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Opinión Por MAX HERNANDEZ

Lazos Ascendiendo a la Cumbre

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Todo empezó en 1492, cuando unos cuantos hombres que conjugaban la mirada del visionario, la pericia del navegante y el cálculo del mercader “descubrieron” el Nuevo Mundo. Habían partido de una España que estaba terminando una dilatada Reconquista en momentos en que en Italia el Renacimiento llegaba a su cúspide. La palabra Europa no designaba entonces, como lo hace hoy, al bloque político y económico más sólido del orbe. Los letrados y los poderosos todavía recordaban que Zeus había prometido a Europa, la joven fenicia a quien había raptado, que llegaría a dominar el mundo.

La sociedad de la que procedían estos hombres favoreció desde muy temprano el desarrollo de la técnica. Inventaba o adecuaba cuanto le era de utilidad práctica. El estribo y la herradura transformaron el caballo en una pieza guerrera y el yugo y el arado hicieron del ganado vacuno un auxiliar agrícola de primer orden. Los avances en las técnicas de fragua hicieron más eficaces las armas y las herramientas. En su momento supieron apropiarse de la brújula, la pólvora, los números arábigos, el álgebra, el vidrio y el papel...

Los habitantes de las tierras recién descubiertas vieron trastocarse su universo de referencias. La presencia de la gente venida de ultramar significó la desestructuración de su mundo y fue el preludio de su colonización. Las regiones puestas en el mapa en aquel lejano primer momento del fenómeno “globalizador”, experimentaron “en tierra propia” un orden impuesto por las potencias imperiales. El alfabeto, la escritura, la religión cristiana, la ley patriarcal, la encomienda, la viruela, la servidumbre, la mita minera y un largo etcétera fueron parte del mismo huayco. Aztecas, mayas e incas vivieron “el lado oscuro del Renacimiento”.

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El descubrimiento mutuo entre Europa y el llamado Nuevo Mundo, en 1492, traería como consecuencia tanto desencuentros como lazos de hermandad.

La llamada modernidad se desplegó en los cinco siglos que siguieron. La escisión anglicana, la Reforma de Lutero y de Calvino y la Contrarreforma dieron lugar a las guerras de religión y fraccionaron la unidad cristiana en Europa. A su manera fueron expresión de las luchas por la libertad de pensamiento que llegaría a ser uno de los grandes temas europeos. La revolución inglesa dio paso al programa baconiano que puso a la ciencia y pondría a la tecnología al servicio de una visión orientada al dominio de la naturaleza. A partir de la Ilustración, la modernidad se definió como una forma de proyecto cultural con pretensiones universales, un modelo de civilización orientado al progreso de la humanidad. Por entonces se seguía pensando, o mejor dicho, fantaseando acerca del salvaje, semiparalizado por los hielos del Polo o vegetando en ese paraíso terrestre que es el Caribe, ambientes demasiado hostiles o demasiado benignos que no le permiten dejar el estado de naturaleza e ingresar a la historia. La exaltación de la razón como fuerza emancipadora servía pues, paradójicamente, de justificación y “combustible ideológico” para llevar adelante la “obligación” de colonizar el planeta, el white man’s burden.

En el Nuevo Mundo, se había instituido la lógica de la dominación. Las instituciones autóctonas cambiaron de signo. Las “idolatrías” fueron extirpadas. La población nativa, que había experimentado una brutal merma demográfica sufrió además de la explotación, la erosión de su autoestima. Las rebeliones indígenas fueron aplastadas a sangre y fuego. En las grandes capitales coloniales las élites criollas oscilaban entre la fidelidad a la metrópoli imperial y la ruptura. La población mestiza sentía en lo más íntimo la escisión conflictiva de los orígenes. Las llamadas castas sufrían la marginalidad vinculada a la ilegitimidad. Más adelante, los ecos de la Independencia de las Trece Colonias y la Revolución Francesa en la Emancipación resonarían también en los primeros titubeos modernos.

