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Cultural La cocina literaria de Niño de Guzmán da inicio a nueva serie sobre los espacios de creación.

El Cuarto del Niño

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Galería de genios que acompañó la creación del libro Algo Que Nunca Serás (Planeta, 2007). Se presenta el 10 a las 7 p.m. en la Feria Ricardo Palma.

Sobre el corcho: Bukowski, Beckett, Ginsberg, Hemingway, Kerouac, Miller, Styron, Strindberg, Burroughs, Keats y Malraux. También Dizzy Gillespie, Miles Davis y Charlie Parker. Y Rita Hayworth (en el instante perfecto en que se quita el guante en “Gilda”), Ingrid Bergman, Louise Brooks, Jeanne Moreau y el Gordo y el Flaco. Y Toulouse-Lautrec. El lugar donde el escritor Guillermo Niño de Guzmán concibe sus cuentos no es, pues, un lugar solitario. Está habitado por toda una estela de genios de la literatura, la plástica, el cine y el jazz.

Sin lugar a dudas, a la hora de crear a Niño de Guzmán le gusta sentirse acompañado, pero no del sonido del teléfono, que suele desconectar. La aspiradora, el caminar de su pareja Laura o la radio, nada lo perturba como una llamada telefónica o el poco celestial timbre de los Testigos de Jehová. Niño de Guzmán aprendió a escribir de mano de Paco Igartua, en medio del bullicio de la redacción de Oiga, y de allí que sus tímpanos no se despeinen por cualquier ruido. Eso sí, los televisores están prohibidos en su departamento de un segundo piso miraflorino, en una callecita tranquila de nombre mediterráneo.

¿Su proceso creativo? Corregir, corregir y corregir. Levantarse temprano (para trasnochar estuvo bueno el pasado) y enfrentarse al escritorio bien desayunado, bañado y peinado. Cuando es propicia, la mañana le llega al escritor con una buena idea surgida de la nada. La inspiración es como estar enamorado, explica, “es un shock, algo que viene de repente, te levantas y tienes una frase en la cabeza, y te da vueltas y vueltas, y escribes la frase y luego solito va saliendo todo como si tiraras de una madeja”. Pero cuando la mañana no es generosa y la página en blanco amenaza, Niño de Guzmán recurre al consejo de Hemingway: escribir la mejor frase posible, aunque sea una, que lo demás vendrá solo. Suena bien, pero no siempre resulta. Entonces, solo queda dar vueltas, prender y apagar la luz obsesivamente y, finalmente, desistir hasta el día siguiente.

Acompañado por el jazz que aprendió a apreciar gracias a Julio Cortázar, Niño de Guzmán va agotando sus Lucky Strike mientras escribe. No fuma mucho, dice, y la bolsita de plástico verde que cuelga detrás de la puerta repleta de cajetillas vacías lo desmiente. Regla absoluta: no beber café, cerveza, vino o estimulante que se le parezca mientras escribe. No por miedo a nublar la mente, sino por no bañar el teclado. Ya le ha pasado, confiesa. Y así como se agenció de Cortázar el gusto por Charlie Parker (cfr. El Perseguidor), de Hemingway tomó prestada su afición a las corridas de toros y un consejo más: no terminar el día habiendo agotado el rollo, es decir, detener la jornada cuando todavía queda algo por decir.

Desde el fondo de la pantalla del computador, un fotograma de “La Noche” de Antonioni le recuerda que escribir es algo que se le impone, “es como un vicio o una enfermedad”. Desde la pared asienten Eielson, Ribeyro y Rimbaud, y un improbable Sologuren bebiéndose el gusano de una botella de mezcal.

Detrás de él, su biblioteca ordenada alfabéticamente también está llena de retratos: Ezra Pound, Herman Melville, Virginia Woolf, Salinger, Lowry y Maurice Blanchot, “el escritor más raro y exquisito del mundo, al borde entre la literatura y la filosofía”. Todo en esta vida, sin embargo, no es genio y grandeza. Y para recordárselo reposa junto al teclado, como quien no quiere la cosa, una maquinita de escribir en miniatura, una maquinita que hace rato perdió su rodillo. Es un amuleto, dice, un amuleto que empieza a asemejarse a su vida, “ya un poco descangayada”. (Maribel De Paz)


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