Fotografía Conchucos, Oro de los Andes: nueva publicación, necesaria exploración.
La Cima del Cielo
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En el valle de la quebrada Potaca, la laguna Yanaraju y sus muchos colores, a 4,130 msnm. |
Kilómetro 163 de la ruta Pativilca-Huaraz, pueblo de Cátac. Dos rutas son posibles: de frente está la capital, Huaraz, y el Callejón de Huaylas; hacia el este, Los Conchucos. La primera es la opción más usual. La segunda, la que toma este libro.
Extenderse sobre un mapa para delimitar un espacio terrestre es siempre una tarea arbitraria: los elementos de la naturaleza son continuos, mientras que la voluntad humana de ordenarlos se basa en el corte necesario para la clasificación. Si el mapa, además de geográfico, contiene la historia, la cultura, el presente y la proyección futura de comunidades humanas, la arbitrariedad se vuelve un signo que es necesario explicitar y justificar. Desde el prólogo, esta salvedad (que es también promesa) recibe a quienes han de viajar por las páginas de Conchucos, Oro de los Andes, publicación financiada por los cuatro municipios de Los Conchucos y la Asociación Ancash. Y esta será la que guíe la ruta trazada por el incansable Rafo León y Elena González, responsables de la edición.
En los últimos años, esta región ancashina ha visto hartos cambios sobre su tierra. Y bajo ella, en realidad, dado que la actividad minera ha marcado el curso de las poblaciones del Callejón de Los Conchucos. Esto no quiere decir que sea la única fuente de riqueza de la región: naturaleza, arqueología e historia se entrelazan e imponen una belleza particular que ahora se presenta en imponente edición.
Sí, imponente: el adjetivo –que puede parecer temerario, también– se justifica en las imágenes que acompañan sendos textos de Luis Millones, Cinthya Cuadros, Patricia del Río y el mismo León. A lo largo de tres capítulos, dedicados al testimonio arqueológico (con una exploración del conjunto de Chavín de Huantar), recursos naturales (geología, hidrología, flora y fauna) y la cultura viva (verdadero esqueleto del proyecto, orientado a la antropología y al turismo cultural), las fotografías del argentino Jorge H. Esquiroz reflejan la silente admiración que la silueta limpia del callejón –En la naturaleza, los callejones son una suerte de gran bostezo de la Tierra– arranca del visitante. Es un respeto que cierra la boca y abre los ojos.
Al cabo de las más de trescientas páginas, la arbitrariedad que se admite desde el prólogo queda explicitada.
La belleza capturada no tiene explicación. Ni la necesita.
Feliz viaje.