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Internacional Elecciones 2008: La paradoja de un partido de centroizquierda que perdió a sectores populares.

Política Clasista en EE.UU.(VER)

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Apoyado por elites educadas blancas, el favorito Obama confronta racismo proletario.

En estas elecciones singulares norteamericanas, en las que apareció un Obama como virtual respuesta al desaparecido Osama, y un candidato negro y una mujer se disputan por primera vez la nominación en una contienda presidencial, los factores de clase y de raza ahora pesan. Hillary Clinton ha ganado la primaria del Partido Demócrata en Kentucky, y Barack Hussein Obama ha triunfado en Oregon. Pero nadie ha asegurado la mayoría absoluta de 2025 delegados y “superdelegados”. Las preguntas siguen: ¿Hillary tirará finalmente la toalla? Y si fuera así, ¿Obama tendrá más posibilidades de derrotar al republicano McCain?

EL problema para Barack Obama es el problema del Partido Demócrata. El votante blanco de medianos, y bajos ingresos ha fugado hacia el Partido Republicano.

La apuesta de Hillary Clinton es que ese problema se transformará en su última oportunidad de ganar la nominación de su partido, porque solo ella puede lograr que retome esos votos.

El Partido Demócrata es históricamente el partido que representa a la “clase trabajadora,” a las personas con bajo nivel educativo, trabajos no-profesionales, niveles modestos de ingreso –y que en su gran mayoría son de raza blanca.

El problema para el partido, y para Obama en particular, es que en las últimas décadas ellos han encontrado su nuevo hogar político en el Partido Republicano.

Si el eventual candidato demócrata no logra reconquistar a gran parte de esos votantes blancos de modestos recursos, no gana. Es tan simple como eso.

El problema quedó evidenciado en los resultados de la votación en los estados de Ohio, Pennsylvania, y West Virginia –regiones emblemáticas de esta demografía.

En un momento, después de su convincente victoria en Pennsylvania, el fenómeno parecía haber dado nueva vida a la candidatura de Hillary Clinton, pero no la suficiente como para superar la ventaja que lleva Barack Obama.

Y la votación esta semana en Kentucky y Oregon sigue el mismo curso.

Es una ironía: el Partido Demócrata, de centroizquierda, ha perdido a los trabajadores. Para desenredar este fenómeno tan poco entendible para el mundo ideologizado de América Latina, hay que estudiar dos realidades sociales que los norteamericanos se esfuerzan por no mirar de frente: la política de clase y las hostilidades todavía enraizadas entre blancos y negros.

Y “mirar de frente” es muchas veces lo último que se hace dentro del Partido Demócrata actualmente.

Hace tiempo se ha perdido la franqueza para llamar las cosas con su nombre cuando se trata de raza y clase.

Le tocó a un comentarista británico, Anatole Kaletsky del London Times, pronunciarlo en voz alta al referirse a los últimos resultados: “La conclusión sería bastante obvia si no fuera por el afán de los políticos y comentaristas norteamericanos de aferrarse a lo que consideran políticamente correcto y expresar este razonamiento: quizás el Sr. Obama no pueda ganar los estados grandes e industriales, con sus poblaciones de blancos conservadores de clase trabajadora, simplemente por su raza.”

La triste realidad es que, por muchas razones, ha existido mucha competencia y hostilidad que ha dividido y polarizado a blancos y negros de la clase trabajadora.

Doy abajo algunos datos, basados en un estudio del prestigioso Brookings Institution, para entender lo que constituye esa “clase trabajadora” norteamericana.

El Partido Demócrata primero sacó de la pobreza a esa clase, que en los años 30’s componía mayoría en el país.

Según el estudio de Brookings, “la época entre los últimos años 40 hasta mediados de los 60 fue el período en que se creó la primera clase media masiva en el mundo – una clase media que daba entrada hasta a los trabajadores de fábrica. … Fue, en otras palabras, una clase media a la que los miembros de la clase trabajadora blanca podían aspirar a pertenecer y a la que muchas veces lograban ingresar.”

En los años 60’s, consecuente con sus ideales, el Partido Demócrata abrazó la lucha por la igualdad de los negros, también mayoritariamente de la clase trabajadora. Pero allí, una estrategia defectuosa llevó el partido a un gran fracaso.

Estas afinidades electorales por clase de elector se han repetido en las primarias demócratas.

La falla de la estrategia, cuyos costos el partido todavía está sufriendo en derrotas electorales, consistía en hacer pagar a los blancos de la clase trabajadora por los beneficios de los negros.

Fueron programas sociales inmensamente costosos: la integración forzosa de las escuelas, los pagos de bienestar social para mujeres solteras con niños, el seguro de salud gratis para personas de bajos recursos, en su mayoría sin empleo, etc.

Gran parte de los beneficiados de estos programas fueron de la minoría negra. Los altos impuestos los pagaron los trabajadores con empleos estables, en su gran mayoría blancos.

