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28/Ago/2008
 
 
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Beijing 2008 Como jugando, el jamaiquino Usain Bolt se coronó el hombre más veloz de la historia.

La Vida a 44 Kilómetros Por Hora

Sólo 8 atletas en la historia han ganado los 100 y 200 metros en una Olimpiada. Jesse Owens consiguió 3 oros en Berlín 1936, pero no batió récords mundiales. Nadie ha logrado lo que Bolt.

SI hay algo más difícil que ganar la prueba por excelencia de las Olimpiadas, los cien metros planos, es hacerlo matándote de risa y celebrando antes de llegar. Pero más complicado aún es ganar, celebrar por adelantado y romper el récord del mundo para dejarlo en de 9.69 marcianos segundos.

Esta improbable faena es la que ha hecho el jamaiquino Usain Bolt en Beijing 2008 desmitificando la dureza y concentración a las que nos tenían acostumbrados los “hijos del viento” norteamericanos, desde Carl Lewis a Maurice Green, y sin recurrir a los esteroides que hicieron un mito del canadiense Ben Johnson, quien también gustaba festejar antes de cruzar la meta. No sólo eso. También batió al igual el récord de los 200 mts. lisos y, junto a su equipo nacional, se hizo del oro (y también de una nueva marca) en la posta 4 x 100 mts.

Luego de tremenda hazaña, Bolt se permitió una demostración de guasa caribeña inverosímil para la severidad con la que el resto de competidores se enfrenta a los Juegos: “sólo quiero divertirme”.

Es curiosa la actitud de Bolt y curiosa la disciplina en sí. Nadie duda de que la prueba de velocidad es el epítome del olimpismo, aunque su visionado no ofrezca al espectador ninguna de los dos experiencias posibles de contemplación atlética: ni análisis (¿analizar qué en menos de 10 segundos?) ni comunión (o sea identificación: los velocistas no tienen barras bravas). A falta de ello, un título parece redimirlo todo por su antigüedad, gloria y nobleza: ser el hombre más rápido del mundo.

Lo curioso es que Bolt podría haber sido más veloz aún si no hubiese decidido frenarse en los últimos 40 metros de la prueba, mirar a los costados y golpearse el pecho en una acción que no es precisamente aerodinámica. Los jamaiquinos hablan ya de que la proeza es sólo posible por una visión del mundo antillana: sin la distensión propia del roots ‘n reggae no es posible tentar estas velocidades. La envidia occidental rumorea ya sobre un posible dopaje mientras se pregunta qué hubiera pasado si el fenómeno jamaiquino hubiera optado por mantener el ritmo a lo largo de los 100 metros. La respuesta es un nuevo horizonte en la lucha de la especie humana consigo misma: bajar la barrera de los 9.5 segundos.


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