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Optimismo La felicidad como estado mental y el optimismo como predisposición genética. Según la ciencia, la satisfacción puede medirse, predecirse y conseguirse.

La Sicología Positiva (VER)

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El primer lugar donde debe buscarse la felicidad es en la mente. El cerebro sólo representa el 2% de nuestro peso y el 20% del oxígeno consumido, pero atesora aproximadamente 15 mil millones de neuronas interconectadas. Allí, escondida entre la maraña, descansa la satisfacción, la motivación y el placer. No se ven, pero sus resultados son notables: estimulan el funcionamiento del sistema nervioso, regulan el humor, e incrementan la producción de anticuerpos (la depresión, en cambio, baja las defensas). El optimismo –esa predisposición a satisfacciones futuras– es el resultado de un círculo virtuoso de hormonas que se reconstruyen y regeneran. A continuación, una electroencefalografía periodística.

Según la propia comunidad científica, ésta puede manejar y medir variables cruzadas para definir lo que provoca eso que el ser humano llama con total desparpajo felicidad. Al respecto, el neurólogo Alfredo Eskenazi enumera los elementos en juego: los rápidos impulsos electromagnéticos, la sana sinapsis, la segregación de la dopamina, los niveles de serotonina. Todos los elementos que, en conjunto, representan las reacciones placenteras y la suma de satisfacciones. La felicidad, o algo así.

“En el lóbulo frontal izquierdo está la capacidad de reírse”, asegura Eskenazi con una gran sonrisa. El sector cognitivo interpreta el lenguaje, el cerebelo integra vías sensitivas y motoras. El proceso ocupa toda la masa cerebral. La sustancia gris, conformada por células interconectadas, segrega neurotransmisores como la dopamina (que produce la sensación placentera) y serotonina (cuya ausencia genera depresión). A más neurotransmisores, más conexiones, mayor transmisión de impulsos eléctricos, mayor placer en el hipotálamo. El placer es un círculo: el bienestar segregado por la dopamina y la serotonina incrementa su futura reabsorción. Ergo, el optimismo.

En Inglaterra, la serie de reportajes de Mark Easton para la BBC, The Happiness Formula ha encallado en el mismo puerto: la felicidad (es decir, la segregación de dopamina y serotonina) puede definirse, medirse y, por ende, conseguirse. Easton visitó neurólogos, se sometió a exámenes de resonancia magnética e incluso siguió los pasos de Aristóteles en la isla de Lesbos durante su interminable y siempre insuficiente contrastado de fuentes. Bien puede definirse como periodismo de investigación.

El Dr. Eskenazi y la BBC coinciden en un punto: cincuenta por ciento de la tristeza y la depresión es mera herencia genética. Según el reportaje británico, los padres de los baby boomers tenían razón: casarse con la persona adecuada nos hace felices. El matrimonio eleva las mediciones de placer y satisfacción, además de mejorar la percepción del sexo. El efecto dura cuatro años en la mujer y siete en el hombre. Estadísticamente, en cambio, tener hijos no afecta demasiado. Tener una suegra, estadísticamente hablando, trae más satisfacciones al ser una suma sin pérdida. Los placeres que trae la infancia de un niño, en cambio, son rápidamente borrados por la preocupación que acompaña su crecimiento. Los hijos disminuyen la felicidad, según el profesor Andrew Oswald de la Universidad de Warwick.

Animales sociales al fin y al cabo. Aunque suene a Perogrullo, somos un constructo público que depende de nuestra red social para sobrevivir. Igual que nuestras propias neuronas. La infelicidad que produce la conversión de un buen amigo en enemigo es tal, que incluso puede medirse su equivalencia en dinero. £50 mil por cada amigo, dicen los científicos británicos. Casi $100 mil.

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Para el neurólogo Alfredo Eskenazi aproximadamente el 70% del bienestar depende de la mente.

En cuanto a cifras –y según el ya célebre Oxford Happiness Inventory– una vez traspasada la línea de los $20 mil anuales, el dinero no significa una variable importante dentro de la ecuación de la felicidad. Aunque las naciones más desarrolladas tienden a ser más felices que las menos, estudios estadísticos aseguran que el producto bruto interno no influye mayormente en la felicidad de un país. El Happy Planet Index (HPI) y el Satisfaction With Life Scale (SWLS) coinciden en ello. Con esa variable en cuenta, los gobiernos de los países subdesarrollados podrían ser juzgados por cuán felices hacen a su gente.

La religión siempre suma puntos. Para Eskenazi, la religión garantiza un incremento en el cúmulo de satisfacciones. Brinda un sentido de pertenencia y uno de trascendencia, sobre todo a quienes no pueden alcanzar ambos estados por sí mismos.

Aunque la capacidad hormonal de ser felices se traspasa de generación en generación, los ingredientes mencionados líneas arriba bien podrían completar la receta. Las cifras afirman que la sensación psicológica de bienestar –llamémoslo felicidad– nos hace más creativos, más trabajadores y saludables, e incluso más longevos. Como si hicieran falta más motivos para buscarla. (Carlos Cabanillas)

Feliz Con Ciencia


El concepto de "adaptación hedónica" explica cómo, tras un período de tiempo, los ganadores de un premio de lotería se mostraron igual de insatisfechos que los perdedores. El experimento, citado en un reciente reportaje de la Scientific American Magazine de marzo del 2007, determinó que incluso la satisfacción del amor o el dinero termina siendo asimilada por nuestra conciencia tras un período de tiempo.


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