Música Director Miguel Harth-Bedoya en impactante despliegue a cargo de orquesta del Conservatorio Nacional.
Batuta Intensa (VER)
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Comprometido Miguel Harth-Bedoya el pasado 18 en el Santa Úrsula. Ganador de un Emmy y del premio del Patronato Nacional de las Artes de los EE.UU., el director se presentó ad honorem en Lima. |
El comentario unánime en el concierto del miércoles 18, en el Santa Ursula, era que la orquesta del Conservatorio Nacional de Música había sonado mejor de lo que es habitual con las orquestas de mayores. En eso fue determinante, por un lado, la presencia de Miguel Harth-Bedoya en el podio, porque una orquesta rinde lo que su director es capaz de extraer de ella, y por otro el esfuerzo de los jóvenes, bien apoyados por miembros de la orquesta de la Universidad de Lima, que confirmó que con los mayores no falta talento sino sobran mañas. Además, el hecho de que recién a partir de ahora los egresados del Conservatorio recibirán un título de rango universitario, al cabo de cursar nueve años de estudios, contribuyó sin duda a favor de la función
Pero lo bueno del concierto no fue sólo eso, sino también el programa. Abrió con el estreno, al menos para los últimos 70 años, del himno nacional en su versión oficial: la orquestada por Claudio Rebagliati en 1869, con aprobación de José Bernardo Alcedo, y declarada intangible por la ley Nº 1801 de 1913; prosiguió con el “Homenaje a Stravinsky para Cajón y Orquesta” (1972), de Enrique Iturriaga; y cerró la primera parte con el “Concierto Nº l para Violín y Orquesta” (1867) de Max Bruch. La segunda parte la ocupó “Cuadros de una Exposición” de Modesto Mussorgsky (1874), orquestada por Maurice Ravel en 1922.
Como puede verse, el concierto comenzó y concluyó con piezas compuestas por unos, pero orquestadas por otros. Pero ¿tiene eso alguna importancia? En este caso sí, porque una de las piezas es el Himno Nacional y, como tal, debe tener una partitura única para las ocasiones oficiales, y, en el caso de la obra de Mussorgsky, el más original de los llamados compositores nacionalistas rusos, porque tiene muchas orquestaciones publicadas, pero sólo una que prima: la de Ravel.
Con la orquestación de Rebagliati sucede que, en 1936, aparentemente con ocasión de los Juegos Olímpicos de Berlín, el Gobierno decidió meterle mano. Vaya uno a saber sus razones para hacerlo, pero el hecho de que fuera legalmente intangible no era óbice para un presidente como Oscar R. Benavides que, siendo coronel, en 1914 había quebrado la sucesión de gobiernos legalmente elegidos, que venía desde 1895, e iniciado la ominosa cadena de gobiernos ilegales que arrastró el país hasta el último año del Siglo XX. En el mismo 1936, sin ir muy lejos, Benavides anuló las elecciones presidenciales y se apoltronó tres años más en el poder porque el candidato que se perfilaba como ganador, Luis Antonio Eguiguren, no gozaba de sus preferencias.
En la orquestación de Rebagliati se percibe un aire latino, y en la que se toca hoy, atribuida a Leopold Weninger, una sonoridad germana. En la orquestación de “Cuadros de una Exposición” que, como la música original de Alcedo, fue compuesta para piano, no se percibe un acento que no sea ruso, lo que demuestra el poder que tiene la orquestación en manos de un maestro como Ravel. Él se refirió a ese poder al decir de su obra más famosa, “Bolero”, que son “17 minutos de orquestación sin ninguna música”. Esto es algo a tener en cuenta respecto al Himno, porque es la canción nacional unificadora por excelencia.
La orquestación juega también un papel muy importante para incorporar a una pieza de música escrita instrumentos propios de la música popular. Así lo demuestra Enrique Iturriaga en su “Homenaje a Stravinsky”, escrito a la muerte, en 1971, del compositor de San Petersburgo, probablemente el más importante y perdurable de los del Siglo XX. Iturriaga, que a los 90 años está envidiablemente lúcido y vivaz, aportó sabiamente a su “Homenaje” el cajón peruano, en la manera que Stravinsky llevó a su música los cantos populares rusos. El cajón o, más precisamente, dos cajones, le dan a la pieza un ritmo que constituye una evocación peruana de Stravinsky. Uno de ellos se desempeña dentro de la orquesta, con la partitura escrita, mientras que el otro, que tocó con gran destreza Rafael Santa Cruz, lo hace separadamente e improvisando, como es habitual en el arte popular.
El concierto Nº 1 de Bruch es conocidísimo, y se le considera entre los cinco grandes, junto a los de Beethoven, Brahms, Mendelssohn y Tchaikovsky. Pero el solista, Michael Shi, le puso a su ejecución cariño y ganas en una proporción poco habitual. “El Chino”, como llaman afectuosamente al concertino de la Sinfónica de Fort Worth, tocó para su director, para los chicos de la orquesta y para el público, y se llevó la ovación de la noche.
En “Cuadros de una Exposición”, como en todas las obras rusas, los instrumentos de viento tienen un papel preponderante. Además, dichos instrumentos, como lo saben los asistentes al teatro o las salas de conciertos, son el lado más flaco de las orquestas locales. En esta ocasión, sin embargo, los jóvenes del Conservatorio rindieron como los buenos y su entusiasmo era visible, sobre todo para el director de la orquesta, que tenía que controlar sus arrestos. Harth-Bedoya terminó molido, porque dirigir una orquesta de estudiantes demanda más trabajo que una de profesionales. Pero con su expresión final de satisfacción les dijo a todos que el esfuerzo valió la pena(**). (Enrique Felices*)
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(*) Directivo de la Asociación Cultural Romanza.
(**) Para el concierto del Centenario del Conservatorio Nacional de Música vinieron del exterior, para trabajar ad-honorem: el director de la orquesta, Miguel Harth-Bedoya; el director asistente de la Sinfónica de Fort Worth, el colombiano Andrés Franco, quien preparó la orquesta durante la semana previa al concierto; y los solistas Rafael Santa Cruz y Michael Shi.