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Cultural En suculento diálogo con Pedro Salinas, Mario Vargas Llosa lanza aquí una mirada afilada a un Perú de “esfuerzos congelados”.

Abordaje del Raje (VER)

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Pocas secuelas pueden llegar a ser tan deliciosas como la segunda entrega de Rajes del Oficio, del periodista y escritor Pedro Salinas. El lomo fino, en este caso, es Mario Vargas Llosa, cuyo internamiento en una clínica local en enero pasado causó preocupación, aunque más sorpresa despertaría su inesperada “reconciliación” con Alan García en Palacio de Gobierno. Las relaciones políticas, cómo no, también logran convalecer. Ahora, a punto de estrenar nueva obra de teatro con ‘Al Pie del Támesis’, llega esta apetitosa entrevista a MVLL. Aquí, un suculento adelanto.

Me recibe Rosie Bedoya, su secretaria, una mujer muy gentil, de baja estatura, de unos ojos claros inmensos, quien me guía hasta el estudio de Mario, el sanedrín en el que se moldean obras de arte con las palabras, en el que habita un antropófago de historias y leyendas. Mario, con camisa de manga corta y varios lapiceros en el bolsillo (uno de ellos me parece que es un Mont Blanc), me sale al encuentro, cordial, afable. Me dice que, a pesar de que el aire acondicionado está prendido, el calor es inaguantable. No lo siento tanto, la verdad. La vista al mar es maravillosa. Me invita a la sala contigua, que es un ambiente idóneo para la entrevista, y en la que deben haber reposado sus asentaderas centenares de periodistas preguntones. Rosie, antes de desaparecer de escena, me pregunta si quiero agua, café o cocacola. Me inclino por el agua, pero con hielo, gracias. Nos sentamos. Le agradezco por su tiempo, a la par que me siento como el general Custer, con la diferencia de que en vez de indios estoy rodeado por hipopótamos. Están por todas partes. Le causa curiosidad que lleve dos grabadoras. Le cuento que una vez, en Expreso, me falló la grabadora a la mitad de una entrevista y eso me traumó. Se ríe, y yo no quiero perder tiempo, así que arranco, justo en el momento que llega el mozo con el agua helada. No hay maní en esta oportunidad. Ni whisky. Mejor así.

–¿Qué mal aqueja al Perú?
–(Se lleva el puño a la boca, mira hacia el horizonte que le ofrece su enorme ventanal de acuario, y piensa tomándose su tiempo, como si en el mar fuera a encontrar la respuesta a mi pregunta) Difícil resumirlo en una frase. Un rechazo o una resistencia a la modernidad.

–¿Crees entender este país?
–No de una manera omnisciente o absoluta, pero creo conocer el Perú bastante bien como para tener una idea clara de qué es lo que anda bien y qué es lo que anda mal.

–¿Qué cosas te enfurecen de él?
–Me enfurecen sus inmensos contrastes culturales, económicos. Me enfurece el egoísmo y la ceguera de los peruanos privilegiados. Me entristece terriblemente la incultura, la desinformación, y a veces los resentimientos y rencores de los peruanos en general. Me entristece mucho la gran mediocridad de sus dirigencias políticas, la incultura general de la sociedad peruana. Y la perseverancia en el error, que es una característica nacional, en el campo político, económico y social.

–¿Qué te divierte del Perú?
–Hombre, me divierte mucho todo lo que se relaciona con mi memoria. Ciertas maneras de hablar. Ciertos chistes. Ciertos dichos. Cierta sensibilidad que se expresa en ciertos eufemismos. Hay una cierta manera de ser de los peruanos, ¿no es cierto? Y yo los reactualizo cada vez que vengo al Perú, cada año. Además, reconozco inmediatamente ahí algo de lo que yo formo parte, y que no tengo el resto del año cuando no estoy aquí.

–¿Qué te entristece?
–Hay una inhibición en los peruanos que se da en todos los campos. El peruano carece de entusiasmo. Somos un país que carece de entusiasmos. Nuestros entusiasmos son totalmente pasajeros, y muy inmediatamente seguidos del desaliento, de una falta de continuidad.

–¿El peruano no culmina?
–En ninguna ciudad del mundo como en Lima hay tantas construcciones empezadas y que luego son abandonadas. Para mí eso es un poco el reflejo de la sensibilidad nacional. Después del esfuerzo inicial surge la inhibición, que es una falta de convicción que paraliza. Entonces, el Perú está lleno de peruanos que iban a ser escritores, y no fueron. Peruanos que iban ser pintores, y no fueron. Peruanos que iban a ser músicos, y no fueron. Peruanos que iban a ser extraordinarios abogados, y no fueron. ¿Por qué? Porque en el camino, como se inhibieron, perdieron el impulso, perdieron el entusiasmo. Los esfuerzos se congelan. Es una sensación que a mí me desmoraliza y me entristece muchísimo.

