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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

La Gauche Divine

En mi caso, siempre hubo dos atalayas para observar e incluso juzgar aquello que muy principalmente en Barcelona se llamó la gauche divine, una lejana y desvalida sombra de lo que en Inglaterra y los Estados Unidos se llama hasta hoy the beautiful people, pero con algo de pariente pobre o más bien de outsider.

Para mí, que podía observar todo aquello y ponerlo en relación con la aún burguesa y próspera Lima que acababa de abandonar y el último gran París que existió y me acogía entonces, la pequeña gauche divine madrileña, semiclandestina aún y que ocultaba su nombre, pero jamás encontró uno mejor, y la barcelonesa que hasta tuvo sus bardos y sus mártires. Y, cómo no, sus bufones.

Para hablar de Madrid me basta traer a colación dos recuerdos. En el primero, que sitúo en 1966, me encuentro con la hermana de mi mejor amigo del colegio en Lima y con un rico hacendado de Nazca, departamento costeño y serrano, situado a unos 600 kilómetros al sur de Lima. Almorzamos juntos en una terraza veraniega y, mirando a nuestro alrededor, fuimos confesando poco a poco el desasosiego que nos producía tanta pobreza a nuestro alrededor. Y además todos los lugares, exceptuando por supuesto el Museo del Prado, nos defraudaban, nos parecían tristes, sumamente desvalidos y tristes. Las visitas a parientes y allegados a nuestras familias era mejor no repetirlas. En mi caso, las personas más brillantes que conocí, un catedrático y poeta y un poeta valenciano, lo ocultaban todo, desde su homosexualidad hasta su fortuna. Se era feliz en casa de uno de ellos por las noches pero no había que dejar huella alguna porque la mujer de la limpieza venía por la mañana. Una rica heredera norteamericana, me parece que de la Pepsicola, se disputaba el favor del poeta catedrático que, por supuesto, para redondear sus ingresos, daba cursos para herederas USA. El rival de la rica heredera nunca se supo bien si iba para torero o para poeta. Esto y muy poco más era la gauche divine, en Madrid, y sus templos Casa Anselmo, para cenar, el Oliver, para la copa, y el Bourbon para el jazz... Todo lo demás, eso sí, era selva, como en el poema Vicente Aleixandre.

En la Barcelona de los sesenta y setenta, el llamado boom de la literatura vino muy casualmente de la mano de la gauche divine. Y me basta con decir que sólo el azar unió personalidades tan dispares como las de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Barral, el diniosíaco, por excelencia, o José María Castellet, el apolíneo, también por excelencia. Y en el medio poetas suicidas y libreros tan inexpertos como aquel castellonense propietario de la librería Trilce, joven ansioso de mundo, a quien su padre le dio un millón de pesetas para que se desenvolviera en Barcelona y se hiciera hippie, si le daba su real gana, con tal de sacárselo de encima. Los invirtió dentro de los cánones sesentaiochistas del Prohibido prohibir y fui testigo ocular de cómo el respetable se birlaba uno tras otro los libros en las narices de tanta y tan impasible carga ideológica.

Por supuesto que la gauche divine barcelonesa tuvo sus bares y poetas y hasta su tortillería y su calle, pero los escritores latinoamericanos del boom, que ya antes habían desertado de Londres, París y Milán, desertaron también de Barcelona y, con la excepción del cronopio Cortázar, regresaron a sus países a decirnos a todos los de allá lo que está bien y mal, aunque a menudo a ellos todo les salía muy mal, menos los libros.

Me gusta pasar unos días en Calafell y otros en Viladrau, cada año, hasta el día de hoy. Y, a fuerza de ver a sus familiares y de pasar por su casa, hoy museo, me parece ver aún al extrañable dionisíaco Carlos Barral, mi primer editor, y sobre todo mi amigo, y me parece que me voy a hacer a la mar calamitosamente, como en nuestras últimas navegaciones en su Capitán Argüello, que luego anduvo años varado en la arena, por evidente quiebra del patrón, y por último fue desguazado y vendido a trocitos en una efímera tienda llamada Antigüedades náuticas, por Ivonne Hortet de Barral, su viuda. Y cuando voy a Viladrau saludo siempre en sus paseos por el pueblo al apolíneo editor José María Castellet. Y no miro hacia atrás con ira cuando recuerdo a una entonces joven editora de Barcelona, que se dejó caer por mi casa en París en pleno invierno, se desnudó innecesariamente sobre mi cama y se puso unos hotpants absolutamente absurdos para sentarse en el café Aux Deux Magots y que repararan en ella, sin duda alguna, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir (“Notre Dame de Sartre”, la apodaron los franceses). Pero el primero ya había muerto y la segunda escribía en una suerte de inmenso hangar que, mucho más que un café, es un excelente restaurante: La Coupole. (Alfredo Bryce Echenique)


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