Personajes Cómo un periodista de la BBC conoció a la esposa de Alberto Fujimori.
Una Noche Con Satomi (VER)
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Tokio, 2005: en un “hostess bar” de Ginza, Satomi Kataoka, el autor, Matt Cotteril y solícita geisha. Aún no empezaba el karaoke. |
Era octubre del 2005 y finalmente había llegado a Japón para vacaciones. Estaba visitando un gran amigo de mis años universitarios. Nativo de la segunda ciudad más grande de Inglaterra, Birmingham, Matt Cotterill era un sujeto irreverente e inmensamente gracioso con un cuerpo desgarbado y anteojos de gruesa montura negra. El vivía en Tokío desde hacía ocho años y sabía que no tendría un mejor guía para esta intensa e insomne ciudad, su gente y su cultura singular.
En ese tiempo estaba trabajando para la BBC en Londres pero ya había puesto la mira en ser el corresponsal en Perú. Menos de un año después arribaba a Lima para quedarme. Estaba fascinado con la reciente historia peruana y como curioso outsider acerca del ex presidente de nombre oriental. En el 2001 mi hermana y yo tomamos un bus desde el Cusco hacia la costa mientras viajábamos a través de Chile, Bolivia y Perú. Sabiendo poco entonces acerca del país me llamaba la atención el ubicuo nombre de “Fujimori” que veía pintado en paredes de adobe a lo largo del camino. “Fujimori Presidente 2000”, exclamaban en grandes y coloridas letras. Años después en Japón, entre las sesiones etílicas de karaoke y los tours a los templos, pensé que si el ex mandatario peruano estaba acá, yo debería encontrarlo. Se volvió casi una obsesión. Recluído en un exilio autoimpuesto, él no esperaría una visita de un periodista inglés, me dije a mí mismo.
Había hecho algo de investigación. No había nadie mejor a quien consultar que a mi colega de la BBC, Diana Zileri. Ella me enseñó un artículo de CARETAS que mencionaba el hotel Princess Garden, propiedad de la novia millonaria de Fujimori, Satomi Kataoka. Empezaría por ahí. Visité la oficina de la BBC en Tokio y brevemente conversé con el corresponsal, Chris Hogg. A él no le importaba si es que intentaba encontrar a Fujimori. El hotel estaba a solo cinco estaciones de metro de donde me estaba quedando, durmiendo en el suelo del pequeñísimo departamento de mi amigo en Tokio, tan pequeño que la cocina era un armario y el baño una ducha con un lavatorio dentro.
Llegué al
Princess Garden y me aventuré en la recepción, y recordando mis pocas palabras de japonés me acerqué a la portería preguntando por Fujimori-san de la manera mas casual posible. “Fujimori-san no está aquí”, respondió neutralmente el delgado joven de anteojos. Pero entonces señaló detrás mío. Volteé y vi una mujer vistiendo un pálido pantalón caminando rápido. Ella era la dueña de este gran hotel, dijo. Ella era Satomi.
Me presenté diciendo que era de la BBC y gentilmente me invitó a tomar un trago. Estaba sorprendido de lo joven que era, en sus treinta y tantos, me ganó su ánimo relajado considerando que yo era un periodista. Nos sentamos y saqué mi libreta de apuntes. ¿Sería posible hablar con el señor Fujimori? Está en Kyushu, dijo en vacilante inglés, refiriéndose a la isla más septentrional de Japón. ¿Habría alguna manera de contactarlo, llamarlo por teléfono? El toma y daca continuó pero a pesar que ella prometió que lo llamaría, yo sabía que no lo haría. Era claro que todo esto era conducido bajo el prisma de las maneras japonesas, donde las preguntas incómodas podían ser hábilmente esquivadas o tratadas como retóricas.
Cuando Kataoka hablaba del Perú era claro que la impresión que ella tenía del país era de un tipo de república bananera, cuya gente era floja y carente de autodisciplina. Era un país pobre donde la mayoría de la gente tenía que satisfacerse con los placeres físicos de la vida como el sexo y el baile porque no tenían acceso a otra cosa. Muy parecido a Filipinas, dijo ella. Fujimori, un hombre japonés con valores japoneses, había restaurado los valores y refundado la economía nacional.
Me dijo que Fujimori se sentaba a la computadora por 12 horas al día, planeando su regreso al Perú. Eso es lo único en que piensa, me dijo. Sin embargo allá la gente ha sido muy malagradecida. Era una especie de atracción fatal el que Fujimori amara tanto al Perú.
Su recuento parecía ingenuo. Cuánto en realidad sabría acerca del Perú e incluso de Fujimori, me preguntaba. Había llegado a Tokio casi como un refugiado, si es que había que creer su versión. Traía solo dos maletas, decía. Ella inclusive había tenido que comprarle algunos trajes.
Su blanca cara de porcelana no revelaba mucho. Lo que decía sonaba ambiguo pero su mirada era inescrutable. Hablaba de Fujimori como si fuera un estereotipo oriental (posiblemente el mismo estereotipo que le hiciera ganar las elecciones en 1990) –responsable, trabajador y honesto.