–¿Qué cosa no tiene arreglo? O de repente habría que decir que el Perú no tiene arreglo…
–No, eso no. Todo tiene arreglo, menos la muerte. Pero a mí me entristece saber que yo ya no veré al Perú enrumbado definitivamente en la buena dirección. De eso tengo un convencimiento absoluto. Y eso me produce una gran tristeza.

–¿En el Perú se gobierna o se manda?
–Se manda, sobre todo. E incluso cuando se gobierna, las características del Perú son tales que quien gobierna lo hace de una manera tan limitada, ¿no es verdad? El gobierno no tiene cómo llegar al conjunto de la sociedad, porque somos una sociedad totalmente fracturada, y porque no somos un país sino varios países.

–¿Cuál es el peor presidente que hemos tenido, desde Velasco a la fecha?
–Fujimori, sin ninguna duda.

–¿Y cuál el que más daño le hizo a la libertad de prensa en el mismo lapso?
–Velasco.
(…)

–¿Qué político peruano vigente te parece nefasto?
–Hay una colección tan grande… Creo que la característica de la política peruana en nuestros días es que prácticamente han desaparecido las figuras respetables de la política. Cuando digo respetables no quiero decir figuras que piensen como yo. Por ejemplo, figuras que no pensaban como yo, pero que eran respetables: Fernando Belaunde Terry. Yo tenía muchas diferencias con Fernando Belaunde, pero era un caballero, incapaz de robar. Es el caso también de José Luis Bustamante y Rivero. Bustamante y Rivero era un conservador, y yo estoy muy lejos de lo que es un conservador, pero lo conocí bastante bien y era una persona absolutamente ética, que tenía por encima de cualquier posición política una convicción ética. En las generaciones anteriores tenemos muchos políticos de ese tipo. Hoy en día eso prácticamente no existe. La política, en primer lugar, no atrae a la mejor gente. La política atrae a gente con apetito de poder, gente inescrupulosa, de una gran mediocridad. Los mejores talentos, los más idealistas, los más puros, los más preparados, muy rara vez se dejan tentar por la política. Y cuando así ocurre, generalmente la política los arrolla, o los corrompe, o los expulsa.
(…)

–En el periodismo, ¿existen temas que no deberían tocarse nunca?
–No. No hay temas tabúes. El problema está en la manera de tocar los temas. Creo que todos los temas, los más escabrosos, los más delicados, los más terribles, pueden tocarse siempre y cuando en el periodismo puedas conservar el tacto, el mínimo respeto de las formas. Eso se ha perdido completamente. En el Perú ha desaparecido. Esa degradación del periodismo comienza con Velasco. En el momento que se expropia la prensa, y la prensa pasa a ser un instrumento del poder político, se produce no sólo una gran corrupción de la prensa, sino también un gran envilecimiento moral del periodismo, y el periodismo entra en una caída casi en picada donde la mentira, la calumnia, la insidia, el escándalo, el amarillismo, alcanza derecho de ciudad. Eso te lo digo porque yo he hecho periodismo antes –un periodismo que podía ser llamado anticuado, minoritario, elitista, todo eso es verdad, pero había unas ciertas fronteras éticas y morales que el periodismo no traspasaba.

–Había códigos, digamos.
–Había códigos y unos consensos que se respetaban. Me acuerdo que en la época de Odría surgió de pronto un pasquín que se llamaba Clarín, cuyo director si no me equivoco se llamaba Marino Ganoza. Ese fue un caso que provocó un gran escándalo porque rompió esos códigos elementales, porque exploraba las intimidades de la gente para arruinar la reputación de aquellos que eran hostiles a Odría. Había unas malas artes en ese periodismo que eran completamente insólitas, que no se conocían. Y ese periodismo fue puesto en cuarentena por la opinión pública. Eso hoy día es inconcebible. En el Perú no hay opinión pública, y, sobre todo, lo último que haría la opinión pública es marginar a un periodismo que, mayoritariamente, considera perfectamente lícito recurrir a todas esas malas artes, porque ha habido un envilecimiento de tipo formal. Ya no hay códigos mínimos de respeto a ciertas formas.

–¿La opinión pública se ha vuelto permisiva con este tipo de periodismo?
–Totalmente.
(…)

–¿El Estado debe poseer medios de comunicación?
–No. El resultado es inevitablemente la utilización partidista de esos medios de comunicación, que pasan a ser en teoría del Estado pero son en realidad del gobierno. Eso en nuestros países ocurre sin ninguna excepción. Incluso en democracias avanzadas, como España, donde los órganos de prensa del Estado no son del Estado sino del gobierno.
(…)

–Federico More decía que “no hay en el mundo hombre más accesible al chisme que el peruano”. ¿Es cierto?
–Esa es una forma de nacionalismo, y yo estoy en contra de todo nacionalismo. No. No creo que los peruanos sean más chismosos que otros. Creo que los latinos somos más chismosos que los anglosajones. Los católicos más que los protestantes. A lo más que llego en esas caracterizaciones generales, es a eso (se ríe).

