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Urbanismo Contaminación visual en el Santuario de Pachacámac tienta la herejía histórica.

Huachafámac

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A 30 kilómetros al sur de Lima se alza el santuario de Pachacámac, símbolo milenario con publicidad extranjera incluida.

En el principio del mundo, no había alimentos. El primer hombre y la primera mujer deambulaban por una tierra tan hermosa como estéril. La inanición mató al hombre. A la mujer la fecundó el Sol, pero el hijo de ambos fue asesinado por Pachacámac, dios iracundo y celoso, que luego despedazó el cuerpo. La mujer enterró los restos y estos se transformaron en los alimentos básicos: los dientes en maíz, los huesos en yucas, la carne en distintos frutos. Así fue que no se volvió a pasar hambre.

Este mito fue recogido por el padre Luis de Teruel en 1617 y muestra la gravitancia que tenía Pachacámac en la mitología del Perú Antiguo. Gravitancia tal, que su culto, establecido en la costa desde siglos antes de la expansión incaica –Alberto Tauro del Pino lo adjudica a los antecesores del señorío de Cuismancu– fue admitido por Pachacútec en tanto que a su lado se adorase al Sol. Además, hizo que de su templo se retiraran los otros ídolos y dioses de menor jerarquía. El respeto por el dios y su santuario fue tan importante que incluso los incas consultaban el oráculo: Huayna Cápac envió emisarios al templo antes de conquistar Quito (y acertaron al augurarle éxito), y Atahualpa nunca recibió respuesta alguna a sus dudas, con lo que se resignó en manos del invasor español.


 


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