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Opinión De cómo el autor tuvo que ceder prematuramente su lugar extraterreno en el panteón familiar.

Yo, Que Estuve en mi Propio Entierro…

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Eran los tiempos idos en que los muertos morían en casa y hasta se convivía con ellos un buen par de días y sus noches. Y entonces uno como que les notaba algunos cambios a sus muertos, e incluso hasta algunas mejoras; en fin, ciertos toques de elegancia, por ejemplo, que de vivos no tenían, amén de que por aquello del debido respeto a cada muertito realmente se le trajeaba y ajetreaba, e incluso se le ajuareaba, como dicen en México los campesinos de Jalisco, con lo mejor de sus prendas, sin excluir ni las más íntimas, consta también.

En resumen, cosas como las de aquella canción ranchera que afirma, reiteradamente, que: La vida no vale nada / No vale nada la. Pues sí, cosas de este mundo, pero también del otro, por qué no.

Eran, sí, también los tiempos de mis abuelos, y por ello este relato empieza la veraniega mañana aquella en que apareció mi abuelo materno, Francisco Echenique Bryce (los abuelos paternos eran Bryce Echenique y los maternos viceversa, desde tiempos de los virreyes, más o menos, por un asunto de endogamia o de gente decente, o, también, de gente como uno, según el vocabulario que me trajo al mundo y que me educó –en fin, dejémoslo así–, y que en más de una oportunidad rozó el incesto consumado y todo. STOP). Apareció pues el abuelo materno Echenique Bryce con la noticia aquella de que acababa de comprar un panteón familiar, con sus esculturas italianas y todo, y nada menos que en el corazón del limeñísimo cementerio del Presbítero Maestro. La mayor de mis hermanas vomitó, pero aquella mañana nada podía estorbar siquiera la felicidad estival del abuelo materno, vestido de punta en blanco de lino blanco, amplio y genuino sombrero Panamá íntegramente manufacturado en Ecuador (sic), realmente encantado de la vida con su panteón aquel, y que por lo demás no quedaba tan lejos tampoco de la iglesia de la Buena Muerte, allá en la más vieja Lima colonial.

Acto seguido –lo estoy viendo y oyendo y sigo aterrado, yo ahí muy niño–, el abuelo Echenique Bryce emprendió feliz su matinal caminata por el malecón Figueredo, aunque no sin antes anunciarme de lo más sonriente que también para mí había sitio en aquel panteón, porque tú también te vas a morir, hijito, y porque así es la vida, hijito. Me lo dijo con todo el amor del mundo, el abuelito materno, flaco, alto, elegantísimo, y, ya no sé si súper castellano o súper macho o simple y llanamente buñuelesco, me anunció también de paso que se iba al malecón a mirar unos cuantos culos, acto seguido.

Ese mismo abuelo muerto muy cristianamente fue unos de los espectáculos más absurdos a los que he asistido en mi vida y realmente ilustra a la perfección aquello de que la vida es el generoso don de la nada, y que, por consiguiente, cuando algún día –porque la parca es infalible– la misma nada nos venga a reclamar la vida, pues qué más nos queda salvo entregarnos. Y, como el cristianismo es más bien tristón, el abuelo, maniático en aquello de no desentonar ni de faltar a una muy hidalga y castiza concepción del mundo, el abuelo, sí, y muy en su ley, se nos fue de este valle de lágrimas un frío y negro día de invierno.

Yo andaba a la sazón con mi primer amor cuando el primer amor de mi hermana menor vino a interrumpirme un beso muy ardiente y lingual con aquello de que el patriarca ha descansado, Alfredo. Ipso facto volé pues a vestirme lo más de luto que pude, y, en menos de lo que canta un gallo, ya estaba asomado al dormitorio del abuelo. Y vaya convencimiento con que se había muerto el viejo. No dejaba lugar para la sombra de una duda lo castellano y muerto y aguileño que estaba. Y sin lugar a dudas también por eso he pensado yo siempre que al abuelo el aire aquel que lo pescó, lo enfrió, y en tres días nos lo remató, tuvo que agarrarlo de perfil y regresando de alguna procesión o algo así, pero jamás de una de sus tan mentadas excursiones en busca de un buen culo. La de mi abuelo era una buena muerte, sin duda alguna, porque además de todo nunca lo vi tan elegante y nunca tampoco tuve tantas ganas de decirle que no se me fuera a la otra vida con esa perla en la corbata y los gemelos esos con su anagrama en los puños tan perfectamente bien confeccionados de su camisa de fina seda a la medida. Y todavía recuerdo la sensación aquella de gracia y ligereza, de aire puro y lozanía, en fin, la sensación aquella de que, a sus nuevas vidas, la eterna y la de los gusanos, el abuelo materno, lo menos que puede decirse es que llegó realmente hecho todo un dandy.

Aunque algunas dificultades de último momento sí que las hubo, porque resulta que en el flamante panteón familiar destaparon la sepultura del abuelo y el ataúd del abuelo no cupo. Cuestión de detalle, por supuesto, y que fácilmente se iba a arreglar con un toque de albañilería, aunque tampoco era cosa de tener a la toute Lima que asistió al entierro expuesta a tan crudo invierno. O sea que, al azar, se escogió otra sepultura y resultó que era la mía, cosa que me aterró y que además me tomé como un castigo divino por aquellos besos tan intensos a mi primer amor, de hace tan sólo un momento, y que de tan intensos ya ni siquiera eran besos sino más bien ósculos, en fin todo un tremendo pecado contra el mandamiento de la carne y demás cosas de esas del diablo y de los curas del colegio, maldita sea. Y así, tal cual, asistí a los perfectos golpe de cincel con que un escuálido enterrador, pálido y flaco como la propia parca, abría mi antesala del infierno, y, en efecto, yo me estaba muriendo, de todas todas yo me estaba muriendo, y hasta me requetemoría, sí, pero en realidad de lo bruto que fue siempre el tío Ezequiel, y que aquel día de mi entierro soltó nada menos que lo siguiente, y muy exactamente, de lo puro burro que fue siempre:

–Hazlo por tu abuelito, Alfredo, y piensa en el orgullo, en el honor que deberías sentir, si, en su reemplazo, pudieras tú... (Alfredo Bryce Echenique)


 


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