miércoles 18 de septiembre de 2013
Usuarios
e-mail:
Contraseña:
¿Olvidó su contraseña?
InstruccionesHáganos su Página de InicioAgréguenos a sus Favoritos
 
 
 
Edición 2006

13/Dic/2007
 
 
Secciones
Acceso libre Nos Escriben ...VER
Sólo para usuarios suscritos Mar de Fondo
Acceso libre ActualidadVER
Acceso libre SeguridadVER
Acceso libre PolíticaVER
Acceso libre Opinión VER
Acceso libre Ellos&EllasVER
Sólo para usuarios suscritos Tauromaquia
Sólo para usuarios suscritos Bienes & Servicios
Sólo para usuarios suscritos Cultura
Sólo para usuarios suscritos Caretas TV
Sólo para usuarios suscritos El Misterio de la Poesía
Sólo para usuarios suscritos Quino
Sólo para usuarios suscritos Olor a Tinta
Acceso libre Salud y BienestarVER
Columnistas
Sólo para usuarios suscritos Raúl Vargas
Acceso libre Gustavo GorritiVER
Sólo para usuarios suscritos Augusto Elmore
Sólo para usuarios suscritos Jaime Bedoya
Sólo para usuarios suscritos Luis E. Lama
Sólo para usuarios suscritos Nicholas Asheshov
Sólo para usuarios suscritos José B. Adolph
Suplementos
Sólo para usuarios suscritos Gestión Empresarial
Acceso libre Grupo ACPVER
Ediciones
anteriores


Última Edición: 2300
Otras Ediciones Anteriores
 
 

Inicio > Revista

Opinión Por IAN BURUMA

La Memoria del Generalísimo

NUEVA YORK – En octubre, el Parlamento español aprobó una Ley de Memoria Histórica que prohíbe las concentraciones y monumentos en honor del difunto dictador Francisco Franco. Su régimen falangista será denunciado oficialmente y se honrará a sus víctimas.

Hay razones válidas para promulgar dicha ley. Muchas personas asesinadas por los fascistas durante la guerra civil española siguen olvidadas en fosas comunes. Aún hay cierta nostalgia de la dictadura franquista en la extrema derecha. A comienzos de este año hubo quienes se reunieron ante su tumba y salmodiaron: “¡Nosotros ganamos la guerra civil!”, al tiempo que denunciaban a los socialistas y a los extranjeros, en particular musulmanes, razón suficiente -podríamos pensar- para que el Primer Ministro José Luis Rodríguez Zapatero recurriera a la ley para exorcizar los demonios de la dictadura.

Pero la legislación es un instrumento inapropiado para abordar la Historia. El deseo de controlar el pasado y el presente es, naturalmente, un rasgo común a las dictaduras. Se puede hacer mediante propaganda falsa, tergiversando la verdad u ocultando los hechos. Quien en China mencione lo que ocurrió en la plaza de Tiananmen en junio de 1989 no tardará en recibir el abrazo, no precisamente tierno, de la policía de la Seguridad del Estado.

Sin embargo, España es una democracia. A veces las heridas del pasado están tan recientes, que incluso los gobiernos democráticos imponen silencio deliberadamente para fomentar la unidad. Cuando Charles De Gaulle resucitó la República Francesa después de la segunda guerra mundial, pasó por alto la historia de la Francia de Vichy y la colaboración con los nazis fingiendo que todos los ciudadanos franceses habían sido buenos patriotas republicanos.

Relatos más verídicos, como, por ejemplo, el magistral documental de Marcel Ophuls La pena y la piedad (1968), recibieron muy mala acogida, por no decir algo peor. La película de Ophuls no fue exhibida por la televisión estatal francesa hasta 1981. Después de la muerte de Franco en 1975, también España adoptó una notable discreción sobre su historia reciente.

Pero no se puede negar la memoria. En Francia, una nueva generación, nacida después de la guerra, rompió el silencio con un torrente de libros y películas sobre la colaboración francesa en el Holocausto.

España parece estar pasando por un proceso similar. Los hijos de las víctimas de Franco están resarciéndose por el silencio de sus padres. De repente, la guerra civil está en todas partes.

Es un fenómeno que con frecuencia se produce cuando hay más democracia. Cuando Corea del Sur estaba gobernada por dictadores militares, no se hablaba de la colaboración coreana con el gobierno colonial japonés en la primera mitad del siglo XX… en parte porque algunos de esos propios dictadores, en particular el difunto Park Chung Hee, habían sido colaboradores. Ahora, con el gobierno del Presidente Roh Moo-hyun, una nueva Ley de Verdad y Reconciliación no sólo ha estimulado una completa ventilación de agravios históricos, sino que, además, ha propiciado una caza de colaboradores en el pasado.

Abrir el pasado al examen público forma parte del mantenimiento de una sociedad abierta, pero, cuando los gobiernos lo hacen, la Historia puede volverse fácilmente un arma contra los oponentes políticos y, por tanto, resultar tan perjudicial como la prohibición de las investigaciones históricas. Ésa es una razón poderosa para dejar los debates históricos a escritores, periodistas, cineastas e historiadores.

La intervención gubernamental está justificada sólo en un sentido muy limitado. Muchos países promulgan una legislación para impedir que unas personas inciten a otras a cometer actos violentos, aunque algunas van más allá. La ideología y los símbolos nazis están prohibidos en Alemania y Austria y la negación del Holocausto es un delito en 13 países, incluidos Francia, Polonia y Bélgica.

La prohibición de ciertas opiniones, por perversas que sean, tiene el efecto de elevar a sus partidarios a la categoría de disidentes. El mes pasado, el escritor británico David Irving, que fue encarcelado en Austria por negar el Holocausto, tuvo la extraña distinción de defender la libertad de expresión en un debate en la Unión de Oxford.

Si bien la guerra civil española no es parangonable con el Holocausto, incluso la historia desagradable deja margen para la interpretación. Sólo se puede descubrir la verdad, si las personas son libres para investigarla. Muchas personas valerosas han arriesgado –o perdido– su vida en defensa de dicha libertad. La democracia tiene derecho a repudiar una dictadura y la nueva ley española está redactada con prudencia, pero es mejor dejar libertad a las personas para que expresen incluso simpatías políticas desagradables, pues las prohibiciones legales no fomentan la libertad de pensamiento, sino que la obstaculizan. (Ian Buruma)

-----------------------
Ian Buruma es profesor de Derechos Humanos en el Bard College. Su libro más reciente es Murder in Amsterdam: The Killing of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance (“Asesinato en Amsterdam. La muerte de Theo van Gogh y los límites de la tolerancia”).

Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.


 


anterior

enviar

imprimir

siguiente
Búsqueda | Mensaje | Revista