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Cultural El pensamiento de Mario Polar en recopilación editorial de Fernando Lecaros. Otra respuesta, ahora visionaria, al perro del hortelano.

Lección Permanente

“Estoy convencido de que solo lograremos para nuestro pueblo un mañana mejor pisando tierra firme y edificando sobre bases reales y no sobre mitos deleznables...”

Acaba de salir a luz un libro luminoso que recoge el pensamiento, los sueños y reflexiones de Mario Polar Ugarteche, uno de los parlamentarios más destacados del siglo XX. Desde los días del Frente Democrático postuló al doctor Bustamante y Rivero, fue presidente del Partido Demócrata Cristiano en su hora auroral; diputado, senador, constituyente en 1978, vicepresidente de la República, orador, polemista, y ante todo, arequipeño; además de narrador. Escribió tres libros, uno de ellos, Viejos y nuevos tiempos / Cartas a mi nieto, un hermoso y enternecedor volumen que a fines de la década del sesenta fue un best seller. Su robusta figura, sus frases ingeniosas y consabido humor e ironía, se hicieron familiares en el Parlamento a lo largo de casi veinte años.

Este gran arequipeño, que fue ejemplo de decencia y amor a su tierra, partió a la eternidad hace 19 años. Tiempo en el que prácticamente se olvido su fructuosa labor. Hasta la semana pasada en que se publicó Mario Polar / Ideología y política socialcristiana, donde el historiador Fernando Lecaros recopila con gran acierto y esmero sus reflexiones sobre el Perú y sus mejores intervenciones parlamentarias. De ese libro a continuación el fragmento de un discurso que pronunciara en la Universidad San Agustín de Arequipa, en 1954. Más de cincuenta años después, su vigencia se mantiene intacta en medio de la polémica contemporánea sobre la riqueza del Perú.

"Los Pueblos son maduros y cultos en la medida que desarrollan la conciencia de sí mismos, en que saben lo que son y lo que pueden."

En la publicación, del Fondo Editorial del Congreso de la República, fluye la recta conducta democrática y civil de Polar. Abogado, docente, político y narrador.

Siempre se nos ha dicho que el nuestro es un país fabulosamente rico. Por lo menos los hombres de mi generación hemos sido educados bajo ese concepto. La áurea leyenda de los Incas y de su Imperio fabuloso –que ha dado varias veces la vuelta al mundo– ha tenido gran responsabilidad en la creación de ese mito, pese a que todos los cronistas hablaron a su tiempo, y con gran claridad, del modestísimo tipo de vida que tuvieron los indígenas en el Incanato –cuando “un poco de maíz medio tostado y otro poco de papas medio hervidas servía de sustento a toda una familia durante toda una jornada” y cuando una producción que amenazaba con ser insuficiente alcanzaba para una población en crecimiento sólo porque una administración escrupulosa cuidaba de adaptar las necesidades a las posibilidades dentro del rigor autoritario de un régimen que aunque paternal era absoluto. Lo curioso es que, pese a esas informaciones antiquísimas y al bajo nivel de vida de nuestro pueblo –que todos estamos en aptitud de constatar– el mito haya llegado a cobrar las características de una verdad incontrovertible. Me explico que en los albores de nuestra independencia, cuando era necesario estimular el desarrollo de una orgullosa conciencia nacional, fuera sensato utilizar ese mito como una palanca para levantar el espíritu patriótico. Pero ahora que hemos cobrado relativa madurez nacional la subsistencia de ese mito sólo puede servir para alimentar la demagogia. Cualquiera que no examine la realidad del país –lo que es el caso común– y que crea en el mito –lo que es también corriente– puede preguntar: “¿Por qué si somos ricos vivimos mal?” y “¿Por qué si tenemos tanta riqueza una gran parte de nuestra población, especialmente andina, soporta uno de los tipos de vida más bajos del mundo?”. Las respuestas a estas preguntas, para los creyentes en el mito, sólo pueden conducir a la demagogia. Por eso creo que debemos proceder a destruir la leyenda de nuestra fabulosa riqueza y a revisar fundamentalmente nuestras ideas en lo que se refiere a la riqueza potencial. Si persistimos en mirar nuestra realidad con luna de aumento, o fracasaremos en la conquista del mañana –porque no se puede edificar sobre sueños– o despreciaremos rencorosamente lo que ganemos en afanosa lucha, rebajando así el espíritu de iniciativa. Estoy convencido de que sólo lograremos para nuestro pueblo un mañana mejor pisando tierra firme y edificando sobre bases reales y no sobre mitos deleznables; y que nuestro pueblo será capaz de empinarse sobre sí mismo y dominar su tierra agreste si se estimula en él el espíritu del pionero en vez del meloso sentimentalismo del soñador. Para los hombres y los pueblos ricos pensar puede ser un lujo. Para los hombres y los pueblos pobres pensar es una necesidad. (Mario Polar)


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