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Derechos Humanos Los deudos de Putis cuentan más de 400 muertos y masacre recuerda el infierno de casi doce mil víctimas en Huanta.

Las Fosas Que No Cicatrizan (VER)

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Fernández cuenta: “Desde el 83 vinieron las Fuerzas Armadas que venían del norte. La comunidad era quechuahablante. Por mala comprensión los asesinaban. Los acusaban de colaborar. Decían, todos son de Sendero Luminoso.”

Tres días por las carreteras destapadas de Ayacucho ayudan a experimentar en espalda y riñones una pequeña parte del drama interminable en ese departamento. La distancia entre los distritos de la misma provincia, aún luego de tantos años de la violencia desatada por Sendero Luminoso, sigue siendo lo suficientemente recia como para condenar a los habitantes altoandinos al aislamiento y la miseria.

Uno de esos puntos olvidados y revividos recientemente por las primeras planas es la comunidad de Putis en la provincia de Huanta. El manto de niebla se tiende espeso sobre un pueblo fantasma marcado por las fosas comunes y su ruinosa iglesia.

Esas fosas de la masacre en Putis son infernales cajas de Pandora, donde los cadáveres siguen en cuenta ascendente después de un cuarto de siglo. Los hechos eran conocidos desde hace mucho. Tanto que la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) reseñó la matanza en su informe final. Allí narró cómo, en diciembre de 1984, “no menos de 123 personas” fueron engañadas por efectivos del Ejército que instalaron una base, obligadas a cavar las fosas bajo la excusa de que servirían para piscigranjas y acribilladas.

Pero recién en mayo último el Ministerio Público inició las exhumaciones de las fosas. Los pobladores de la zona, recientemente organizados, llegaron al triste recuento de 14 fosas y hasta 430 muertos.

Gonzalo Fernández Condoray tiene 31 años y dos hijos. Hoy es el secretario de la asociación de afectados de la zona Putis. La historia que narra ayuda a esclarecer la secuencia de hechos que precipitaron la masacre.

“Formamos ocho comunidades. Las víctimas venían de las distintas zonas. Yo tenía siete años y ya sentía cómo era ese lugar. Como niño ya sentía que la gente estaba un poquito desacomodada en la comunidad. Había miedo de los militares y también de Sendero, que también venían a asesinar a las autoridades. Desde el 83 vinieron las Fuerzas Armadas que venían del norte. La comunidad era quechuahablante, no hablaban castellano. Por eso no entendían, no tenían comunicación. Tal vez por mala comprensión los asesinaban. Los acusaban de colaborar. Decían, todos los de esta zona son de Sendero Luminoso. Ellos se escondían, se escapaban a los cerros”.

Fernández añade un elemento de rivalidad local poco conocido en la historia:
“Según los testimonios de los mayores de edad que estaban allí, entiendo que hubo personas de otra comunidad. La Justicia ya sabe de quiénes estamos hablando. Había harta ganadería. Por esa causa, por la codicia, asesinaron a toditos en general”.

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Putis está ubicada en las alturas orientales de Huanta y es corredor del narcotráfico

¿Cómo el número de víctimas establecido por la CVR es más que triplicado?

“En el tiempo de la Comisión de la Verdad estábamos en otros sitios. Por una pasada nomás han llegado. No nos registraron a todos”. El retorno de los desplazados, narra, fue posterior. Fernández es de Viscatán Orccohuasi, que no se debe confundir con el actual enclave de los remanentes senderistas.

“Un poquito antes mi papá me ha llevado a la selva. Cuando los militares estaban por entrar a mí me han llevado para Llochegua y mis tíos nos han acompañado hasta ahí. Volvió al día y a los dos días lo agarraron los militares estando allí. A mi tío, a mis abuelitos, a mis abuelas. Perdí a todos. Solamente mi papá, mi mamá pudieron escapar con la bendición de Dios. También sentimos de nuestras familias que hemos perdido. Como niño todavía no conocía bien a mis abuelitos, a mis familiares. Todavía tengo sentir por ellos”.

El número de víctimas se entiende mejor con las estaciones de la procesión de muerte que, según el joven alcalde de la provincia de Santillana, Renold Pichardo, fue completada en el transcurso de una semana. Una de estas, cuenta Fernández, fue la quema de unos treinta niños menores de diez años en una choza de ichu. Nada quedó de ellos.

