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Cultural A 25 años de su muerte, nuevo libro preserva la obra de Carlos Quízpez Asín: el muralista con peor suerte de la historia nacional.

Quízpez Asín: Batalla Contra el Olvido

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“La Guerra”. Quízpez Asín fue criticado por tener un estilo falto de emoción vital. Bernuy no concuerda y con esta obra se remite a las pruebas.

Cuando un jovencísimo Salvador Dalí se dignó dirigirle la palabra en aquella primera clase de dibujo de la escuela de bellas artes de San Fernando, en Madrid, descargó contra su condiscípulo Carlos Quízpez Asín el siguiente comentario de insospechada arrogancia: “oye, tienes talento, está bien, te voy a invitar a mi casa”.

Dalí, que solía llegar a clase acompañado de un séquito de amigos hecho un dandy de blanco completo, con sarita y bastón con mango de oro, acababa de ver un retrato suyo que el peruano le había hecho mientras el resto de la clase concentraba sus miradas en los cuerpos desnudos de los modelos. Quízpez Asín aceptó la invitación y su amistad. Así lo recuerda Jorge Bernuy, el crítico de arte y discípulo de Quízpez Asín que está pronto a editar una obra conmemorativa del muralista con peor suerte en la historia nacional: de 22 murales que realizó, le borraron 16. Entre otras gracias, uno fue destruido a combazos en el antiguo bosque de Matamula, otro cercenado para abrir una puerta en la peluquería del Congreso de la República, y otro tarrajeado en La Victoria para dar lugar al non plus ultra de la contradicción: un aviso electoral que rezaba “el alcalde trabajará por la cultura”.

Quízpez Asín, hermano del poeta César Moro, había llegado a Madrid en 1920 entusiasmado por su amigo el músico Alfonso de Silva, luego de pasar en Lima por la escuela de Teófilo Castillo, la Academia Concha y Bellas Artes, en tiempos en que el dibujo de desnudos era algo pecaminoso. En Europa, Quízpez Asín pasó hambre y vivió en un cuarto tan amplio como un ataúd compartiendo cama con su amigo. De Silva escribiría en una carta al músico Carlos Raigada: “He tenido que empeñar mi reloj y mi bufanda de seda para tener que fumar. Por lo general no tomamos desayuno… Quizpecito no habla, al despertarme dije: ‘hoy es mi santo, hazme el favor de felicitarme’. Pero nada. Se rió con su risita y no reaccionó más”.

La salvación le llegó a Quízpez Asín con una beca del gobierno de Leguía y entonces recorrió los museos con el estómago lleno, estudió a los clásicos, a Uccello y Piero della Francesca, y también a Cézanne y Picasso, absorbió de los renacentistas el equilibrio, la armonía y la ciencia de la perspectiva, se carteó con César Vallejo, visitó a su hermano en París y terminó sintetizando lo visto en una obra propia donde lo moderno y lo clásico se arrejuntaban sin complejos. Todo, para finalmente volver al Perú a comprobar que en cuanto a riqueza cultural, Lima se esforzaba por ser más pobre que nunca. No existía galería de arte alguna y debió aceptar durante siete años el puesto de inspector sanitario del Servicio de Higiene y Profilaxia de la ciudad. Más tarde, en la década del sesenta, Quízpez Asín sería maestro de Bellas Artes y vería propalarse en Lima el dilema entre la figura y la abstracción. Esta última saldría mejor librada con conceptos como arte concreto, informalismo y action painting.

Hoy, en el estudio de Bernuy en un segundo piso frente al pampón donde antes se levantaba la Clínica Delgado, en Miraflores, convalece la memoria del hombre que introdujo la pintura al fresco en el arte peruano. La gracia del arte de Quízpez Asín, explica Bernuy, “está un poco en su congoja, en su fatal y encantadora modestia, en que es creación y no lo es. Construye lo que concibe como acierto del alma y de los ojos, desde su fundamento, como la poesía”. El trabajo que el crítico de arte viene realizando no constituye el de un mero editor, sino toda una labor de rescate que ha incluido avisos en prensa solicitando fotografiar todas aquellas obras de Quízpez Asín que se encuentren en manos de particulares. Hasta el momento van 150 llamadas.

La batalla contra el olvido, sin embargo, no es solo impresa, sino que para fin de año Bernuy está preparando una retrospectiva amplia en el Centro Cultural Británico, donde se podrá ver algunas de sus obras más tempranas. Bernuy, que solía visitar al maestro en su casa de Magdalena cuando ya le habían amputado una pierna, recuerda que Quízpez Asín, embebido de música clásica y buen vino, se entregó al arte hasta el final. No por gusto había dicho: “Si dejara de pintar terminaría por suicidarme”. Allí, en Magdalena, el artista tenía un estudio ordenado y limpio donde sintió que los galardones de Tecnoquímica y el Premio Nacional de Cultura le llegaron tarde. Para Quízpez Asín no había pintura nueva ni vieja, sino verdadera o falsa. Eran las 7 y 20 de la mañana del primero de abril de 1983 cuando perdió su propia batalla contra la diabetes. En eso, no hubo arte de por medio. (Maribel De Paz)


 


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