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Opinión Por OSCAR MALAGA

El Mundo es Peruano

Necesitaba ir al baño, era cosa de vida o muerte, era verano, estaba en la Plaza Dimitrov, la plaza central, en Sophia, Bulgaria, así que busqué un hotel, avancé hasta llegar a la puerta, un portero uniformado en exceso estaba delante de ella, con señas, gestos y mi torpe inglés, mi inútil búlgaro, le pedí por favor me dejara entrar que necesitaba el baño. Su respuesta me dejó helado. Vi su cara oscilar frenéticamente diciéndome: no, no. No lo podía creer. Sonreía y su cabeza no dejaba de moverse de derecha a izquierda haciendo el gesto planetario, negativo, de no, no, Yo no estaba dispuesto a hacer el ridículo en la calle: así que sin importarme su respuesta desafíante abrí la puerta y entré, avancé por el lobby del hotel y rápidamente me dirigí al lugar donde todos mis problemas encontrarían solución. Al salir, el portero, que yo creí estaría molesto, se despidió de mí sonriéndome.

Esa tarde aprendí que en Bulgaria se afirma, se dice sí, haciendo el gesto negativo que corresponde a un no en todo el planeta; y se niega, se dice no, haciendo el gesto planetario afirmativo, de decir sí. También aprendí que cuando de costumbres se trata el mundo nunca dejará de sorprendernos.


Integrarse para un peruano es un trabajo duro. Nacemos, crecemos y vivimos en un país dividido. Estamos acostumbrados a un mundo lleno de fronteras sociales, raciales, económicas y culturales. Vamos a cualquier ciudad de nuestra sierra y ya somos extranjeros, sentimos las fronteras de la lengua, de la cultura, de la geografía. En los años 60 estuve en Chincheros, Cusco, que aún no era el centro turístico actual, y cuando en el mercado dominical me sirvieron la comida sobre un trozo de papel crack y, de pronto, en los ojos de la mujer que me servía descubrí la sorpresa, y gritó algo que no entendí en una lengua que me era extraña, y a su alrededor hubo una oleada vigorosa de movimientos, de manos buscando en bolsas, en faldas, y de pronto alguien levantó una cuchara que pasó por varias manos, que intentaban limpiarla, hasta llegar a mí, en ese instante me di cuenta de que era un extranjero, también de la hospitalidad dulce de esa gente que sonriendo o sinceramente riendo me miraba comer.

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Estampa de Chincheros, Cusco, donde Málaga descubrió, por obra y gracia de una cuchara, que uno puede ser extranjero en su propio país.

Ahí donde me he encontrado con peruanos he visto el Perú. Somos un grupo humano que tenemos en el estómago el órgano de la nostalgia. Nada une más a los peruanos en el extranjero que la comida. El restaurante es el ágora, el coliseo romano y también la casa de nuestra madre. Y por una extraña razón la música que es menospreciada en el país es admirada, cantada y llorada fuera de él. He visto en París, en casa de peruanos insospechados de populismo y de gustos barriobajeros, cantar a Lucho Barrios o a Los Embajadores Criollos como si estos fueran –y para mí lo son– paladines de la peruanidad. Hay algo que impide a los peruanos integrarse en la vida del país que viven. Los peruanos nos vamos quedando, nunca decidimos instalarnos e integrarnos, no, cada día estamos soñando con regresar pero hay una inercia del desarraigo que nos atrae y nos lleva a seguirnos quedando en ese lugar en el que muchas veces fue el azar que nos detuvo.

Una vez comiendo en un restaurante alemán en París descubrí que el mozo alemán que me atendía era peruano. Entre cerveza y cerveza me contó que había estudiado en Alemania y al graduarse decidió darse una vuelta por Europa antes de regresar a Lima. Así que se compró un carro y empezó su económico tour europeo. Al llegar a París el carro se malogró, buscando solucionar su problema conoció a una chica, por ella decidió quedarse una semana, al mes vendió su carro, al año ya trabajaba como mozo en ese restaurante, se casó, nunca regresó al Perú. Tenía nacionalidad francesa pero el espíritu peruano de desarraigo lo demostraba sintiéndose alemán y criticando sin parar la vida francesa. Salimos dos o tres veces, pero no era ni es mi deporte hablar mal de los franceses, así que desaparecimos rápidamente de nuestras vidas. Una de las pocas reuniones divertidas que tuvimos fue una noche que nos emborrachamos en un restaurante peruano, el único que existía en París en los años 80. Esa noche no paramos de hablar mal de los peruanos.

En EE.UU. he conocido peruanos sorprendentes. Jamás he visto a un peruano trabajar tanto como lo hacen en los EE.UU. Por lo general tienen dos trabajos, viven en condiciones mínimas, poca vida social, ningún interés en integrarse, pero casi todos desean tener el pasaporte americano. Algunos lo tienen. Sobre todo en algunas ciudades de Long Island. Ahí he visto peruanos que parecen americanos, se visten, peinan y caminan como tales, tratan de hablar un español mordido de acento americano, sus casas tienen jardines amplios, el bbq instalado, las 4x4 sobre los carriles de cemento sobre el césped bien cortado, la casa salida de una foto de Lo que el viento se llevó, pero en sus reuniones nunca he visto a un americano. Es una integración extraña, algo así como una integración de manual. Parecen reproducciones de una imagen estereotipada.

