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Deportes La WWE llega al Perú, país con más de 3 millones de fans de la lucha libre y nostálgicos de la vieja escuela.

El Afán Del Catchascán

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Una de las estrellas más admiradas de la WWE, Triple H, podrá ser visto este 3 de julio en el Estadio Nacional.

La WWE (World Wrestling Entertainment) nunca ha generado tanta expectativa en un show fuera de Estados Unidos: medio Estadio Nacional en torno a un ring. El punto de penal del arco sur será el centro gravitacional de una histeria colectiva que ya nuestro afligido fútbol ha olvidado. Sobre el círculo de tiza blanca se distribuirá el cuadrilátero de seis por seis metros; lo rodeará una masa rugiente de veinte mil fanáticos, que ya agotó las localidades más cercanas –y eso que los boletos más caros pasan los S/. 900– para ver en acción al ultra famoso Triple H defendiendo su título ante John Cena, además del desfile de estrellas que sábado a sábado, vía ATV, hacen de la brutalidad plástica un drama humano televisado: Chris Jerico, JBL, Shawn Michaels, Umaga, Trevor Murdoch, Lance Cade, Mr. Kennedy (que la semana pasada estuvo en Lima firmando autógrafos para los fans), Carlito (a quien Mr. Kennedy le romperá los dientes, según aprovechó para anunciar), Mickie James, Beth Phoenix, Santino Marella, entre otros.

No es poca cosa. Pero tampoco debería sorprender tanto, en un país que tiene registrados más de 3 millones de usuarios en la página oficial de la WWE y que mantiene viva, aunque renaciendo continuamente, una tradición que llegó a tener tal arraigo que el cariño popular hasta le ha guardado una palabra especial, ya extinta en otros lares por falta de uso: “catchascán”. Deformación perfecta de la ya de por sí elocuente denominación anglo catch as can, el catchascán en el Perú empezó humilde, en los cincuentas, y alcanzó su apogeo en los setentas, cuando llegó al Coliseo Amauta, con figuras como Atila, el Loco Cardenal –que hacía su entrada con camisa de fuerza– o Super Demon. El esplendor sólo fue mediático, porque en la mayoría de casos estos gladiadores sobrellevaban la vida como panzones choferes de Enatru (el Gato Dávila) o vendiendo cebiche en Barrios Altos (el Rudo Balboa). Habrá sido falta de capital o de visión de empresa, tal vez, porque hoy por hoy esta violencia de fantasía maneja mucho dinero. La WWE, sólo el año pasado, movió 485.7 millones de dólares. Es el circuito más grande del mundo en el rubro, pero también existen otras dos grandes corrientes, la japonesa y la mexicana, sin contar las federaciones “independientes”, en donde, a decir de los fanáticos, “se habla menos y se lucha más” (ver el Reign of Honor, o ROH, también en Estados Unidos). Pero más importante es decir que, análogamente a la nueva generación de seguidores peruanos de la lucha, además, ya se puede hablar de una nueva camada de luchadores, muchos de los cuales no llegan a los 30 años y marcan distancia del espíritu amateur del primigenio catchascán.


 


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