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Urbanismo Devastador desarrollo urbano de la ciudad obliga al rescate de la dignidad y sensatez urbana.

Dos consignas para Lima: Recuperar y Descongestionar

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Antigua Bajada de Baños en Miraflores, donde el culantrillo teñía de verde laderas previas a las playas de piedras.

Lima está agobiada de problemas. La solución de muchos de ellos podría reducirse a dos tareas: recuperación y descongestión. De alguna manera, están en la raíz de la mayor parte de sus males. A partir de los años cincuenta, las crónicas de Manuel Solari y las nostálgicas canciones de Chabuca Granda hablaban de una Lima a punto de perderse. Aludían principalmente, a su carácter urbano y al eclipse de sus costumbres tradicionales desplazadas por la dinámica del crecimiento y la densificación. Dos posiciones extremas animaban entonces el debate entre conservacionistas y modernizadores. Produjeron un diálogo de sordos, como sucede a menudo, en el que probablemente faltaron equilibrio y capacidad de conciliación. En general, los gobiernos tomaron partido –no siempre con suficiente sagacidad– por las funcionales exigencias de la modernización: Lima tenía que crecer y resultaba impensable tratar de detenerla.

Lo que esa experiencia nos legó fue una ciudad devastada. Y además, un estilo de desarrollo urbano (que ahora se aplica en los distritos más antiguos), en el que la devastación es el criterio predominante. No deja de ser paradójico que al mismo tiempo que celebramos el reconocimiento mundial (y la mayor motivación turística) por realidades como Machu Picchu o la designación por UNESCO como “Patrimonio Cultural de la Humanidad” a Lima y varias ciudades del Perú, la política de desarrollo –sobre todo a nivel municipal– consista en prescindir, cuando no destruir, los valores que suscitan ese prestigio para sustituirlos por otras iniciativas carentes de coherencia o de sentido.


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