En Queen las cosas son diferentes, los peruanos de color se hacen pasar por dominicanos, y casi todos hablan como caribeños. Una vez entré con un grupo de amigos a un restaurante en Queen y, nostalgia y orgullo nacional obliga, pedí carapulca para todos. Nos trajeron un plato servido a la peruana, no solo desbordante, sobre una mesa de mantel a cuadros, sino también con una amabilidad de dueño peruano. Es decir, como si nos hicieran un favor al servirnos. Era imposible comerla, olía a vinagre. Cuando protesté me dijeron de mala manera que era así la carapulca peruana. Pregunté hacía cuántos días había sido preparada. Con mirada desafiante me reconocieron que hacía siete días. Y yo reconocí que algo conocían de la vida americana cuando les dije, está bien, si usted dice que esta carapulca está bien y debo de pagarla entonces llamaré a Sanidad. Santa palabra, y nos despedimos cordialmente.

Nunca me he atrevido a ir a Miami. Gente que conoce bien esa ciudad dice que no hay peruanos, todos se transforman en cubanos o, al menos, hablan como cubanos. Es decir, se integran utilizando una tercera vía.

Alguna vez me ha pasado: estar hablando con una persona mucho tiempo en una lengua extranjera y de pronto darme cuenta que esa otra persona era peruana o peruano. Ser peruano es ser tantos rostros, apellidos, orígenes, diferentes. En el colegio estudié, además de los naturales rostros del rico y abundante mestizaje nacional con peruanos de origen –primera generación– japonés, chino, catalán, croata, yugoslavo, italiano, chileno, húngaro, alemán. El elemento integrador era el fútbol. Y un extraño y natural respeto por nuestras evidentes diferencias.Cuando viajé por primera vez fuera del país, tenía 19 años, ningún rostro me sorprendía, los conocía y respetaba a todos.

Viajaba de Barcelona a París en el tren nocturno, mi compañera de compartimento era una muchacha alta, rubia, ojos celestes claros, algo gorda, y vestida con un bluying gastado y camiseta ancha, así que luego de los saludos de cortesía empezamos ha conversar en francés, ella lo hablaba con dificultad pero mi alemán era aún más precario que mi inglés. Al acercarnos a la frontera con Francia ella buscó en su cartera, y la vi, con sorpresa, sacar un pasaporte peruano, que en esos años 70 eran de tapas verdes y tan rústicos que eran inconfundibles. Desde ese instante, luego de reírnos por la sorpresa, nuestra conversación, a pesar de ser en español, fue menos fluida y menos divertida, de pronto sentí que el Perú nos separaba. Comprendí que para un peruano la aventura fluye más con un extranjero que con un connacional.

En verdad cada ser humano es un misterio cautivo de sus palabras. Hace unas semanas, aprovechando un corto viaje a París, me paseaba con mi mujer por el Louvre y de pronto escuché la música inconfundible de la cantarina manera de hablar peruana, pero en su versión autosuficiente. Una frase me congeló en la sorpresa. Escuché que el hombre adulto peruano les decía a las dos damas peruanas que lo acompañaban: Aquí hay algunas cosas interesantes. El ninguneo es una virtud peruana. Si bien es hijo de la ignorancia, hermano de la torturante envidia, es también una manera de defendernos ante la sensación que nos atrapa a los peruanos en el extranjero de que en nuestra corta historia hemos construido muy poco país. Porque Machu Picchu y toda la panoplia arqueológica ya estaba ahí. Porque nuestra historia nace de una derrota sobre una parte de nosotros mismos. Y por último, porque esos nombres que nos repiten admirativos los amigos extranjeros: César Vallejo, Vargas Llosa, y unos pocos más, en general son de personas –y de personajes– que se han construido solos y, muchas veces, a pesar de ser peruanos. Cuando era estudiante en París conocí a muchos jóvenes peruanos que descubrían a Vallejo, y al Perú y sus problemas, en versión francesa. Y lo leían, y lo reconocían, con pasión. Era una manera de convertirse en peruanos. De ser algo más consistente y real que esa historia de incas, cebiche y pisco en los que a veces se afirma toda la peruanidad.

El mejor lomo al jugo de mi vida, después del que prepara mi madre, lo comí este mes de febrero en Madrid, en casa de un escritor peruano. Y él me decía, aquí hay un discurso sobre la integración, pero en la práctica nadie tiene idea de cómo transformar este discurso en realidad. Es evidente, lo único en lo que hay unanimidad es que todos están obligados a respetar la ley del país que los acoge. Y para eso hay que ser legales. Y esa es la única preocupación real de los peruanos que viven en España en la actualidad. Eso es lo que ha cambiado. Ya no son los atractivos culturales los que nos llevan a los peruanos a vivir la aventura europea, ahora se trata de sobrevivencia. Un poeta peruano que vive en Madrid me decía, yo trabajo cuidando a un viejo, no tengo días libres ni horarios, el hombre es buena gente pero está muy enfermo, trabajo todo el año, claro, trato de tomarme una o dos horas al día para tomarme un café en una terraza, ¿crees que me interesa saber cuál es la exposición que hay en el Reina Sofía? Pero en la casa había una excelente biblioteca y mi amigo poeta casi llorando me decía, tiene a todos los poetas del mundo, así que todo mi tiempo libre leo. El Tao es el Tao y nadie puede evitarlo. Así de extraños son los caminos de la poesía.

Estaba en plena Champs Elysées, mi mujer había entrado a una tienda donde venden productos para mujeres de todas las marcas del mundo, así que yo preferí quedarme en la puerta y esperarla. Al lado estaba el Hotel Claridge, en la puerta una mujer elegantemente vestida llevaba en sus manos varias bolsas de productos de marca, y le decía a su acompañante: subes rápido, dejas las bolsas en el cuarto y bajas rápido para seguir comprando. También eran peruanos. (Oscar Málaga)


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