Fue una trampa. Como dice el estudio de Brookings: “El Partido Demócrata cayó víctima de una fuerza ideológica liberal que lo llevó desde programas pagados con los impuestos de los pocos para beneficio de los muchos… hasta programas pagados con los impuestos de los muchos para beneficio de los pocos.”

El resultado: los blancos de la clase trabajadora transfirieron en su mayoría su lealtad política al Partido Republicano y su plataforma de reducción de impuestos con la eliminación de programas sociales que favorecían a los negros.

Hay que remontarse al año 1964 para encontrar la última vez que la mayoría de la clase trabajadora blanca dio sus votos a un candidato demócrata en una elección presidencial.

Bill Clinton obtuvo solo 41% de su apoyo; Al Gore 41.5%; John Kerry (2004) 38.5%. El 90% de los negros, por cierto, votan fielmente demócrata pero no son suficientes para armar una fórmula de victoria electoral. (La población afroamericana no llega al 15% del total).

De las últimas 10 elecciones presidenciales después de 1964, el Partido Demócrata ha ganado solo 3 veces (Jimmy Carter en 1976, y Bill Clinton en 1992 y 1996).

De allí la dinámica de la contienda de Hillary Clinton y Barack Obama.

Barack Obama no se presenta nunca como un candidato negro, sino como la promesa de una realidad nueva “posracial” que intenta dejar atrás la vieja política de polarización y competencia entre grupos. Su desafío más grande es demostrar que puede ganar el apoyo de los blancos.

La lógica de Hillary Clinton es otra. Por necesidad, se presenta como la candidata que puede recuperar el apoyo de los blancos, especialmente los de bajos recursos.

Pero no solo eso. Su última posibilidad de revertir la ventaja de Obama (que lleva la mayoría de voto popular y de delegados electos hasta el momento) pasa por desarmar la imagen de Obama como el candidato posracial.

Dicho de la manera más cruda, Obama pierde si se convierte en el candidato que representa a los votantes negros y sus intereses. Siendo el “candidato negro” Obama no puede atraer suficientes votos entre la clase trabajadora blanca para ganar la presidencia, aun si consolida su victoria en las primarias contra Clinton.

Por eso son tan importantes estas últimas semanas antes y después de la primaria de Pennsylvania. Por un lado, Clinton mostró que tenía apoyo entre los blancos en general –63%, contra 37% para Obama. Además, midiendo los indicadores de la “clase trabajadora” es evidente la preferencia por Clinton.

Obama, por el contrario, lleva la mayoría de votos entre los blancos de altos ingresos, con grado universitario, y –un dato significativo– la gente sin religión. Todos son indicadores que apuntan a la no pertenencia a la clase trabajadora. (Ver recuadro)

La controversia suscitada por las declaraciones del ex guía espiritual de Obama, el pastor Jeremiah Wright, ha tenido el efecto de asociar a Obama con los aspectos más negativos del movimiento negro: un discurso antiblanco y de resentimiento racial.

El campo de Clinton también ha buscado pintar a Obama como el candidato de elite intelectual con una actitud condescendiente hacia la gente blanca de bajos ingresos y de los pueblos chicos.

En un comentario nada acertado, Obama explicó el éxito que ha tenido el Partido Republicano entre la gente de las poblaciones chicas diciendo que la desilusión la ha llevado a la amargura y a aferrarse a su religión y a sus armas.

Nada de esto pone en duda, según la mayoría de los comentaristas políticos, la inevitabilidad “matemática” de la eventual victoria de Obama en las primarias. Pero este análisis apunta al dilema más engorroso del Partido Demócrata: ¿puede ganar Obama a John McCain en las elecciones generales?

Hay sabios que argumentan que la impopularidad actual del régimen de George W. Bush y del Partido Republicano es un obstáculo demasiado alto para superar. La prueba de eso está en el gran número de republicanos que está cambiando su inscripción partidaria para convertirse en demócratas. Y la gente joven se está enganchando en la política por primera vez en muchos años.

Pero en cuanto la clase trabajadora, hay que apuntar una tendencia demográfica que –tarde o temprano– va a neutralizar el dilema.

Es otro dato del estudio de Brookings: los grupos que conforman la clase trabajadora han disminuido –de una mayoría absoluta en los años 40’s y 50’s hasta solo 33% de los votantes ahora. Como factor político, esa clase pesa cada vez menos– sea para republicanos o demócratas.

Tal vez más importante es otro fenómeno: el crecimiento de una nueva clase masiva, que Brookings describe como una clase media alta de profesionales y gerentes que en su gran parte apoya la plataforma liberal de los demócratas. Está llegando a conformar 20% del electorado. Según el estudio de Brookings, esta crecerá a 33% en los próximos 12 años, haciendo así contrapeso a la clase trabajadora.

Esa es una buena noticia para Obama, que se ha presentado como el candidato de la política del futuro. Obama arraza en esta nueva clase de gente con ingresos encima de US$ 100,000 anuales y de grados universitarios avanzados.

Todo esto va contra la intuición política convencional, pero hace pensar, ¿no es cierto? (John Dinges (CIPER)*)

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*John Dinges es codirector de CIPER y profesor de la Universidad de Columbia.


 


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