostíbulo, difíciles de entender, tenían componentes de amor-odio con las sucesivas mujeres de las que se enamoraba perdidamente.
Un día cualquiera, poco antes de la media noche, acababa de llegar de El Comercio, donde trabajaba entonces, y estaba en la cama leyendo una de mis crónicas, cuando sentí la reconocible e impaciente bocina del auto de Guillermo frente a la casa de mis padres, en Dos de Mayo.
Salí a la ventana para aplacar el alboroto bocinero, seguro de que mi amigo venía de juerga y con muchos tragos ya embarcados.
¡Vivo o muerto!
A gritos, desde la vereda, Willy anunciaba que debía bajar para acompañarlo a tomar un trago en el
Superba. Inútil explicarle que ya me había acostado y estaba muy cansado. Inútil proponerle que lo dejáramos para otro día. Insistía a gritos en que bajara si realmente era su amigo. De otro modo, él comprobaría que yo lo despreciaba. Ante el peligro inminente de que tratara de entrar a la casa y armar un alboroto peor en mi dormitorio, me decidí por el mal menor: me vestí, bajé a la calle y partimos hacia el
Superba. Todo marchaba más o menos bajo control, con la dificultad y el desagrado típico de estar con alguien bebido, cuando uno mismo no ha tomado un solo trago. Pero llegó el momento en que, desde otra mesa, me saludó afectuosamente un amigo español, hermano de una persona muy querida. Con toda cortesía me preguntó por mis actividades, me dio alguna noticia sobre su hermano y se mostró indiferente ante las procacidades que Willy le espetaba, sin razón alguna. En algún momento, el español le dijo, tratando de aplacarlo:
–Mire señor, los amigos de Jorge son amigos míos. Yo no tengo nada contra usted y cordialmente le extiendo la mano...
A este gesto de cortesía, Willy respondió que estaba muy equivocado si creía que podía ser su amigo, que le molestaba mucho su acento español, que a lo mejor era falso, que discrepaba de la dictadura franquista y finalmente que lo del Valle de los Caídos que había hecho Franco le parecía un monumento a los cojudos... porque además de caídos, eran todos unos españoles cretinos...
Guillermo –digo mejor Willy– había ido demasiado lejos. El español, que en todo momento fue cortés y que no imaginaba lo que significaba mi amigo cuando bebía en exceso, se levantó, se acercó a nuestra mesa y pálido dijo que ese agravio no lo podía tolerar: exigía que retirara sus palabras y pidiera disculpas.
Era exactamente lo que mi amigo ebrio estaba esperando para poder pegarle a alguien esa noche. Se lanzó como una pantera sobre el español y lo tiró al suelo del primer golpe, luego de lo cual se dedicó a aporrearlo con una ferocidad incomprensible. El español, sumamente valiente, trató en lo posible de atinar alguna leve contestación. No tuvo suerte.
Silvio Canatta, hombre grande y vigoroso más otras cuatro personas, fuimos necesarios para maniatar al toro enloquecido que parecía Willy y conseguir así rescatar al golpeado ciudadano español.
Al día siguiente, Guillermo nos explicó que no había tenido ninguna intención de lastimar a nadie, que en realidad no sabía qué fue lo que le ocurrió, que estaba muy dolido y avergonzado y rogaba que lo excusaran. Ciertamente, lo decía con la mayor sinceridad porque Guillermo, repito, era una persona estupenda en estado natural y otra, absolutamente distinta, cuando bebía.
Nunca supe cómo no hubo un proceso policial ni cuál fue la conclusión final de este hecho lamentable. Lo cierto es que el caballero español jamás logró recuperar la normalidad de su paso y aún cojea por el mundo, en memoria de una noche fatídica y de alguien a quien jamás había visto en su vida.
Más allá de cálidos recuerdos, cuando paso por el Superba, siento una cierta desazón y una comprensible angustia.
A Guillermo lo he visto ocasionalmente.
A Willy no lo he vuelto a ver jamás. (Jorge Salmón)