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Personajes De cómo su prodigiosa voz, su don íntimo, se abrió paso hasta convertirlo en la megaestrella del bel canto.

Juan Diego Flórez : El Niño Bendito

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1976. Juan Diego Flórez a los 3 años. Mucho antes de presentarse en “Otello” en el Royal Opera House de Londres, o en “La Dama del Lago” en el Rossini Opera Festival Pesaro.

De niño, nunca pudo silbar. Para imitar ese sonido y llamar a sus vecinos de la cuadra 41 de la Av. Arequipa, Juan Diego Flórez (Lima, 1973) emitía un grito leve y agudo. Esa falencia no impidió el desarrollo de sus dotes musicales, amén de su voz portentosa. De apodo “Pajarito”, el niño Juan Diego imitaba a Miguel Bosé y Rafaela Carrá, improvisaba de DJ colocando los vinilos de sus parientes, y remedaba con la boca los sonidos de la guitarra de su tío Eduardo Manzini.

El don del arte fluía en forma de juego. Como el mismo tenor confiesa al libro “Juan Diego Flórez. Notas de una Voz” (UPC, 2007), de chico imitaba a familiares y el andar de pato de Chaplin, ganaba concursos de pintura, y hasta hacía historietas de profesores (una vez dibujó a una maestra en ropa de baño y con la faja de Miss Universo, por lo que fue enviado a Dirección).

Un niño hiperactivo con notas de conducta desaprobatorias. Sin embargo, ello era el reflejo de un talento en ebullición que le venía de familia: su papá Rubén Flórez era un guitarrista y cantante criollo querido por Chabuca Granda. En tanto, su madre María Teresa madrugaba en varios trabajos para que a sus hijos no les falte nada (el tenor tiene 2 hermanas). Ella vendría a ser el verdadero motor gracias al cual las potencialidades artísticas de su hijo se desarrollaron a plenitud.

A los 11 años, Juan Diego ingresó a una academia del instrumento de las seis cuerdas, y a los 13 bosquejó sus primeras composiciones, pensando en enamorar a sus coetáneas en los campamentos. Además, escuchaba pop y rock: Rolling Stones, Led Zepellin, Bee Gees, etc. Luego estudiaría con Pepe Torres y Jorge Madueño. A esa época pertenecen las tocadas en la Estación de Barranco. Juan Diego se veía en una carrera de cantante pop.

El clic hacia la ópera se dio hacia fines de secundaria, cuando el profesor Genaro Chumpitazi, tras escucharlo en zarzuelas, le indicó cómo se entona de manera operática, dándole tips de impostación vocal. Según confesión propia, eso impactó al joven Juan Diego. Pero aún no se avizoraba al tenor del jet set del bel canto. Sufrió el típico embate: “Hijo, de la música no vas a vivir”. Como se ganaba unas monedas cantando jingles en el estudio de Jaime Cuadra, se interesó por la publicidad y el diseño (en el álbum del Colegio Santa Margarita del año 1989 se consigna que es “el músico de la Prom.” y “está estudiando publicidad en la Tolousse Lautrec”). El entusiasmo le duró unos meses. Sin música se asfixiaba.

El giro definitivo se produjo cuando ingresó al Conservatorio Nacional, y el maestro Andrés Santa María afianzó su vocación. Pero eran fines de los 80’s, o un Perú con terrorismo e hiperinflación. No bastaba el talento del futuro intérprete de “La Hija del Regimiento”. Urgía la generosidad de los demás. Empezando por su mamá. En 1992, ella vendió un carro Renault 69, un querido patrimonio familiar, para costear el viaje de Juan Diego a los EE.UU., donde completó su formación en el Instituto Curtis de Filadelfia de 1993 a 1996. También fue providencial la ayuda de Aurelio Loret de Mola, un amante de la ópera, quien movilizó una campaña para costear sus estudios. Aún así, el tenor recuerda que se alimentaba en Nueva York con sopas instantáneas de 99 centavos. El presupuesto no daba más. Todavía no se imaginaba que faltaba sólo un paso hacia el éxito definitivo. Ya en la tierra de las oportunidades, faltaba simplemente insistir y trabajar.

Siempre hay recompensa. Tras ese comienzo sacrificado y conquistar los principales templos de la lírica (La Scala de Milán, el Convent Garden de Londres, el Teatro Real de Madrid, etc.), Juan Diego Flórez, el otrora niño que imitaba a Miguel Bosé, ya consagrado a sus 35 años, se dará el lujo de casarse religiosamente con la australiana Julia Trappe (27) en la Catedral de Lima el 5 de abril, y hacer su debut internacional en la ópera “Rigoletto”, el 31 de marzo, en el Teatro Municipal del Callao (ver nota aparte).

Más de 50 años después, las tres puertas de la Catedral se abrirán por segunda vez para una boda religiosa. La primera vez ocurrió el 12 de febrero de 1949, cuando la princesa Hilda de Baviera y Luxemburgo, hija del príncipe Ruperto de Bélgica, se casó con el peruano Juan E. Locke de Loayza.

En las antípodas del enlace civil que tuvo lugar en Viena el 23 de abril del 2007, que según la prensa fue con pocos amigos y sin música, esta boda del “heredero de Pavarotti” tendrá la intensidad de una ópera. Y mucha melodía. Habrá 20 músicos de la Sinfónica Nacional ejecutando la banda sonora de rigor, dirigidos por Andrés Santa María. Asimismo, la Plaza de Armas se cerraría días antes de la ceremonia para ser decorada al gusto de la pareja. El rockero Bryan Adams habría confirmado asistencia. Plácido Domingo mantiene en suspenso su presencia. Y en una recepción en Palacio de Gobierno, Juan Diego extendió una invitación personal al presidente Alan García y a su esposa Pilar Nores.

Tras contraer nupcias con la bendición del Señor, Juan Diego y su mujer partirán a Nueva York al día siguiente. No habrá luna de miel prolongada. El bel cantista tiene compromisos pactados hasta el 2011, y sigue sin avizorar límites a su horizonte (la revista BBC Music Magazine acaba de catalogarlo como uno de los 20 mejores tenores de la Historia). Serán 5 años en los que aviones y hoteles serán sus segundas casas. Mientras tanto, en Lima, el tenor se prepara para uno de los acontecimientos de su vida, en una boda que conmocionará la ciudad. Con silbido o sin él.

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Las imágenes del presente artículo fueron tomadas del libro “Juan Diego Flórez. Notas de una Voz” (UPC, 2007).


 


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