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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

El Viejo Coronel en Venecia

No deja de ser cierto que, al menos a primera vista, A través del río y entre los árboles trajo cuando menos un tufillo de obra titubeante de un escritor que se apagaba. El cincuentón Ernest Hemingway no había logrado redondear su faena literaria y la que nos daba a la luz aquel 1950 era la novela mediocre de un artista que ya ha vivido y bebido demasiado.

No faltó siquiera alguien por ahí para escribir que el autor de Adiós a las armas había “arrojado muy taurinamente los trastos” y que, al escribir aquella suerte de epitafio él mismo acababa de firmar su partida de muerte. Lo malo, claro, para todos aquellos heraldos negros fue que tan sólo tres años más tarde el fantasma de Hemingway reapareció en el mundo de las letras con nada menos que El viejo y el mar, una obra maestra por la que muy poco después le darían el premio Nobel de Literatura.

Con el rabo entre las piernas, la crítica releyó lo que tantos agoreros habían llamado despectivamente A través del río y rumbo al bar, en alusión a los excesos alcohólicos del gran Hem. Por mi parte, tuve mejor suerte, ya que sin caer en aquellos dimes y diretes sobre la calidad del libro, había leído en Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, que aquella era una de las más bellas historias de amor jamás escritas. Pues lo es, y veamos ahora por qué.

Si el romanticismo es un idealismo fatalista que tiende al pesimismo, un sentido trágico de la existencia, una ilusión renovadora del espíritu que se hace rebeldía y que tantas veces concluye en un sentimiento de fracaso, Hemingway era un romántico nato y en cierto modo tardío, que disimuló siempre el ansia de felicidad y de libertad con la consoladora servidumbre del arte, luchando siempre con esfuerzo y sacrificio por mantener una conciencia despierta ante el peligro y la derrota, esa derrota que fue precisamente su acicate y su pavor y que le hizo vivir una existencia de dos almas, diríase, una pagana y una cristiana, hasta lograr convertirse en un mito viviente.

Nunca fue Hemingway un frío aventurero sino acaso un guerrero que a lo largo de su vida no hizo sino luchar contra sí mismo hasta que derrumbó el falso mito y quedó al descubierto el auténtico mito del escritor. Su egoísmo existencial lo hizo apurar la copa no sólo del placer sino también la del dolor, como un dios romántico caído de su pedestal. Autorrealizarse, para Hemingway, tuvo que pasar por la fuga, el peligro, la sangre y la muerte, y así su personalidad consistió en la pura confrontación entre el yo romántico y el peligro. Pero en el medio había un calculado plan frío, porque llega el momento en que el romántico actúa y se mueve como un realista casi cínico, como un sentimental que disimula, y tal es también el caso de Stendhal e incluso de Flaubert.

Por esto mismo Hemingway y Venecia estaban llamados a encontrarse, a reconocerse y amarse. Y pienso ahora que Hemingway pudo incluso haber muerto por esta ciudad sin haberla visto jamás, lo cual debe predisponernos a entender el tipo de relación romántica que se va a dar entre Venecia y el enamorado llegado desde muy lejos, con más heridas en el alma que en el cuerpo, a brindarle un poema de amor. No otra cosa es A través del río y entre los árboles, todo un poema en prosa con una estructura emocional notablemente compleja, y sobre el tema de las tres edades del hombre: nostalgia de juventud, amargura por los errores y las heridas del tiempo, otoño de una vida sensibilizada además por la presencia de la condesa Renata, casi una niña a la que se ama en la madurez plena de cicatrices a veces aún sangrantes. En fin, todo un contenido romántico que sólo podía darse en esta ciudad romántica por excelencia, como lo fuera también para Lord Byron o Thomas Mann.

Venecia fue para Hemingway el refugio del guerrero que aún se atreve a soñar con un amor de inmortalidad. “Nos acercamos a mi ciudad, Cristo, qué ciudad tan bella”, exclama, cuando aún no ha puesto siquiera un pie en ella. E incluso llega a acentuar un sentido de posesión cuando dice: “Es mi ciudad, porque luché por ella en mi juventud, cuando era soldado, y ahora que tengo medio centenar de años ellos saben que luché por ella y que en parte soy su dueño y por ello me tratan bien”.

A lo largo de su eterna fuga, Hemingway encontrará otras ciudades amadas, como París o Pamplona, y sobre todo Madrid, por la que también combatió. Pero Venecia será justamente el escenario sublimador de una pasión que comienza con el beso de un cincuentón a una adolescente y concluye en las cenizas de una agonía en soledad en una carretera secundaria. El héroe llega con sus viejas heridas y con su sudor de gloria y será durante un paseo en góndola cuando encuentre ese amor símbolo de Renata, cuyo nombre ha sido perfectamente elegido por el escritor para que signifique mucho más de lo que a primera vista parece. El amante trata de sobrevivir y el escritor de inmortalizarse, como es el sueño de todo romántico consciente de la limitación de la existencia.

Pero aún hay algo en esta novela en lo que nadie parece haberse fijado hasta el momento. Y se trata nada menos que de ese amor total e integrador que busca la fusión de los amantes, uno en el otro, haciéndose uno el otro, teoría que encontramos ya plenamente desarrollada en su última novela póstuna, The garden of Eden. Ya en A través del río y entre los árboles, esa joya, podemos leer: “Por favor, tenme abrazada para que formemos parte el uno del otro durante un rato”.

–Podemos intentarlo.

–¿No puedo yo ser tú?

–Es algo complicado, pero claro que lo intentaremos.

–Ahora yo soy tú –dijo ella– y acabo de reconquistar la ciudad de París.


 


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