–¿Un columnista es un predicador?
–No necesariamente. Puede ser un columnista que opina o puede ser, sí, un columnista mesiánico, que hay muchos, ya sabemos (y se ríe como una cascada).

–Francisco Umbral dice que un columnista debe ser un poco cabrón. ¿Es verdad?
–Es una definición de él mismo, ¿no? Ese es el tipo de periodismo que él hace. Pero no creo que sea cierto eso. Hombre, hay muchos columnistas que se hicieron famosos por su ironía, por su perversidad, por la pugnacidad con la que escribían, porque escribían mejor contra algo o contra alguien, que en favor de algo o de alguien. Sí, eso es cierto. Pero hay grandes periodistas que no han sido cabrones y han sido estupendos periodistas, ¿ah?

–El periodismo que tenemos en el Perú actualmente, ¿es un periodismo digno, mediocrón o deleznable?
–Es fundamentalmente mediocre. Yo no soy un pasadista, no creo que cualquier tiempo pasado fue mejor, ni mucho menos. Pero no creo exagerar si te digo que el periodismo de hace treinta o cuarenta años era, como promedio, un periodismo de más alto nivel que el de hoy día, sin ninguna duda.

El Cuarto Poder

En 1952, cuando Mario Vargas Llosa estaba terminando cuarto de media, tenía grandes dudas sobre su futuro. Se le habían ido las ganas de ser marino luego de su paso por el Leoncio Prado. Mario quería ser escritor, y aunque sentía la obligación de obedecer a esa obsesión, también tenía la suficiente perspectiva de mira como para intuir que necesitaba una carrera, una actividad alimenticia que le permitiera vivir decorosamente, para desarrollar, en paralelo, su verdadera vocación. De esta manera, un día se decía “voy a ser abogado”. Al día siguiente pensaba en enseñar. Y así. Hasta que recaló en él la idea de ser periodista, en tiempos en que el periodismo era visto como una ocupación trivial, poco seria. Habló con su padre, quien era gerente de International News Service, una agencia de noticias que más tarde fue absorbida por United Press. La agencia de noticias mantenía un trabajo de exclusividad con La Crónica. Entonces, Ernesto Vargas, el padre de Mario, le ofrece a su hijo que, al terminar el cuarto de media, en las vacaciones de verano, le conseguiría un trabajo en La Crónica. Y así lo hizo. Ernesto Vargas habló con el director del diario, un señor de apellido Valverde, y listo. Mario tenía quince años, y, de súbito, ya era redactor de La Crónica. Ahí trabajó como cuatro meses. Con Milton Von Hesse. Con Carlitos Ney Barrionuevo. Con Emilio Delboy. Con Gastón Aguirre Morales. Con Fernando Palao. Buena parte de las experiencias ahí vividas las volcó luego en ‘Conversación en La Catedral’. Así empezó. Su primera misión periodística, al día siguiente de llegar a La Crónica, fue informar sobre la presentación de credenciales del embajador del Brasil en el Perú. Se nota que ese recuerdo no se le ha borrado ni con lejía porque –y que conste por escrito– cuando Mario evoca el día posterior a su cobertura periodística, éste se carcajea, le brilla la mirada, se acomoda en el asiento, y se divierte como un niño relatando esta curiosidad arqueológica. “Ese día me levanté lleno de ilusión a comprar La Crónica, y ahí estaba mi noticia: ‘Ayer el señor embajador nosecuantos presentó credenciales’. Ese fue mi primer artículo periodístico”, relata. Desde entonces, hasta la fecha, nunca ha dejado de ser periodista. Y le sigue apasionando.

–¿El off the record es inviolable?
–Es inviolable a no ser que haya criminalidad flagrante y se revele la comisión de un delito. La confidencialidad periodística no puede llevarte a ser cómplice de un crimen.

–¿Es válido pagar para conseguir información?
–Sí es válido.

–¿Qué opinión tienes de las cámaras ocultas?
–Hay casos en los que es perfectamente lícito.

–Fujimori, por ejemplo, cayó gracias a cámaras ocultas.
–Ahí tienes un caso. Claro, las cámaras ocultas eran de Montesinos, no de un periodista (risas). Pero hay casos en que no son legítimas, cuando se violenta la privacidad que está protegida por la ley. Cuando se busca amarillismo o explotar los bajos instintos de la gente, y para eso se recurre a las cámaras ocultas, no me parece aceptable. Eso es claramente delictuoso. Pero si estás haciendo una investigación y estás usando cámaras secretas para denunciar atropellos o abusos o crímenes o delitos, eso es perfectamente legítimo.

