Cultural La deshora peruana o la impuntualidad en el Perú: un libro que repasa nuestra ancestral forma de llegar tarde a todo desde una perspectiva psicológica.
La Histórica ‘Hora Peruana’
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Iván Inga, mimo de Formarte, se inspiró en el trabajo de César Aedo para la campaña Perú: la hora sin demora. |
La concepción temporal del peruano parece marcada por otra ley de la relatividad: acá todo depende. Nuestro espacio-tiempo histórico es relativo, como nuestra quincena. Todo se arregla con una llamada o un par de chelas. Todo es discutible, pura convención social. Todo es letra muerta, interpretación auténtica, desconozco mayormente, nolosé y nomeacuerdo, soy inocente.
En una realidad en donde el hoy no garantiza necesariamente el mañana (basándonos en el supuesto de un mañana), se disfruta del presente hasta morir o hasta la hora zanahoria. En un país donde nada es seguro, la cita con la muerte es la única a la que siempre se llega con anticipación.
El psicólogo Arturo Orbegoso Galarza habla de una inversión orwelliana de los valores: acá nadie busca controlar a nadie. Hasta nuestros relojes tercermundistas son más impuntuales que los del primer mundo.
En su último libro, La deshora peruana o la impuntualidad en el Perú, el psicólogo se lamenta de nuestra histórica cronofobia. Sus ejemplos se remontan a los tiempos de ñangué, entre la conquista y el virreinato. Cuando las corridas de toros en la Plaza de Acho no se iniciaban hasta la llegada del Virrey. O cuando los actos académicos en la Universidad de San Marcos (en tiempos en que estaba albergada en el Convento de Santo Domingo) estaban supeditados a la presencia de sus autoridades. El propio Ricardo Palma –en su tradición Con días y ollas venceremos– explica el código horario de los limeños del siglo XIX: los pregones de la lechera señalaban las 6 a.m.; los de la chichera, las 7; los del bizcochero y la vinagrera, las 8; la vendedora de zanguito y choncholí, las 9; la tamalera, las 10; la mulata del convento que vendía ranfañote, cocada, chancaquitas de cancha y maní, bocado de rey y frejol colado, las 11. Etecé. Se entiende aquella ley de 1851 que buscaba eliminar las tardanzas y demás infracciones públicas. La sanción alcanzaba –tarde– a suspender por tres meses al funcionario en cuestión. La penetración capitalista durante la llamada República Aristocrática –con la firma del Contrato Grace como la primera gran inversión privada de nuestra era republicana– nos ata a responsabilidades puntuales (en todas sus acepciones) a nivel trasnacional.
El libro llega hasta aquí. Se extraña un segundo volumen que glose la puntualidad de fines de los ochenta –marcada por toques de queda, racionamientos de agua y apagones–. Visto en lontananza y perspectiva, el acopio histórico termina por restarle exclusividad al ex Presidente Alejandro Toledo: la hora Cabana siempre fue la hora peruana. No faltarán quienes acotan que demorar es pensar antes de actuar (la etimología de Cabana deviene del quechua qhawana, ‘lugar para observar’ y medir el avance del enemigo).
El libro también lanza cifras. Cada año, la impuntualidad le hace perder a Lima hasta US$ 500 millones en horas-hombre. En Colombia, la impuntualidad le cuesta al país el 1.4% de su PBI. En los Estados Unidos, sólo se considera ‘tardanza’ una espera de más de 19 minutos. También al progreso se puede llegar tarde o nunca. (C.C.)