Cultural El universo de juguetes, libros y música de Jorge Eslava.
Tesoro de Pirata
 |
Sobre el escritorio: pañoleta pirata, tres pares de anteojos e insospechado frasco de aromaterapia. |
Sobre el marco de una puerta: la calavera de un pirata recogida en la Isla San Lorenzo. Sobre el escritorio, un santuario fotográfico compuesto por Hemingway, Woody Allen, Bob Dylan, Bukowski, Cortázar, Sartre y Camus, Pavese, la Monroe, Ribeyro y el Che Guevara. “Soy sanmarquino de los setenta”, ilustra el escritor Jorge Eslava, devenido en exitoso creador de literatura infantil y también poeta, docente, ensayista y editor (recordar Colmillo Blanco y el filudo libro
Navajas en el Paladar). En su estudio estratégicamente ubicado al final de una calle ciega en Barranco, lo rodean decenas de juguetes de madera: caballos, trenes, monos, trapecistas, una rueda de Chicago. ¿La importancia de todo esto en su proceso creativo? Mucha.
Cada mañana, Eslava se dedica a contemplar ese universo lúdico como una forma de calistenia para la imaginación antes de sentarse ante su juguete mayor: la computadora. Allí, concebirá esas historias habitadas por piratas, magos y bichos al escoger. Ante el teclado, Eslava cumple de lunes a domingo su ritual creativo de nueve de la mañana a una de la tarde. En su cubil, sin embargo, Eslava no solo escribe, sino también se dedica a la trascendental ocupación de “leer y divagar”.
En la radio pueden sonar Leonard Cohen, Dylan, Tom Waits y Sabina, quienes van haciendo su trabajo subliminal mientras Eslava prepara café pasado o se sirve un tinto mendocino que lo acompañará a la hora de escribir. Entonces, las canciones capitulan ante el tarareo de las teclas. ¿Con un cigarro en la boca? No, desde hace quince años. Y tampoco bocado alguno.
Entregado al aislamiento creativo, Eslava no tiene celular ni tarjetas de crédito, “o sea, soy un decadente”, y mientras que el griterío de los niños en la calle lo estimula, el timbre del teléfono siempre será un fastidio.
El autor de La Estrella del Circo (la historia de la niña de bigotes adorables) confiesa que, acobardado aún de enfrentar un proyecto mayor, solo se dedica por ahora a proyectos breves que le tomen un par de meses. Sobre su ritmo de trabajo aclara: “Soy incapaz de escribir una página de corrido porque estoy deteniéndome con cada línea”. Primero, explica, desarrolla los títulos y ciertas estructuras narrativas sobre el papel. En su agenda se ven notas de líneas limpias, redondas, y gérmenes de ideas que luego pasarán por la computadora y correcciones ad infinitum. Para ello, Eslava se arrellana frente a su escritorio de cedro de los años 50, rescatado de su función de mesa de encuadernación en una imprenta.
Si alguien pasara por ahí oiría al escritor leyendo sus propias líneas en voz alta, como estrategia para que el oído le ayude a deshierbar lo que la vista no puede.
Eslava, a quien le duele el desdén de la sociedad hacia la literatura infantil, necesita siempre tener a la mano una representación física de aquello sobre lo que está trabajando. “Tengo una propensión a ser obsesivo y además una disciplina espartana”, explica, “conjugado eso me sumerjo con una capacidad camaleónica en la historia… la primera semana para empezar un nuevo proyecto sufro trastornos y malestares físicos, escalofríos, sensación de impotencia, y estoy dando vueltas como zonzo, no ato ni desato”.
Abiertamente enamorado del Corsario Negro de Salgari, Eslava felizmente termina atando y desatando para crear obras maestras como la del Capitán Centella. Ahora, alista ya la próxima publicación de la última entrega de esta saga pirata: El Capitán Centella Vence al Rey Toxicón y a los Demás Archienemigos de la Naturaleza.
Eslava, quien considera que la lectura es un acto de comunión y a sus alumnos de literatura les dice que roben o pirateen si es que no se descubre el arma o el cadáver, sentencia: “Cuando las corrientes ajenas pasan a formar parte de tus propias aguas es tuyo”. Sin embargo, Eslava se declara pirata de parche en el ojo y no de hurto intelectual. Sobre los estantes, Francis Drake le guiña un ojo. (Maribel De Paz)