Hoy Fernández calcula que entre las ocho comunidades suman unas 500 familias. La misma Putis está prácticamente despoblada y sirve de zona de paso del narcotráfico, donde siete “mochileros” que cargaban coca fueron muertos por el ejército en octubre del año pasado.

“Vivimos de la agricultura y la ganadería. Algunos no tenemos ni una oveja. Una persona por lo mucho tendrá cinco vaquitas. A veces pastamos de otras personas su ganado en ese lugar. Tal vez después de un año nos dan una vaquita”.

Los cultivos se agotan en papa y oca. “Solamente para autoconsumo. No sacamos nada al mercado”.

La historia de Putis es la historia de Huanta y, por extensión, la de Ayacucho. El alcalde Edwin Bustíos, hermano de Hugo, el corresponsal de CARETAS asesinado por militares en 1986, señala que hay 11,600 víctimas mortales identificadas durante el conflicto interno. La cifra representa casi la quinta parte de la población total de aquel entonces. Hoy la provincia tiene alrededor de 65 mil habitantes.

En Maynay, cerca de la ciudad de Huanta, se reunieron centenares de representantes de las comunidades para el acto que celebró la semana pasada el primer año del Programa de Reparaciones Colectivas. Allí se hacen presentes incluso anexos y caseríos que esperan ser tomados en cuenta. Hay dramas que siguen inéditos, aun para los funcionarios del Estado dedicados al tema.

Durante su discurso, Bustíos añadió que el proyecto de ley 2050, tramitado en la oficina del parlamentario ayacuchano José Urquizo, propone establecer reparaciones en materia educativa con becas para los hijos de las víctimas.

Jesús Aliaga, del Programa de Reparaciones Colectivas, adelantó que el próximo año comenzarán las tan reclamadas modalidades individuales, precisamente con atención en Educación y Salud para los deudos. El Consejo de Reparaciones, encabezado por la ex comisionada de la CVR, Sofía Macher, viene identificando a las víctimas y, lo más importante, a los deudos.

Aliaga explica que hasta ahora las reparaciones colectivas se materializan con proyectos de S/.100 mil decididos en las comunidades, “las que ejercen la vigilancia”, y ejecutadas por las autoridades locales. Si las obras son de infraestructura, como el caso de Putis, la mano de obra no calificada es contratada entre los comuneros.

Algunos proyectos arrojan luces de esperanza. En Lucanamarca, escenario de una matanza de 69 personas cometida por Sendero, se decidieron por jaulas flotantes para la crianza de truchas en la laguna de Huanzo. Huanca Sancos cofinanció un taller de textiles. Sacsamarca, un reservorio de agua. Otras comunidades más aisladas como Sachabamba construyeron su local “multiusos”. Putis, olvidado y desconectado, ha comenzado por su trocha carrozable.

Aunque Bustíos reconoce que los proyectos representan el primer paso “para recomponer ese vínculo perdido entre el Estado y la comunidad”, también señala que “no vamos a poder sanar esas heridas con un proyecto pequeño. Pedimos redefinir y cambiar esas políticas para que Putis sea reparada de manera integral”.

Aliaga coincide y explica que entre el 2007 y el 2008, 903 comunidades en 15 departamentos accedieron a los proyectos. De estas, 264 son ayacuchanas.

Algunas de las últimas historias, como la de la comunidad de Sachabamba, en el distrito de Chiara, demuestran que los dos fuegos que sometieron a la población no son retórica de texto. Bajo un cielo furiosamente despejado, las viudas y huérfanas del lugar cuentan una a una cómo los terroristas y senderistas asesinaron a los miembros de las mismas familias. Una mujer de rostro particular, cuyas facciones infantiles son surcadas por arrugas profundas, rompe en llanto como si hubiera visto morir a su marido apenas la tarde anterior. Es el “sentir” latente al que se refiere Fernández en Putis. La frustrante pregunta vuelve a formularse en esas largas horas de caminos empedrados: ¿cuándo se logrará por fin voltear la página?

Peor aún, mientras más comunidades se visitan y más testimonios son escuchados, menos parece un disparate la cifra de 70 mil víctimas mortales calculada por la CVR. Como en las fosas de Putis, los muertos vuelven de donde nadie los esperaba. (Escribe: Enrique Chávez / Fotos: Oscar Medrano)


 


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