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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

¿Existe la Maldición del Nobel?

Son muchos los que afirman que quien gana el Premio Nobel es víctima inmediatamente de la maldición que ese premio conlleva, y que consiste en que no bien recibe su galardón en Estocolmo se le seca la tinta a su pluma o se le enquistan las ideas o se le agota la necesidad de escribir o sencillamente llega con toda honestidad a la conclusión de que, después de alcanzar la gloria, ¿para qué seguir bregando en una actividad que hasta entonces sólo le había traído sinsabores?

En los últimos cincuenta años, al menos, sólo dos escritores se libran de la maldición: uno es Saul Bellow, que después de su Nobel, de 1976, aún publicó un puñado de novelas que están con creces a la altura de las mejores, las que lo hicieron precisamente acreedor al premio. El otro es Samuel Beckett, Nobel en 1969, año después del cual, aunque sin prodigarse, sí publicó textos narrativos y obras de teatro que todavía rayan a una altura sin par.

Tal vez el secreto esté en vivir bajo esas iniciales, una S y una B, para huir de la esterilidad o de la merma en la calidad de lo escrito y lo publicado o de la mera repetición.

El otro amuleto, según algunos, podría ser ahorrarse la ceremonia de entrega como hicieron Beckett y Hemingway, pero Bellow estuvo en Estocolmo, radiante, con el monarca y el resto de los premiados. Quizás sea que al público lector le interesan aquellas obras que justifican por su merecimiento el galardón, y no las que son producto del desahogo existencial que debería traer consigo. Sea como fuere, J.M. Coetzee, nacido en 1940 y Nobel el 2003, no tuvo especial fortuna con El hombre lento, la primera novela que publicó después de recibir el premio. Coincidiendo con ella había publicado también un extraño artefacto narrativo titulado Elisabeth Costello, una serie de conferencias ficticias (o no: Cotzee impartió algunas de estas lecciones como si fueran relatos en los que Elisabeth Costello impartía lecciones cargadas de opiniones contundentes), pronunciadas por medio mundo, de Princeton a Barcelona.

También ha publicado después del Nobel Diario de un mal año, que ni es la novela que de la que se habla ni el diario que se anuncia. No es una lectura ligera, aunque sí amena. Cada página viene dividida en dos y hasta en tres franjas: la parte superior corresponde a un total de 55 ensayos sobre temas variados, que equivale no está claro si a una summa, a una cosmovisión coherente, o a un autorretrato fragmentario del autor de los mismos, cuyas iniciales son J.C, y que cita en un momento una novela que Coetzee publicó en 1980, Esperando a los bárbaros, y afirma que es suya. La parte central de la página es un relato en primera persona y en presente del indicativo, marca de la casa de Coetzee, que empieza diciendo: “El primer atisbo que tuve de ella fue en la lavandería”. Es el diario del autor de los ensayos, presuntamente el que da el título al libro. La tercera franja es un relato trenzado desde la óptica de la mujer entrevista en la lavandería, que será la mecanógrafa del autor. Todo ello mantiene con la novela una relación parecida a la que un holograma tiene con una escultura. Pero nada es gratuito: cada cosa tiene su porqué.

En Elisabeth Costello, un libro que nada entre las aguas de varios géneros, en el supuesto de que las fronteras genéricas sean de alguna utilidad, Coetzee había recurrido a La carta de Lord Chandos, texto de 1902 con el que Hugo von Hofmannsthal dio origen a una poética del despojamiento, una estética del silencio, que recorre toda la literatura del siglo XX como una corriente poderosa. Un siglo y un año después Coetzee retomó este texto breve y fundacional para ponerlo a través de una óptica femenina en su justa perspectiva, a través del extrañamiento.

Por otra parte, al igual que su maestro Samuel Beckett, Coetzee no concede entrevistas. Es uno de los escritores más esquivos y vueltos de espaldas a la servidumbre de la fama. Pero nada más lejos que la hurañía de su talante de novelista y de las finas apreciaciones de sus ensayos (sobre la literatura, claro, pero también sobre la censura y la obscenidad), parcialmente traducidos al español. Enemigo asimismo de las zarandajas mediáticas, Coetzee se ha refugiado en la tercera persona para escribir Infancia y Juventud, dos de sus mayores logros, junto a la dura y extraordinaria Desgracia. Y con razón uno puede preguntarse si las versiones distintas del yo a que se presta, son unas más verdaderas que otras. La polémica, por cierto, queda abierta, y abierta de par en par. (Alfredo Bryce Echenique)


 


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