Las revoluciones políticas en Europa fueron seguidas por otra, la gran revolución industrial, que dio impulso definitivo a la modernidad. Una praxis realista y una visión idealista insuflaron una confianza casi absoluta en el progreso. Es cierto que no faltaron voces que advirtieron que soplaba un huracán que empujaba a la humanidad hacia el futuro a la par que amontonaba escombros a su paso. Las fracturas sociales que acompañaron el ascenso histórico del gran sueño del capitalismo industrial dieron lugar a grandes crisis y a dos guerras. La del 14, que tuvo como consecuencias una revolución en el menos capitalista de los grandes países europeos que se propuso terminar con el capitalismo y el auge de los fascismos. Luego vendría la Segunda Guerra Mundial, con sus millones de muertos, el horror del Holocausto y la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

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El brutal saldo de la guerra desdibujó la atrayente imagen hegemónica de Europa y puso en cuestión los valores occidentales que habían engendrado el colonialismo y el nazismo. La creación de la ONU, inspirada por el anhelo de acabar con los cruentos conflictos entre naciones y poner en primer plano los derechos humanos, imantó por instantes la imaginación de los pueblos. En el período inmediatamente posterior, en Europa, la reconstrucción, el Plan Marshall, la OTAN y la Guerra Fría fijaban la orden del día, pero también se sentaban las bases de la unidad europea. En América Latina, los encendidos debates sobre cómo avanzar hacia el progreso no terminaban con el viejo orden. La ilusión de la riqueza inagotable tenía como contrapartida la depredación. Al ritmo de la descolonización fueron surgiendo proyectos de transformación radical de la sociedad que se encarnarían sucesivamente en las décadas siguientes en el izquierdismo, el tercermundismo y una serie de dictaduras que implicaron una crítica a la democracia desde ambos extremos del espectro político.

En los años 90, tras la caída del Muro de Berlín, el proceso iniciado a mediados de siglo con la Comunidad Europea del Carbón y del Acero culminó en la creación de la Unión Europea, un mercado único para el conjunto de etnias, naciones y lenguas que se asientan en el viejo continente en el que imperan las “cuatro libertades” de circulación: mercancías, servicios, personas y capitales. También por esos años América Latina comenzaba a mostrar un nuevo rostro dibujado por los intentos de modernización de sociedades aún con rasgos premodernos. Curiosamente ello ocurría en momentos llamados posmodernos en medio del tránsito de una cultura escribal a una “electronal” anunciada por una tecnología cuyos alcances y consecuencias aún no comprendemos, que está otorgando nuevos significados a la democracia y al decisionismo, a la modernidad y a la tradición.

Hasta aquí el largo preámbulo atravesado por tareas pendientes de una Cumbre en la que una Europa unida –aunque, según algunos observadores, todavía con problemas de identidad y de definición de los límites de sus fronteras– y parapetada frente a la invasión cultural de sus antiguos colonizados, emprende sin mucho interés un nuevo diálogo con una América Latina culturalmente heteróclita y contradictoria, en la que tiempos diversos subrayan las discontinuidades que socavan la sincronía de los procesos de integración en espacios supranacionales y parecen incluso fragmentar lo que hay de común en nuestra historia. Si por un buen tiempo las referencias al mestizaje constituyeron tal vez el recurso ideológico más inclusivo con que la América Latina intentó interpretarse a sí misma, la emergencia de apuestas alternativas que muestran la pluralidad cultural del continente cuestiona la hegemonía de esa categoría conceptual. A despecho de las diferencias, ambas partes comparten los valores de los derechos humanos, los principios democráticos y el multilateralismo.

Desde esa cumbre se pretende otear el futuro, no solo de ambas regiones sino del planeta. Las mentes más lúcidas sostienen que el análisis de la realidad social requiere un nuevo paradigma de pensamiento. El tiempo futuro, así como el potencial, el subjuntivo y los modos llamados contrafácticos, parecen ser los que prevalecen en esta época, en la que mediante la previsión, la profecía, la imaginación o el cálculo el ser humano se siente en capacidad de modificar su mundo para bien o para mal. Tal vez hay lugar para un par de reflexiones finales. George Steiner –europeo como el que más- nos advierte “que el tiempo futuro llegó relativamente tarde al habla humana”. Walter Mignolo –latinoamericano y latinoamericanista- nos recuerda que vivimos en “un mundo posmoderno, poscolonial, posoccidental y posoriental”. (Max Hernández)


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