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Optimismo No es falta de optimismo, asegura el autor, lo que nos coloca hacia el final de la tabla en el Mapa Global del Bienestar Subjetivo.

La Magia del Optimismo: Siempre ve el Vaso Medio Lleno

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El autor, sicólogo, asistido de pertinente personaje dado a concretar lo imposible; Harry Potter.

No es falta de optimismo, asegura el autor, lo que nos coloca hacia el final de la tabla en el Mapa Global del Bienestar Subjetivo. Los peruanos sí creen en su superación y bienestar. Lo que falta es extender la buena onda hacia el éxito ajeno. ¿Es posible? Claro que sí: aquí es donde el optimismo práctico entra a tallar. Todas las felicidades suman, llenando el vaso que algunos ven medio vacío.

¡Felices fiestas! El ambiente se agita y, en medio de nuestra nunca vista ebullición económica, muchos peruanos vamos a vender y comprar frenéticamente, celebrar como si no hubiera mañana.

Poco felices, pero optimistas y crédulos

El año pasado Adrian G. White, de la Universidad de Leicester, publicó un mapa global del bienestar subjetivo. Tomando en cuenta Burundi, que tiene el puntaje más bajo, como referencia (100), resulta que el más alto, 273, es obtenido por Dinamarca y Suiza. Entre el cielo y el infierno, he definido 6 categorías con los países agrupados por intervalos de 20 puntos, de A (los más cercanos al cielo), a F (los más próximos al infierno). Como se ve, los peruanos estamos en E, acompañados, encima nuestro, por Ecuador, y, debajo, adivinen, por Bolivia, en América Latina.

¿Religión, idioma, homogeneidad étnica, población, clima, sistema político, PBI? Hay datos para todos los gustos (por ejemplo, a las islas les va bastante bien), pero volviendo a nuestro puesto de coleros…

No es por falta de optimismo. En los latinbarómetros, somos quienes más creemos que un pobre se puede volver rico, vale decir, que hay movilidad social. ¡La salvación existe! ¡Amén!

Si vemos las respuestas a la pregunta que hizo CPI para Caretas (ver recuadro), en relación al acto que nos gustaría realizar para ser aplaudidos, en caso de trabajar en un circo, el predominio de payasada y magia, apunta a: ruptura de expectativas, concreción de lo imposible, explosión emocional, sorpresa e incredulidad. Mucho más que los desempeños en los que brilla la pura destreza.

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Lo que dicen los jóvenes

IPAE convoca todos los años, versión junior del CADE, 500 estudiantes. Tercio superior. Entre 21 y 25 años, dos terceras partes de provincias, la mitad de colegios estatales, 50% trabajan. Principales problemas del país: desempleo, desunión familiar, exceso de estrés y falta de tiempo. Temen avanzar lento. Síntomas frecuentes: cansancio, preocupación y ansiedad, problemas de concentración y desórdenes de alimentación. Principales fuentes de intimidad: la pareja y la madre; y de orientación, la madre. Los papás son fantasmas afectivos. Dos terceras partes prefieren un matrimonio feliz a la gerencia de una gran empresa. Prioridades: felicidad, desarrollo económico, justicia social y libertad, en ese orden.

¿La felicidad? Mejor que el año pasado y que la población general: más del 80% sienten que son bastante o muy felices. Pero hay algo que perturba. Los valores más practicados: creatividad e iniciativa. Los menos ejercitados: alegrarse por el éxito ajeno.

Un poco de contexto histórico

Como la pornografía, la felicidad es algo que no tenemos problema en reconocer. Definirla es otra cosa.

“Glück, Felicitas, Eudemon, Bonheur, Happiness”. En los idiomas indoeuropeos, la felicidad está ligada a la suerte, una concesión divina.

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Notorio incremento en percepción de felicidad de los jóvenes de CADE junior.

Lógico: la vida humana, la mayor parte de nuestra historia como especie, fue miserable, corta y violenta. Por eso tiene sentido que en algunas lenguas nos despidamos diciendo “que no te mueras”.

A partir del siglo XVII: cierto bienestar protegido dentro de las paredes del hogar familiar, permitió pensar en el futuro más allá de la procreación y la supervivencia. Las revoluciones conmemoradas el 4 y 14 de julio convirtieron la felicidad en un derecho.

Siglos XIX y XX: Marx perfecciona la tradición judeo-cristiana de la Historia con dirección definida y final turbulento seguido de tranquilidad eterna; y, luego del fracaso del comunismo, vivimos fantasías neoliberales de crecimiento económico que satisfará todos los deseos. En otras palabras: felicidad por decreto o felicidad como obligación. Complicado.

