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Obituario 1939 / 2008

Pérez Celis (VER)

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Noviembre 1995. En su mansión de la avenida 8 de julio con obra ciclópea.

Pérez Celis murió hace unos días en Buenos Aires a los 68 años. Sucumbió a un cáncer de médula, producto quizás de su relación no solo espiritual sino física, estrecha y a veces orgiástica con la pintura.

En esa familia Pérez del barrio de la Boca el nombre de pila Celis se había repetido por generaciones. Pero en el caso de nuestro Celis, según él mismo contaba en Lima, fueron los varios Pérez que había en su aula de colegio fiscal que inspiraron el cambio. "Al pasar el rol nos llamaban ‘Pérez Alberto, Pérez Bernardo, Pérez Celis, etc.’, y a mí me gustó cómo quedaba tener dos apellidos y ningún nombre".

Comenzó a pintar en serio de niño y realizó su primera exposición a los 15 años en un restaurante con inclinaciones intelectuales.

A Lima llegó en los 60 como un peregrino atraído por la cultura andina, y después de quedar deslumbrado por Cusco y Machu Picchu, se instaló en una casita al fondo de la Quinta Heeren, en los Barrios Altos. Allí estaban también Sonia, Sergio y María José, su primera esposa y sus dos hijos, y los trastos de un estudio muy activo.

Con CARETAS tuvo una vinculación tan estrecha que llegó a participar en la diagramación de la revista.

Trabajador compulsivo, que mezclaba su fibra artística con el entusiasmo de un promotor eficaz, pronto tuvo los elementos para una primera muestra que CARETAS 289 fotografió y publicó el 21 de mayo de 1964.

Desde entonces, y gracias además a su debut en el Instituto de Arte Contemporáneo, el país quedó sembrado de más de un Pérez Celis. Y las piezas de pintura y escultura aumentaron con cada visita que hizo a lo largo de los años para bromear con amigos, como el pibe con esquina y humor que era, y para revisar sus viejos pagos en tiempos de vacas flacas.

Cuando Pérez Celis volvió a la Argentina después de su inmersión precolombina, vivió y pintó durante años en una casa a pocos metros de La Bombonera. Allí acudían a veces ómnibus llenos de turistas para observar al artista, barbado como Martín Fierro y salpicado de pintura, en plena acción.

Después fue pasando por etapas tanto plásticas como geográficas a un estudio al lado del Sena en París, a otro en Greenwich Village, Nueva York, a un tercero en Miami, y en la última década trabajaba obras gigantes en una mansión en la avenida 9 de julio de la capital porteña.

Recibió múltiples honores y premios, incluyendo una Orden del Sol del Perú, y en 1998 desarrolló un mural volumétrico que, como dijo la prensa, “iluminó la sagrada fachada del Estadio del Boca Juniors”.

Esa, por cierto, es sólo una de las obras de exhibición pública que luce Buenos Aires de este artista argentino que es considerado entre los más importantes de su generación.

Sus restos fueron velados en La Bombonera y una legión de amigos y admiradores lo extraña ahora. (EZG)


 


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