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Deportes Diseccionando el espíritu olímpico y los límites del cuerpo humano. Trece peruanos irán a Beijing.

Beijing 2008: Anatomía de la Ilusión

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Campeona sudamericana de la categoría absoluta de halterofilia (75 kg a más), Cristina Cornejo (23) es la última peruana clasificada a Beijing 2008. Fue invitada por la Federación Internacional de Levantamiento de Pesas.

Los griegos creían en la areté. Alcanzarla hacía la diferencia entre el hombre común y el hombre virtuoso, puesto que encendía en su portador el fuego invisible que lo guiaría a la excelencia. La destreza física era señal de areté, pero solo un rastro; la nobleza en el combate daba pistas más firmes, y así. Grecia celebró 293 ediciones de los Juegos Olímpicos antes que los romanos los abolieran por paganos. Mil cuatrocientos cincuenta y seis años después, en 1859, el millonario griego Evangelios Zappas inauguró las primeras Olimpiadas Modernas luego de invertir gran parte de su peculio personal. El evento fue un fracaso y Zappas murió al poco tiempo, pero dejó indicaciones para que las nuevas Olimpiadas siguieran celebrándose con los remanentes de su fortuna; así se organizaron tres ediciones más (1870, 1875 y 1889), hasta que se acabó el financiamiento. El resto del mundo nunca prestó demasiada atención a estos Juegos, primero porque el gobierno griego no los promocionó adecuadamente, segundo porque las competencias no se realizaban en coliseos y siempre terminaban en peleas callejeras y atletas arrestados. Pero la historia de Zappas no fue fallida: conmovió al francés Pierre Fredy, barón de Coubertin, que, con mayor capacidad de convocatoria y organización, dedicó dos años a resucitar los Juegos Olímpicos. Creó el Comité Olímpico Internacional en 1894 y los Juegos retomaron su historia en 1896, en Atenas, con participación mundial. Coubertin diseñó los símbolos olímpicos –aros, medallas, etc.– y se apropió de la frase Citius, Altius, Fortius, perteneciente al sacerdote católico Henri Didon, como lema de su causa. Más Rápido, Más Alto, Más Fuerte. Dedicó el resto de su vida a la pedagogía deportiva y murió a los 74 años mientras paseaba en un parque en Ginebra. Tal como lo había pedido, su corazón fue enterrado en Olimpia. No había que ser griego para tener la areté.

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Los peruanos, en cambio, suelen creer en nociones menos abstractas y más representables, como la justicia divina o la supremacía del cebiche. Tal filosofía, aplicada como política gubernamental, históricamente ha dado campañas olímpicas nulas, pero también gestas memorables de auténtica vergüenza deportiva. Recuérdese a los futbolistas de Berlín 1936, que habiendo vencido en cuartos de final a Austria decidieron retirarse para no darle a Hitler el gusto de jugar de nuevo el partido con tribunas vacías. O al increíble equipo de vóley de Seúl 1988 y su medalla de plata. Con cincuenta años de diferencia, estas dos grandes selecciones demuestran que la areté peruana, si es que existe, suele consistir en talento, harta mística y nada de planificación; pero al menos ha sido más noble que la maquinaria rusa que en el 88 anotaba mates para gloria del socialismo soviético. Gaby Pérez del Solar y compañía sólo querían poner contento a su país.


 


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