Beijing 2008 Entretelones de la hazaña de Michael Phelps, el gran triunfador de Beijing 2008.
El Tiburón de Baltimore
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Phelps fue el gran ganador de Beijing. Ganó 8 medallas y batió récords en todas las pruebas. |
Existe un deber mediático de encontrar una figura excluyente para cada olimpiada. Es una obligación autoimpuesta difícil de cumplir debido a la cantidad de disciplinas y posibles candidatos a este podio virtual, pero a veces la elección puede ser la labor más sencilla del mundo. Es imposible mencionar las olimpiadas de Berlín ’36 sin recordar a Jesse Owens, como es improbable citar a Mark Spitz sin referir a Munich ’72 (a menos que se trate, claro, de un locutor venezolano de la “Televisión Socialista”). Hoy no es necesario ser futurólogo para afirmar que Beijing 2008 será recordada como la olimpiada de Michael Phelps gracias a sus 8 medallas de oro obtenidas en una semana. Lo irónico es que Phelps ya había obtenido 8 preseas, 6 de ellas doradas, en los Juegos de Atenas 2004; los metales suficientes para llevar a la gloria a una deportista de élite. Pero la de Phelps no es una historia fácilmente etiquetable a pesar de que el éxito funcione como una aplanadora que achata la narrativa de cualquiera.
Criado por una madre divorciada y diagnosticado muy tempranamente con trastorno de déficit de atención, el joven prodigio encontró pronto en el agua el medio ideal para canalizar su ansiedad y despedirse del Ritalin. De la mano de su primer y único entrenador, Bob Bowman, a quien conoció a los 11 años, Phelps fue perfeccionando un régimen de entrenamiento que lo ha llevado a ejercitarse todos los días, en sesiones dobles la mitad de las veces, lo que le permite ganar, en cuatro años calendarios, aproximadamente 6 meses más de entrenamiento efectivo que el promedio de sus competidores. Hip hop para mentalizarse, una dieta de 12 mil calorías diarias –cinco veces lo que un adulto- y una anatomía de privilegio hicieron el resto. El acervo genético no es poca cosa: Phelps mide 1.93 mts. pero, más importante aún, el alcance de sus brazos extendidos supera los dos metros de largo, un dato clave que permite entender el enorme poder de sus brazadas.
Por si fuera poco, el Tiburón de Baltimore participa del programa estatal norteamericano contra el dopaje (‘Creer’), y le han hecho tantas pruebas en Beijing (nueve) que considera que el Comité Olímpico Internacional tiene suficientes sangre suya como para alimentar a una legión de vampiros. Asimismo, advertido de que el estrellato genera recelos, rehusó vestir el traje especial de natación que le confeccionó la NASA para estos Juegos. A pesar de ello, el séptimo de sus triunfos no ha podido escapar de cierta polémica: venció al serbio Cavic por un margen de una centésima de segundo (imperceptible para el ojo humano), registro legitimado por Omega, la marca de relojes oficial de las Olimpiadas que, han señalado algunos, casualmente es uno de sus auspiciadores. Poco mella esta suspicacia en un atleta que, si fuera un país, figuraría en el medallero por delante de Francia.
Ahora, como última meta, quien ha hecho por la natación lo que Tiger Woods por el golf y Michael Jordan por el básquetbol (sus ídolos), se despide de China y saluda a Londres 2012 con sólo un objetivo en la mira: comer pizzas y hamburguesas, sus comidas favoritas, mientras vuelve a eso que los demás llaman normalidad.