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Opinión Dos historias diferentes de integración. Por CARLOS ALZAMORA

Haciendo Memoria

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Plan Marshall (al centro, visitando Normandía), generosidad con Europa.

En su último libro ‘Medio Siglo por el Mundo’, Carlos Alzamora, legendario diplomático peruano cuyas negociaciones y batallas en defensa de nuestros intereses se remontan a los tiempos en que se hablaba del Norte y el Sur, hace memoria de ciertas realidades que resultan pertinentes ahora. Sigue un pasaje del capítulo ‘América y Latinoamérica’.

“(Un evento en junio de 1986 en Estrasburgo) me permitió no sólo reiterar el contraste entre las favorables condiciones en que se había desarrollado el proceso de democratización europeo y las muy perjudiciales que rodeaban al latinoamericano, sino denunciar lo que yo advertía ya como el peligro de una participación europea en los designios de dominación compartida.

Respecto al primer punto, recordé cómo el proceso de la redemocratización europea, que siguió a la Segunda Guerra Mundial, se hizo con el masivo apoyo del Plan Marshall, la condonación de las deudas a Estados Unidos e incluso el aporte que a ese proceso prestó Latinoamérica con el generoso y romántico congelamiento de los precios de sus materias primas y sus donaciones masivas de alimentos.

En cambio, el resurgimiento democrático latinoamericano debió hacerse en condiciones de estrangulamiento económico, de desinversión extranjera y de endeudamiento externo tales que, cuando en 1985 el Perú hizo esta denuncia en Naciones Unidas, América Latina había transferido ya al Norte acreedor el equivalente de dos Planes Marshall.

Reagan estrangulando a Latinoamérica.

Y, si nos remontamos más en el tiempo, podemos recordar cómo el resurgimiento democrático europeo, después de la Primera Guerra Mundial, conllevó terribles sacrificios a pueblos enteros, que por su dureza e inflexibilidad han pasado a la historia, como en el caso del gobierno democrático alemán de la República de Weimar. que debió dedicar al pago de reparaciones de guerra el 2.5% de su PNB –porcentaje al que, con suerte, crece hoy Estados Unidos– y que, sin embargo, resulta pálido al lado de los 5 y 6% de su PNB que el pago de la deuda externa demandó a los países latinoamericanos y les hizo perder tres décadas de desarrollo y progreso. Y con un serio agravante, pues mientras a Alemania se le permitió pagar las reparaciones en productos de exportación, lo que expandió necesariamente su industria y su comercio, a América Latina se le exigió el pago de su deuda en divisas extranjeras, de las que sus exportaciones –cada vez más restringidas por la recesión que provocaron los países acreedores– eran su única fuente.

En torno al segundo punto, recurrí a la perspectiva histórica de 50 años atrás, es decir, 1936, cuando europeos y latinoamericanos se encontraban entonces más cerca. Era comparativamente más intenso el intercambio comercial, financiero, científico, tecnológico, cultural, y aun el político, que la guerra civil española polarizaría pero que la Segunda Guerra Mundial definiría a favor de la democracia. Pero esa guerra nos aleja, corta muchos nudos y destruye definitivamente muchos puentes, mientras la hegemonía americana se afirma en nuestro continente. Un solo aspecto, el de la asistencia técnica en el plano militar, nos lo recuerda. En el Perú de entonces la misión de adiestramiento militar era francesa, la de la aeronáutica italiana y la policial española, pero todas serán sustituidas por misiones americanas. (Carlos Alzamora)


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