Música A sus 90 años, compositor Enrique Iturriaga reestrena obra en EE.UU. bajo la batuta de Miguel Harth-Bedoya.
Batalla Sinfónica
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Simón Bolívar comandando a sus tropas durante la Batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824, obra de Tovar y Tovar. |
Toda batalla necesita su grito de guerra. Todo régimen, su sinfonía. Velasco Alvarado debió suponer esto al convocar en 1974 un concurso para la elaboración de una sinfonía que empleara elementos del Himno Nacional tal como hiciera Tchaikovsky con La Marsellesa en la “Obertura 1812”, en la que se celebra la victoria de Rusia sobre Napoleón. La composición elegida, de entre varias propuestas, fue la “Sinfonía de Junín y Ayacucho”, de Enrique Iturriaga, entonces director del Conservatorio Nacional de Música. Tres décadas después, dicha pieza está pronta a ser reestrenada en Texas, EE.UU., donde otro peruano, Miguel Harth-Bedoya, ya hace tiempo que viene ganando sus propias batallas en el terreno musical. Director de la Orquesta Sinfónica de Fort Worth, Harth-Bedoya planea alzar allí la batuta en octubre próximo para reestrenar la composición con la presencia del maestro.
Con noventa años recién cumplidos y formador de varias generaciones de músicos, incluyendo a Juan Diego Flórez, Iturriaga compone ahora un cuarteto para cuerdas en el estudio de su casa miraflorina, compartiendo el espacio de la creación con el olor de las carnes que ya se empiezan a dorar en la parrilla del bar de al lado. Luego de pelearse con el control remoto del equipo de música, Iturriaga pone su sinfonía a todo volumen, tratando de ganarle al ruido de los micros que pasan frente a su casa. Entonces, narra movimiento por movimiento la historia detrás de esta pieza épica: “¿ves? es triste esto…son los soldados muertos, y ahora la fiesta luego de la muerte… marinera, tondero, huayno… y ahora despierta el ejército, entra la caballería de Córdoba… y ganan”. Con esta composición, Iturriaga ofreció en los setentas un guiño al indigenismo musical que en la década del veinte capturó a compositores como Dunker Lavalle, Teodoro Valcárcel y Roberto Carpio.
Amigo de Chabuca Granda, Salazar Bondy, Eielson, Sologuren, Varela y Szyszlo, Iturriaga supo explotar al máximo dichos vínculos creativos, trabajando con varios de ellos piezas musicales inspiradas en sus obras (como por ejemplo la musicalización del poema “Canción y muerte de Rolando”, de Eielson). Iturriaga recuerda, en particular, la creación de su obra coral “Las Cumbres”, para la que Salazar Bondy le hiciera los textos luego de que el compositor le comentara lo impresionado que había quedado de conocer, de la mano de Arguedas, la sierra de Cañete. Entonces, una sola palabra fue materia de conflicto: “sarcófago”. Salazar Bondy se empecinó en conservarla e Iturriaga, al que le parecía feísima, le sacó la vuelta al amigo disimulándola casi como un suspiro cantado. En medio de su amplia biblioteca donde indefectiblemente cohabitan todos los vademécumes y grimorios musicales habidos y por haber, Iturriaga asegura que la única biblia musical es él mismo y estalla en una potente carcajada. ¿La fuente de su vitalidad? “No odiar a nadie”. Ante eso, no hay repregunta que valga. (Maribel De Paz)