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Urbanismo Una manzana que de tugurio pasó a reluciente prueba de que el Centro puede cambiar para mejor.

Esquina Esperanza

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2007: El proyecto beneficia a 71 familias, que obtendrán estas viviendas de 80 m2 a US$ 10,000. Eso sí, el amarillo patito se ve tan limeño como partidario.

El primer gran cambio que siempre ha necesitado Lima es de mentalidad. La buena conservación de la ciudad no consiste en comprar más escobas: el habitante capitalino suele asumir como dogma eso de que el Centro no tiene arreglo y por eso las calles que se barren en la mañana ya están sucias en la tarde. Cuando esta hipótesis ha incubado unida a la pobreza extrema y la delincuencia, ha dado como resultado famosos tugurios a los que no se mete ni la policía. Uno de aquellos era hasta hace muy poco el de la manzana de El Rastro y La Soledad, frente a la iglesia de San Francisco. Guarida de ladronzuelos, foco de prostitución, trampa de turistas distraídos, parecía imposible que se pudiera transformar en el espectacular complejo habitacional que hoy aparece como foto principal de este artículo. Pero esta metamorfosis no es milagro.

Es más bien el resultado de 3 años de trabajo esmerado y sistemático. En el extremo opuesto de aquellas obras edilicias criticadas por ser tan pomposas como estériles –aquí es representativo el hasta hoy discutido Circuito Mágico del Agua–, este primer fruto del Programa Municipal de Renovación Urbana parece demarcar por fin una real política de recuperación del Centro Histórico por parte de la gestión del silencioso Luis Castañeda, que contempla tanto a las edificaciones como a los habitantes; porque quienes vivirán en los flamantes chalets de la rebautizada Urbanización La Muralla son sus inquilinos originales, que literalmente han sudado el tránsito de tugurio a complejo habitacional porque ellos mismos han fungido como mano de obra, luego de ser capacitados por la propia Municipalidad de Lima.


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