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Urbanismo A lo largo de 20 km la Costa Verde rinde un homenaje involuntario al notable escultor norteamericano Henry Moore. El autor critica los proyectos que pretenden lotizarlos y exige se conserven como Dios manda.

El Gran Farallón de Lima

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Si Henry Moore fuera peruano habría estado en su garbanzal en la Costa Verde.

La ciudad de Lima es bastante plana. No tiene, como Roma, las ondulaciones territoriales que le permiten matizar su extensión con promontorios que generan variables perspectivas o producen hitos emblemáticos, como el cerro Santa Lucía en el centro de Santiago o el Pan de Azúcar en la bahía de Río de Janeiro. Nos enmarca una geografía árida y polvorienta, que la neblina ensombrece la mayor parte del año y por la que se aúpan asentamientos abigarrados y precarios. Carecemos de un gran parque central, como Nueva York o Ciudad de México y el retaceo de los pocos que existen tiende a atomizarlos hasta desaparecerlos. ¡Pero Lima tiene vista al mar! Un enorme litoral la desfoga. De no ser así, su encerramiento induciría a una claustrofobia generalizada. ¿Qué sería de Lima si dejáramos bloqueada su única expansión real, aquella extensa y hermosa que la abre al mar?

Llegando a Pacific Palisades, al final de Sunset Boulevard en el sector costanero de Los Ángeles, sorprende constatar que la topografía de encuentro entre el acantilado y la playa es muy parecida –aunque menos dramática– que la de nuestra Costa Verde. El municipio los mantiene en estado natural, a pesar de que se trata de una zona muy afluente y codiciada. Recursos y proyectos no faltan para densificar esa zona. Lo que lo impide es la decisión urbanística que establece la conveniencia de matizar la enorme extensión de la ciudad con un borde descongestionado y natural. ¿No es este el mismo caso de Lima?


 


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