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Música. El Festival Internacional Jazz Perú 2008: notas altas y bemoles.

Jazz Suelto en Plaza

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De izq. a der.: Jean Pierre Magnet, Christine Jensen, Joel Miller, Claudio Puntin, Laura Andrea Leguía, Peter Ehwald y Lenny Pickett.

Lenny Picket mira su saxo con ternura. Toca la punta dorada de su apéndice, toma impulso hacia atrás e infla los cachetes pensando en Dizzy Gillespie, porque Gillespie inventó la inflada de cachetes y toda inflada posterior es mero tributo. Y sopla. Sopla fuerte, como quien derriba una casa. El aullido en la Plaza San Martín es un llamado: atrae turistas, mendigos, músicos frustrados y cámaras fotográficas. Sin señal corporal alguna, el puñado de saxofonistas a su lado se transforma en comparsa y sigue los pasos de Picket, erigido líder de la manada.

La luz del sol se refleja en las seis culatas de saxofón. Provoca cerrar los ojos y escuchar el inescrutable contrapunto. A la usanza de Miles Davis, primero se toca y después se explica. Lo que sí está claro es el cielo de sábado de laica gloria, penúltimo día del festival. Para entonces la cantante brasileña que responde al tautológico nombre de Elin Sings ya se había dejado escuchar junto a su percusionista Rafael Barata. También Schultzing había roto el prejuicio de considerar oxímoron al llamado ‘jazz alemán’. Pero, sobre todo, se había podido escuchar la garganta de Eva Ayllón, el presunto lunar dentro del grupo.

Aquel viernes Eva dijo tener miedo. Miedo de interpretar con su natural voz sincopada a la siempre difícil Chabuca Granda, quien alguna vez le enseñó que hacer un bis completo era abusar del público. Se sintió como en sus inicios, cuando adoraba a Ella Fitzgerald e interpretaba tangos, pasillos y baladas. En Nueva York, el músico Gabriel Alegría le había ganado una apuesta: nadie le había pedido a gritos un himno criollo como “Mal paso”. Ese día, Alegría volvió a sacar un billete. Terminó retirándolo ante las chanzas. No lo hubiera hecho de haber sabido que aquel sábado en la noche nadie reclamó una canción criolla.

La función nocturna se desplazó al insuficiente Jazz Zone. Allí, Picket se aferró a las diecinueve llaves de su instrumento pulseándolas, intentando abrir quién sabe qué puertas. Su saxo se movió como pez fuera del agua y su boca gesticuló con desesperación, como inhalando un soplo de vida a través de la campana. Morimos por falta de ritmo, pensaba Eielson mientras oía a Charlie Parker. El jazz también puede ser supervivencia, un andar dudoso sobre el borde del pentagrama, como la duda metódica cortazariana del swing, luego existo. Picket demostró el porqué de la longevidad de Saturday Night Live, aquel semillero sabatino de comicidad. La evocación de Chicho Mendoza y Los Huachafos de Risas y Salsa fue espontánea. Un exaltado Guillermo Niño de Guzmán aplaudió cada arrebato. La coda simbólica sería el domingo, con Frágil, Gabriel Alegría, la sinfónica Jazz Perú y el mismo Picket. En un género sin inicio ni final, fue un hasta luego. (C. Cabanillas)


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