
Vencido el turno de los autores, llega el de la lectura. Comienza recta final de “El cuento de las 1000 palabras”.
Puro Cuento
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Nancibel Vargas Machuca recibiendo las columnas de materia ficcional, ahora a la espera de ser leída. |
Le pese a quien le pese, y aunque probablemente sean muchas las historias que se quedan en el tintero, el momento de los narradores expira para cederle el sitio al tiempo de la lectura y la reflexión. El plazo de recepción se ha vencido para la vigésimo tercera edición de “El cuento de las 1000 palabras”, iniciativa que busca difundir el género del relato breve, tan caro a monstruos de la literatura mundial como Jorge Luis Borges, Raimond Carver, Edgar Allan Poe y Guy de Maupassant.
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La primera espera, aquel lapso en el que los sobres de manila se multiplican en la redacción de CARETAS para construir torres amarillas de cientos de ficciones, nos deja como legado el embrión de una segunda y acaso más emocionante espera: la que corresponde a la lectura cuidadosa y a la selección de los mejores textos. Será tarea del distinguido jurado –integrado por el novelista Alonso Cueto; los poetas y escritores Abelardo Sánchez León y Óscar Málaga; Mercedes Gonzales, editora general de Santillana, y Jaime Bedoya, representante de esta casa editora– quemar pestañas y separar la paja del trigo hasta dar con los justos ganadores de este premio a la expresión mínima.
Pero –aclaremos– la valla de las 1000 palabras no es capricho pues exige brevedad y concreción al autor, así como la supresión de detalles accesorios e innecesarios para permitir la construcción de cuentos que, como decía Cortázar, ganen “por knock out”. Y es que gran parte del valor del relato breve reside en que suele callar, y hace frente a esa aparente limitación acoplando el vacío, el intersticio y el silencio como elementos activos de la narración. En otras palabras, el cuento muchas veces es elocuente y efectivo porque dice poco y deja mucho que pensar y conjeturar. También Borges defendería su necesidad de ser breve, no tanto por el valor de la concentración verbal, sino porque consideraba ofensivo utilizar muchas palabras para decir lo que se podía con unas pocas. Siendo consecuentes con su magisterio de la brevedad, estas disquisiciones serían totalmente superfluas. ¿Para qué aburrir? A buen entendedor, pocas palabras.