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Entrevistas Leonidas Yerovi III, alias Nicolás, en entrevista insólita al ras y sin afeites.

Barbas y Monadas (VER)

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El 16 de mayo Yerovi estrena Titina, comedia en versos octosílabos y consonantes escenificada en monumentos históricos de Barranco.

Nicolás Yerovi nació en la Maternidad de Lima, en los Barrios Altos, hace 56 años, “donde nacieron mi padre y mi abuelo y estoy condenado a ser limeño por la gracia de Dios”. Estudió en el colegio La Salle y se doctoró en literatura y lingüística hispánica en la Universidad Católica y a los 23 años refundó la revista cómico-satírica “Monos y Monadas” que su abuelo Leonidas fundó en 1905 y su padre Leonidas también había dirigido y él, el tercer Leonidas, se encargó, ya en 1975, de resurgirla. Tuvo grandes colaboradores como Rafo León, Luis Freire, Carlín y Juan Acevedo. “Yo formo parte de una tercera generación de poetas y escritores que, por profundos, se rieron de sus circunstancias y no quisieron ser recordados con lágrimas sino con sonrisas. Les daba pena llorar”.

–¿Por qué se hace llamar Nicolás si es usted el tercer Leonidas Yerovi de una dinastía de extraordinario lustre humorístico?
–Me llamo Nicolás de segundo nombre, Leonidas Nicolás, y aunque esté orgulloso de pertenecer a esta dinastía Yerovi no me apellido Rockefeller, ni soy millonario y eso de ser Leonidas Yerovi III me pareció una huachafería tan graciosa como insufrible, por eso firmo Nicolás Yerovi.

–¿Carece de ambición de riquezas?
–No soy rico, no lo seré jamás, ni quiero llegar a serlo. Soy un perfecto rebelde con causa y vivo “a mi manera”. Enamorado de la vida “a mi manera”. Lo único importante son los afectos, lo demás no existe. Que yo me ría de la vida es natural porque para mí es necesario defenderme de sus espinas “a mi manera”.

–A usted le han colocado el sambenito de ser muy ligero, extraordinariamente mordaz y reírse hasta de su propia sombra. ¿Es realmente así?
–Yo en realidad soy tímido y sobre todo un solitario. Pero ¿qué hago si la gente no me cree? Le confesaré que yo mismo me lo he inventado. Era la única manera de que no supiesen quién soy en realidad y, por lo tanto, de sobrevivir a la Historia Nacional. De ahí el inmenso valor que tiene para un peruano el sentido del humor. Los peruanos que han sobrevivido a todos estos años pasados de hiperinflación, terrorismo, recesión económica, etc., sólo pueden explicar su supervivencia mental por el hecho de haber cultivado, aunque sea en el subconsciente, el sentido del humor. Para mí el humor es la única salida y también la única sabiduría. Lo demás es tedio y crujir de dientes.

–Lo veo muy abatido y desesperanzado. ¿Es que no le encuentra al Perú ninguna salida?
–Por supuesto, hay una salida extraordinaria, fantástica, total, absoluta, maravillosa, sin objeciones, lo malo es que cuesta algún dinero.

–¿Y cuál es?
–El aeropuerto. (Jajaja, me parto de risa).

–¿No hay un exceso de pesimismo en todo esto?
–Está la contrapartida. Si hemos podido sobreponernos a todo y perseverar, seguir vivos y soñando, es porque somos inmortales y estamos creando una nación que todavía está en agraz pero que va a asombrar al mundo. Todo me lleva a la conclusión de que el Perú es grande. Ésta es la antítesis de esta desesperanza que yo tengo y por la cual el humor es mi terapia y es, en realidad, la de todos.

(Se diluye su eterna sonrisa. Estamos en el restaurant Costa Verde y su mirada se pierde, con melancolía, en el horizonte marino. Está como en trance y le interrumpo su reflexión).

–¿Cuál es la mayor virtud de los peruanos?
–No le sorprenda que un peruano haya sido mecánico dental en Illinois, después especialista en suspensión automotriz en San Diego y luego intérprete en las Naciones Unidas, ya que el peruano para lograr un mañana pasa todos los días de su vida inventándose diariamente la semana próxima a través del ingenio, la tenacidad y el talento.

–Pero usted se está refiriendo a los peruanos que viven fuera del país.
–La melancolía ha hecho para los peruanos emigrantes lo que la sobreestimación ha hecho para los bonaerenses, ya que sólo la distancia de la patria ha hecho posible que tres millones de peruanos aprecien el cebiche, la guitarra de Oscar Avilés y, en general, todo lo que perdieron.

–¿Y los peruanos que viven aquí?
–Hay algo muy claro: no hay ningún lugar que te pueda brindar más mística en este mundo que el Perú. Pero creo que este exceso de amor a la “pachamama” nos hace demasiado tolerantes, lo cual produce que los peruanos que estamos rodeados de mística casi cosmogónica seamos capaces de fabricar imposibles manifiestos.

–¿Qué quiere decir eso?
–Un Fujimori honrado es tan imposible como un Alan García humilde o un Alva Castro carismático.

–¿No es eso pura ironía?
–Las soberbias ironías que te ofrece el Perú son las de ver al soberbio japonés volador en la cárcel con menos futuro que una mosca. O la de ver al más grande depredador financiero convertido ahora en presidente de un país con el mayor auge macroeconómico de la Historia de la República. O la de ver al más grave y solemne de los congresistas de la “cleptocracia” regresar deportado de los Estados Unidos al Perú 8 años después de deambular por el mundo escondiéndose de la Interpol. Lo asombroso es que éste nos llegue con una sonrisa estúpida convertida en mueca nerviosa. ¿No es absolutamente irónico que quien debiera dar fe de las firmas de los demás termine falsificando un millón de firmas y ahora se nos presente con sonrisa desafiante y estática de oligofrénico?

–¿Cómo ve la Lima de hoy?
–La veo en progresión geométrica. Un rincón de Lima, a fines de los 90, te ofrecía el espectáculo de 50 personas apiñadas aguardando un microbús que nunca tenía cuándo llegar y dos años después encontrábamos en ese mismo rincón 50 microbuses intentando agarrar un solo pasajero con la misma desesperación. Eso sucedía cuando la familia del japonés volador importaba del Japón microbuses usados a cien dólares y los vendía a diez mil con el timón cambiado de lugar, declarando de inmediato la “liberación de rutas de transporte público”.

–¿Está usted casado?
–Varias veces. Hay personas que nacen para convivir con alguien y otras, como yo, que apenas nacemos para convivir con nosotros mismos. Lo cual, a los solitarios, no nos exime de tener discusiones familiares. A veces me dejo de hablar. Y me miro de reojo en el espejo increpando al que me mira. Hasta que hago las paces. Lo de todas las familias.

–El mejor libro que ha leído.
–“El amor en los tiempos del cólera”, de García Márquez.

–¿En música?
–Los Panchos cantando con Gigliola Cinquetti. Los nocturnos de Chopin. Soy un romántico renuente y un iluso conspicuo.

–¿Por qué?
–Porque soy alguien que jamás se resigna a la comprobación cotidiana de que la realidad y la ilusión son categorías excluyentes. Y no sé resignarme ya que soy un rebelde nato.

–Aunque lo trate de ocultar usted es un tremendo sentimental y un poeta belicista y satírico al que “le duele el Perú”.
–Mi frase favorita es una de mi abuelo Leonidas, cuando fuera entrevistado mientras sufría prisión por sus versos publicados en La Prensa: “no creas que porque río tengo alegre el corazón”. (José Carlos Valero de Palma)


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