Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
Aprender y Aprehender el Perú
La Lima que dejé al zarpar rumbo a Europa, en 1964, aún se respetaba a sí misma, y, aunque tenía ya su misérrimo cerro El Agustino, su barriada 27 de octubre, y los diarios hablaban ya de Hugo Blanco y otros guerrilleros, todavía no se había producido el “desborde popular” estudiado por José Matos Mar ni se había tugurizado el centro de la ciudad, que continuaba siendo sede de bancos, universidades, teatros, restaurantes, galerías de arte y comerciales, librerías, cafés, estudios de abogados y hospitales. Y la gente asistía a misa los domingos en iglesias como San Pedro, Santo Domingo o La Merced.
Diré, pues, que de la boyante Lima que dejé llegué a una Ciudad Luz que aún irradiaba su poco, y gobernada, como Francia toda, muy presidencialistamente por el inefable General de Gaulle, quien, según sus propias palabras, siempre tuvo una idea muy propia del terruño de Juana de Arco –de quien parecía descender en línea directa–: “Un país con más de trescientas sesenta marcas de quesos diferentes resulta sencillamente ingobernable”.
Mi gran esfuerzo consistió en meterme en la cabeza que había salido de la ciudad más rica de un país muy pobre para llegar a la ciudad mítica de un país inmensamente rico. Pero en La Sorbona mis profesores se quejaban aún, veinte años después, de los estragos de la Segunda Guerra Mundial y del hambre que pasaron en su infancia. Y yo de veras los veía muy flacuchentos y hasta algo gibaditos, en profundo contraste con las satisfechas barrigas de la mayoría de mis maestros de San Marcos.
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Paradójicamente, fue al pie de la Torre Eiffel donde Bryce se topó más de cerca con el Perú. |
Pero las universidades de Francia me dieron en cambio lo que las universidades limeñas jamás me ofrecieron: la oportunidad de estudiar quechua, aymara, guaraní, etcétera, mientras, paralelamente, una mezcla de curiosidad vital e intelectual me llevó por primera vez a recorrer mi país en profundidad desde perspectivas históricas, políticas, sociales, culturales y económicas. En Francia, y en la Europa toda en que viví y estudié –Grecia, Inglaterra, Italia y Alemania– descubrí lo incómodo, lo desgarrador y lo maravilloso que es ser peruano, pero peruano de verdad y no un producto de libros escritos por colonizados intelectuales que vivieron en el desprecio de lo nacional y en la acomplejada desesperación de querer ser españoles, luego franceses, más tarde ingleses, hoy norteamericanos. Y aquella Europa me dio además algo que el Perú nunca me había dado hasta entonces, y a lo mejor tampoco me habría dado hasta hoy: la fácil posibilidad de frecuentar a peruanos muy distintos a mí por raza, clase social y económica, por la cultura y la educación.
Treinta y cinco años más tarde quemé mis naves europeas y me rompí la crisma al regresar al Perú inmundo, ética y estéticamente horrible, que en tan sólo una década habían creado un exhibicionista llamado Fujimori y un voyeur llamado Montesinos, uña y mugre. Viví violencia, viví amoralidad, viví el peor gusto, y me aburrí a muerte en una pésima universidad privada, la peor de mi larga vida docente. Y salí disparado, cómo no, pero sólo para regresar, pasito a paso, ahora, a mis querencias, a esos paisajes y aquellos amigos y recuerdos, que, con el tiempo, dice Mario Vargas Llosa, son ya nuestro país real, un país que también tengo que alternar, cómo no, con los muy largos años de mis querencias europeas. (Alfredo Bryce Echenique)