Un poco de contexto mental

La mente humana simula experiencias y las anticipa. Ideal para el futuro inmediato, para sobrevivir a los predadores y ser predadores eficientes. También terminó sirviendo para experimentar y proyectarse en mundos imaginarios, espacios cuánticos y distancias imprácticas. Pero funciona mal para evaluar el efecto emocional más allá de dos meses. Cuando lo hacemos, exageramos de manera irracional. Ganar la lotería nos hará infinitamente felices, y quedar paralíticos, desgraciados en igual medida. Mentira. Al cabo de unos meses regresamos a nuestro nivel habitual de bienestar.

Si la felicidad no depende de la salud ni de la riqueza. ¿De qué, entonces?

50% del bienestar individual tiene condicionamientos genéticos. Hay personas que usan los que les ocurre y lo que hay para crecer, aprecian la mitad llena del vaso. 10% depende de las circunstancias. No es lo mismo haber sido adolescente en Auschwitz, que en un barrio acomodado, que en un hogar conflictivo, que luego de un terremoto devastador.

Queda 40%. Se piensa que tiene que ver con la capacidad de perdonar, tolerar, agradecer, invertir tiempo para resultados que no redundan en beneficio propio, mantener vínculos de intimidad estables, confiar, tener una red social rica, sentir que se pertenece, haber tenido un mentor, ser reconocido y tomado en cuenta en función de méritos.

La infelicidad a la peruana

Hay un cuadro neurológico extraño y poco frecuente: Capgras. El paciente dice, confundido, que la mujer que tiene al frente es igual a su esposa. “Idéntica”, afirma, “increíble, pero no es mi señora, debe ser una impostora”. La parte del cerebro que identifica rostros y la que indica si tienen relevancia emocional, no se comunican. Al reconocer uno, pero no tener información sobre su importancia, se concluye que hay un impostor.

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Los miedos jóvenes: quedarse estancados, problemas de salud, la feroz competencia. Abajo: Las prioridades jóvenes: realización profesional, solidez financiera, cobijo afectivo.

El Perú es un país cuyos habitantes se reconocen como conciudadanos sobre la base de indicadores externos: DNI, pasaporte, idioma, pero no llegan a formular un “nosotros” afectivo, salvo cuando se trata de experiencias gastrointestinales. Sentimos a muchos compatriotas teóricos como impostores de la identidad. No somos capaces de alegrarnos con el éxito ajeno y, cuando lo presenciamos, nosotros, que vivimos tomando iniciativas creativas, tratando de llevarlas a la práctica, en contra de la formalidad de normas imprácticas, árbitros burocráticos injustos y saboteadores, sufrimos. Tanto si hemos coronado nuestros emprendimientos, como si no, en cuyo caso la culpa encuentra alojamiento en los demás, afuera.

Sufrimos por comparación. Los otros, nuestros paisanos teóricos mas no afectivos, los impostores de la peruanidad, se están llevando algo que nosotros hubiéramos podido llevarnos. Sus éxitos terminan siendo prebenda, injusticia, robo, trampa. Reducen nuestro sentimiento de felicidad, lo que experimentamos cuando logramos lo que deseamos y, cuando no, explican nuestra infelicidad.

En una época en la que todo se sabe, todo se expone, las franjas modernas y en crecimiento indudable, están llenas de iniciativas y opciones, pero la felicidad individual parece excluyente del contento colectivo. Al final, persiste el sufrimiento por comparación: oportunidades perdidas, panes que se queman en la puerta del horno, si solamente hubiera…, arrepentimientos, decepciones.

Todos los que hemos participado en entrenamientos intensos, en un deporte de competencia, en un arte marcial, en un ejército, en una escuela de baile, en el contexto de rituales religiosos, sabemos que, en algún momento, hay un sentimiento de felicidad enorme, una identidad que se sumerge en otra, una excitación basada en la coordinación y en el movimiento que tiene un objetivo que nos trasciende. Es una experiencia que muchos ven propia de mundos que ya fueron, de ideologías retardatarias, digamos hortelánicas.

El mundo queda dividido en egoístas y altruistas, en los que danzan en grupo y los que lo hacen solos. Unos y otros se echan la culpa de muchas cosas. “Ah si ustedes, los otros, no existieran, el mundo sería más justo o más rico o más pacífico o más libre”. Pero el secreto de la felicidad razonable es combinar creativamente esos dos rasgos inherentes a nuestra especie, dos rasgos que, juntos, hacen la verdadera grandeza de lo humano.

Bailarines eximios en el contexto de un Peruvian Idol de la vida permanente –todos nuestros recientes orgullos están en la tabla, en el tenis, en el canto solista, en el virtuosismo culinario–, sin mentores –¿recuerdan aquello de “no admiro a nadie”?–, defendemos con recelo nuestros logros y envidiamos los ajenos. En ambos casos, gozamos menos. (Roberto Lerner)


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