–¿La prensa es el cuarto poder?
–La prensa tiene un poder extraordinario. Y sobre todo en las sociedades abiertas. Sin ninguna duda. Piensa en la guerra de Vietnam. La victoria no fue de los vietnamitas sino de la prensa y de la opinión pública norteamericana. El rol que jugaron los grandes periódicos de opinión en Estados Unidos, Washington Post y New York Times, fue fundamental. Hoy día pasa un poco con la guerra de Irak, ¿no es cierto? Entonces, llamar a la prensa cuarto poder, ¿cómo no?

–¿Cuarto poder o contrapoder?
–Bueno, no se puede decir que sea un contrapoder sistemático. Porque la prensa, al mismo tiempo que ataca al poder político defiende otros poderes. La prensa no es un poder químicamente puro, que florezca en una campana neumática, no. La prensa está íntimamente vinculada a poderes económicos, políticos. Pero que tiene un enorme poder, sin ninguna duda.

Para Bajar El Telón

Lanzo con cierta reticencia la siguiente pregunta, porque Mario Vargas Llosa ha conocido a todos los periodistas de nota. A todos.

–¿A qué periodista peruano te hubiese gustado conocer?
–Hombre, imagínate. Varios. Me hubiera gustado conocer a José Carlos Mariátegui, un periodista muy interesante, magnífico, fascinante. A Francisco García Calderón, magnífico cronista y comentarista internacional, y al mismo tiempo de una inmensa cultura, también me hubiera gustado conocer. Aunque no vivió acá. Su obra la hizo afuera. A Ricardo Palma también me hubiera gustado conocer. Personaje muy simpático. Sin aristas. Es uno de esos escritores peruanos con los que todo el mundo tiene simpatía. No había en él nada antipático. González Prada es alguien a quien yo admiro mucho, pero era una persona arrogante, que tronaba olímpicamente. Me hubiera gustado conocer a muchos.

Sobre periodistas

¿Raúl Vargas? Serio. ¿César Hildebrandt? Feroz. ¿Aldo Mariátegui? Pugnaz. ¿Juan Carlos Tafur? Complicado. ¿Enrique Zileri? En las circunstancias difíciles, valiente. ¿Mirko Lauer? Un niño genio. ¿Rosa María Palacios? Muy seria. ¿Cecilia Valenzuela? Muy respetable. ¿Jaime de Althaus? De alto nivel. ¿Jaime Bayly? Inteligente y agudo, aunque a veces algo payaso. ¿Gustavo Gorriti? Muy respetable. ¿Nicolás Lúcar? Una basura. ¿Federico Salazar? No lo veo ni lo leo. ¿Carlos Espá? Serio.

Nos vamos despidiendo. Y en el camino al ascensor, cuyo trayecto supone cruzar una envidiable, gigantesca y colosal biblioteca, para la que se necesitaría, me imagino, una vida adicional para devorar todos los libros que ahí reposan, vamos conversando sobre el columnismo español, que él elogia y yo también. Me dice a quiénes lee siempre. Andrés Ortega. Juan Manuel de Prada. Arturo Pérez-Reverte. Entre otros muchos. Me recomienda con entusiasmo que lea un libro de Jon Juaristi, columnista del ABC, titulado ‘El bucle melancólico’. Le digo que ya me convenció, que lo voy a leer de todas maneras. Entro al ascensor, con las dos grabadoras al cinto, listo para editar la entrevista. Me despido por última vez de Rosie Bedoya, quien también sale a despedirme, y de Mario. Rosie, antes de que se cierre la puerta del ascensor, pregunta cómo se va a llamar el libro. Se lo digo, y Mario se ríe. (Pedro Salinas)


El Raje de Pedro

Habrá quien sugiera que Pedro Salinas (a la izquierda, grabadora en ristre) se guardó lo mejorcito para el final, y en esta segunda entrega figuran, además de Vargas Llosa, los rajes respectivos de Juan Carlos Tafur, Enrique Zileri, Fernando Rospigliosi, Jaime Bedoya, Gustavo Gorriti, Cecilia Valenzuela, Jaime de Althaus y Fernando Ampuero. Ninguno se salva de responder sobre el poder de la prensa, sus tabúes, lo más nefasto de la política peruana, y aquello que para muchos es la parte más sabrosa del libro: los calificativos a los coleguitas. La obra se presenta el 27 de marzo a las 8 p.m. en la librería “Ksa Tomada” (Avenida Conquistadores 1238, San Isidro), con los comentarios de dos de sus entrevistados de la entrega anterior: Raúl Vargas y Beto Ortiz.


 


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