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Religión Magnates, rockeros y enemigos del medio ambiente en la lista de espera del infierno tras la anunciación de los siete pecados sociales.

Los Nuevos Pecadores

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Tras la promulgación del pecado social de la drogadicción, Amy Winehouse se ha asegurado una parrilla en el infierno musical de El Bosco.

Los católicos tienen la confesión; los judíos, el psicoanálisis. Se le adjudica la boutade a un judío (Woody Allen), pero la suscriben algunos católicos: la confesión es preferible por ser gratuita y divina. Es decir, celeste aunque cueste.

El sacramento de la confesión, tal y como se conoce actualmente, no aparece en el Nuevo Testamento. Para Pedro (2:5-9), todos los creyentes son parte de un “real sacerdocio”. En ese sentido, la instauración de siete nuevos pecados es –para un católico practicante– la aparición de siete nuevas oportunidades de acercarse más a la gracia de dios mediante la confesión y consecuente expiación. A más pecados, más devotos, pues el pecado no preexiste a la ley divina. Pablo (Romanos 3.20) lo plantea así: “Nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado”. LQQD: la palabra de Dios echa luces sobre el terreno gris y permite identificar la mancha, el pecado. Sin catorce pecados capitales, catorce confesiones se pierden. Las confesiones están aseguradas, porque además hay que sumar el pecado transferible por herencia: el pecado original. El pecado original es como ese corte de amarras con la madre: el ombligo. Aparece al nacer y no discrimina. Adán, por supuesto, carecía tanto de pecado como de umbilicus. Tras la expulsión del paraíso, el pecado original es transmitido de padres a hijos. Para algunos analistas, la aparición de siete nuevos pecados –secundando a los que el Papa Gregorio I impuso en el siglo VI– es una señal de que la Iglesia Católica busca aggiornarse para afianzar las ataduras del rebaño, a la vez que sale a pastar nuevos fieles.


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