Fotografía Una lección histórica de pautas arquitectónicas para reconstruir Chincha en cuerpo y alma. Álbum inédito da la clave.
Así era Chincha, 1910
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Bodega del señor Luis Cánepa. Arquitectura hermosa en su simplicidad, que habría de ser recuperada. |
Una carabina y un álbum de fotos. Tal es la preciada herencia que el ingeniero de sonido Julio Ortega Matías (41) atesora de su abuelo don José Román Matías Pacha como arma y escudo, respectivamente, que honran el linaje chinchano de su familia. El abuelo, don José, trabajó en la Municipalidad de Chincha durante los años 30.
Su versátil condición de marmolista y restaurador de santos, oficios tranquilamente aplicables a ciertas gestiones ediles, hicieron que don José reparara en un exquisito álbum de fotografías chinchanas, de autor anónimo, firmado en 1910. Salvado de las termitas y el abandono, el álbum llegó a manos del nieto, coincidentemente fotógrafo amateur. “Por el estilo, veo la mano de los hermanos Garreaud, fotógrafos franceses que retrataron el Perú”, dice Julio. Ahora, además de tesoro fotográfico inédito hasta el día de hoy, esta colección debiera de servir de pauta para que la reconstrucción chinchana discurriera por el buen gusto de la tradición y no el mamarracho de la modernidad polarizada. “Había una onda chichana, explica Julio, que lindaba en la informalidad folklórica. Las tierras no se registraban, pasaban de mano en mano entre familias, solo sabiendo que el límite entre terrenos era el árbol tal o la acequia esa. Cuando llegaron los italianos por allá, alrededor del 1900, ellos empezaron a formalizar los registros. Mi abuelo trabajaba en la repartición de tierras, digamos que era una bisagra entre el folclor y lo formal. Luego llegó el ferrocarril, llegó un estilo europeo a Chincha, pero adaptado a la típica hacienda costeña peruana”. Lamentablemente, el tiempo y la desidia respecto a un crecimiento urbano marcado por el caos se llevó todo eso por delante. Antes del terremoto Chincha podía jactarse, además de una desproporcionada sobreabundancia de farmacias, de tener una de las cabinas de Internet más grandes y horribles de toda la costa. Todo quedó arrasado por el sismo, la huachafería contemporánea junto con lo poco de patrimonio histórico que quedaba.
Habla La Academia
Toda crisis es una oportunidad. Ante la posibilidad de reconstrucción que ocupa a FORSUR, la Academia Peruana de Arquitectura y Urbanismo se ha manifestado. Y lo ha hecho al constatar que “recorrrer los pueblos y ciudades del Perú permite comprobar la gravísima destrucción del patrimonio urbanístico y arquitectónico que se viene produciendo, desde hace algunos años, y con ella la consecuente pérdida del carácter y la belleza singulares del Perú”. Tal como señala la Academia a través de los firmantes Miguel Cruchaga Belaunde, Fernando Bryce Lostanau y Ernesto Paredes Arana, los pueblos peruanos han sido reconstruídos más de una vez luego de terremotos, tarea que fue hecha por arquitectos y maestros de obra anónimos que respetaron las tradiciones locales, “preservando la unidad y armonía de conjuntos urbanos muy apreciables”.
La banalidad, el irrespeto a las referencias, la mala costumbre de querer imitar lo peor de la arquitectura limeña, dice el comunicado, ha tenido resultados nefastos, especialmente en las poblaciones de la costa. Agregan los firmantes: “Como dice el arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa, “este no es un problema de la arquitectura únicamente, es revelador también de la psique colectiva. El problema de la arquitectura en el mundo moderno empieza con la pérdida de los valores culturales”. En una de sus notas, Ludwig Wittgenstein argumenta que la “arquitectura celebra e inmortaliza algo. Cuando no hay nada que celebrar o inmortalizar, no hay arquitectura”.
Estas fotos de la familia Sotelo Matías demuestran que hay motivos de sobra para celebrar, e inmortalizar, en la arquitectura chinchana. FORSUR, mirénlas antes de actuar.