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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Eternamente Sinatra

Es irremediable. Mi música ha ido conmigo por los muchos países y ciudades en que aterricé con todos mis trastos a cuestas, y en cada uno de los solitarios o acompañados conciertos que me he ofrecido –y, lo digo con garantías, que aún me ofreceré–, el postre delicado o la guinda que se acompaña con champán, ha sido siempre Sinatra.

Eternamente Francesco Alberto Sinatra, nacido italiano en los EEUU en el estado de Nueva Jersey, allá en el Hoboken de sus amores. En esta España donde vivo y que aún venera a Ava Gardner y sus juergas toreras, no necesariamente se ama a Sinatra, y los hay incluso que lo detestan por aquellas broncas y entreveros que tuvo con “el animal más bello de mundo”, como le llamaran Ernest Hemingway y Humphrey Bogart a La Condesa Descalza. Y los hay también que aún odian a Sinatra por aquellos seis balazos que le metió en un hotel cercano al mítico Chicote de Agustín Lara y los hay incluso que materializaron aquel odio con una muy preparada deserción masiva del concierto que Sinatra dio, allá por los ochenta, en la Plaza de Toros de Las Ventas. Ni un solo espectador, en honor de Ava Gardner, pero en cambio el Coliseo de Roma lució un lleno de bandera porque cantaba el italiano de Hoboken, Nueva Jersey, Francesco Alberto Sinatra. “¿Y por qué aquel gran vacío de Madrid, don Francesco Alberto”, preguntóle luego un periodista en Roma. A lo que el maestro respondió que aquello había sido tan sólo un ensayo, un simple ensayo a puerta cerrada y punto.

Pero volviendo a los años iniciales de este monstruo de ojos azules, y que cada noche cantaba mejor y bebía más, digo: Bajo el ala del sombrero, con un cigarro entre los dedos, bajo el uniforme de marinero en tierra, aquel día en Nueva York, se escondía Francesco Alberto Sinatra, Francis o Frankie para los suyos y para sus amigos, hijo único de una extraña pareja de inmigrantes italianos de Nueva Jersey, que se marchó un buen día a Nueva York, carne de barrio y de cañón, pieles curtidas en las trincheras de la vida diaria, un tipo muy flaco que intentaba abrirse paso a mordiscos en La Gran Manzana.

En ese territorio de esquinas rosadas y oscuros callejones donde los hombres se hacen a sí mismos con mucha sangre fría y un corazón caliente, Frankie no era el más fuerte pero no era, desde luego, el más tonto. Creció en las calles, a codazos, pendenciero y bravucón, de pandilla en pandilla, como uno de los nuestros, bajo la alargada sombra de su madre y el privilegio de unas cuerdas vocales y un estilo que serían su pasaporte a la fama, sus credenciales ante el futuro.

Todo un adolescente, con diecisiete años, Frank gana un concurso en la radio y da una zancada para perder de vista las callejuelas de la “Pequeña Italia” neoyorquina. En 1939 graba su primer disco y poco después se une como vocalista a la célebre banda de Tommy Dorsey. Su vida late entonces con mucho “swing” y el mito y la leyenda empiezan a dejarse los nudillos en su puerta. Al otro lado del Atlántico y el Pacífico, sus compatriotas no hacen el amor, hacen la guerra, la Segunda Guerra Mundial, y Sinatra, alias “Ojos Azueles”, se convierte en obligado sustituto del marido ausente y aterido entre las nieves de Las Ardenas, del novio lejano en las junglas de Guadalcanal. Pero éstas no son las batallas de Sinatra, su nueva guerra es por ese entonces el cine, al que llega con películas como “Noches en las Vegas”, “Leven anclas”.... Pero hay muchos combates más en su vida, muchas otras contiendas, cantidad de refriegas en su vida y todas llevan nombres de mujer. Algunas entraban en su corazón y en su alma, otras salían por la puerta de atrás. Kim Novak, Lauren Bacall, Maureen O’Sullivan y Ava Gardner, siempre Ava. Hasta Madrid se fue siguiendo los pasos de aquella Pandora empeñada entonces en clavarle un par de banderillas negras, de meterle una estocada hasta la bola. Pero Sinatra, atento al quite, desde el lobby del hotel de un serrano pueblo madrileño, le canturreaba canciones por teléfono, le declaraba su amor eterno. A su manera, por supuesto, como ha contado el conserje de aquel hotel. Luego llegaría Mia Farrow, y el último volapié de Ava Gardner serían estas palabras: “Siempre supe que Frankie acabaría casándose con un hombre”.

Pronto se convirtió en un cuarentón, habiéndolo sido ya todo, y mientras la suerte se empeñaba en enseñarle la espalda en toda su extensión. Había perdido el tono, su contrato discográfico estaba cancelado y el cine era un callejón sin salida. “Me dijo que se sentía completamente solo y que había echado su vida a perder”, escribió años después su hija Nancy. Pero Frankie estaba dispuesto a volar de nuevo y nada menos que “De aquí a la eternidad”. Porque este filme de Fred Zinnemann le valió un Oscar al mejor actor de reparto. Volvió entonces a los estudios y a las grabaciones y en torno a unos whiskies descubrió junto a Sammy Davis y Dean Martín el poder del clan, la cuadratura del círculo de la amistad. El chico de barrio, el hijo de inmigrantes, había convertido la pesadilla de la infancia en el esplendor del sueño americano. Era multimillonario, famoso, todo un padrino del matrimonio de conveniencia entre el espectáculo y el negocio. Seguía grabando y publicando discos, recibiendo premios, sacándole todo el jugo y el juego a su voz y a su estilo. Llegó el “rock and roll”, el pop, y llegaron, claro, los setenta, los ochenta. Sinatra anunció su retirada, pero una y otra vez volvía a los escenarios. Había perdido algo de sitio, pero nunca perdió pie y siguió marcando el paso del éxito con canciones como “Strangers in the night”, “My way”, “New York, New York” y nostálgicas apariciones en la televisión y coliseos de todo el mundo, como España o Brasil, que visitó en 1986 y 1992. Increíble cómo se le apagaba la voz, pero en cambio su estilo se encendía cada vez más, hasta lo inimitable, hasta lo único, hasta la perfección.

Y fue amigo de presidentes –Roosevelt, J. F. Kennedy, Reagan–, compartió mesa con mafiosos como Lucky Luciano y Sam Giancana. Sin embargo, todo los cargos que le imputó el FBI fueron rechazados años después. Amó como un loco y lo amaron locamente, grabó más de mil doscientas canciones, rodó sesenta películas, y al morir dejó un mundo a media voz y a media luz los dos, que es como deben escucharse sus canciones.

En el principio fue el verbo, la palabra, la voz. La voz a ti debida, Frank Sinatra, el hombre y su música, el cantante que convirtió la música popular en un fenómeno de masas, en una historia de calcetineras, de cuarentonas y de vejanconas y, cómo no, de todos los hombres que se acuestan tarde en este universo mundo. En fin, que nos convirtió a casi todos en personas turbadas por el beso en los labios de una balada. Y, como él mismo dijo: “Sin una canción un día jamás podría terminar”. Gracias a él, también, los ángeles ya no volverán a sentirse extraños en la noche. La voz está en los cielos. (Alfredo Bryce Echenique)


 


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