Casi empezaba a creerle. ¿Acaso Fujimori había sido malinterpretado?
Necesitaba algo para romper el hielo. Ella mencionó que necesitaba clases de inglés. Tengo un buen amigo en Tokio, es inglés como yo y enseña el idioma, le dije. Además también habla japonés.
Nos invitó a ambos a cenar en el transcurso de esa semana. Con sus habilidades idiomáticas, Matt podría ayudarme a conseguir información de ella. Acepté la invitación, con la tenue impresión que ella estaba coqueteando conmigo.
Felizmente había llevado un terno de lino color crema hecho a mano por sastres de Punjabi en Bangkok. Vistiéndolo me sentía como si debiera estar bebiendo gin tonic departiendo en el bar de algún country club como un viejo emigrado. Llegamos al hotel a las 7 p.m. y partimos a bordo de un auto conducido por un chofer.
Viajamos hacia el sur, a través de prístinas carreteras y túneles hacia Yokohama, hasta llegar a un restaurante famoso por su sushi y sashimi. Estaba claramente en su territorio; el personal la saludó reverenciando cortésmente y pronunciando el educado saludo de ‘simosen’. Tomamos asiento en un bar justo frente a donde expertos chefs fileteaban el pescado. Pedimos la comida y esta fue preparada fresca frente a nuestros ojos.
La comida era de primera. Preparada con el roce de un cuchillo y una exquisita culinaria única. Mientras tanto, Matt, más acostumbrado a los códigos y formalidades de la etiqueta japonesa, charlaba con Satomi en japonés.
Poco sabía de política japonesa pero Matt confirmó mis sospechas que ella era una derechista recalcitrante. Cuando ella se retiró al baño, Matt me miró y dijo: ¡Está loca! Ella es una de nuestros nacionalistas alucinados.
Estaba quedando claro que ella era una protagonista del nacionalismo japonés, tenía amigos encumbrados, influencia y dinero considerable, y había decidido usarlos para proteger a Fujimori. Ella también representaba una parte sustancial de la opinión pública japonesa que estaba orgullosa de Fujimori. A fin de cuentas él era un japonés que había sido presidente de otro país.
La comida estuvo exquisita. Le dio una propina al chef y nos invitó a acompañarla a un club. Nos dijo que ahí habrían políticos y aún tenía esperanzas de conseguir contactos periodísticos. Imaginé que sería un night club.
Nos encontramos de pronto en Ginza, en el corazón de Tokio, cerca al famoso cruce de cebra que se puebla de gente cada vez que cambia la luz del semáforo. Pero el lugar al que llegamos era muy diferente a lo que esperaba. Era un hueco en la pared, una pequeña puerta en la calle que llevaba a un pasaje subterráneo.
Al final de estrechas escaleras, llegamos a un pequeño salón decorado como un salón inglés de los albores del siglo 20, pero mucho mas huachafo. Fuimos recibidos por una extravagante Madame vestida y maquillada como Elizabeth Taylor en su madurez.
“Moriré antes de permitir industrias chinas en suelo japonés”, exclamó Satomi. Se le unieron un par de amigos. Dos industriales de terno levemente desarreglados por una noche de copas. Podía notar que, en una sociedad aún marcada por líneas de género, Satomi era excepcional. Ella vestía un conjunto sastre con pantalón y hablaba de política con ellos, mientras las otras únicas mujeres presentes en ese lugar estaban vestidas como geishas, sumisamente arrrodilladas a nuestro lado para servirnos sake.
Era obvio que bajo la fachada de una cultura obsesionada con la tecnología, los antiguos valores del Bushido –el código guerrero del samurai– aún prevalecían. En la forma en que hablaban, el imperio japonés seguía vivo y China era una amenaza. Ellos eran parte de una reacción nacionalista.
La noche su puso más animada. Matt y yo compartimos algunas miradas de reconocimiento. Mientras nuestros vasos eran constantemente vueltos a llenar por las geishas, nos dijimos, qué importa, nos dejaremos llevar por lo que suceda.
El club japonés para caballeros no es solamente un burdel con florituras. Satisface una función social similar pero diferente. Los hombres acuden a él para beber y socializar después del trabajo pero aparentemente las chicas no se van con ellos luego del trabajo. La Madame era un personaje singular del Tokio de los 60s. Me dió una copia autografiada de su autobiografía a pesar que no podia entender una letra de ella. Estaba llena de fotos de ella como una joven dama de compañía saliendo con estrellas de cine.
Para mí la escena era como en “Perdidos en Tokio” pero la noche acabó cumpliendo esa piedra de toque de la cultura japonesa moderna –todos juntos cantando karaoke. Mientras entonábamos el clásico ochentero de David Bowie, “Let’s Dance”, reflexionaba en lo surreal que era estar cantando con la novia de Fujimori en un sótano digno de Dickens y rodeado de chicas en kimono.
Mientras nos tambaleábamos hacia la calle en la madrugada, el brillante auto negro esperaba por nosotros. Cuando nos llevaba a través de la iluminada avenida en Ginza, Satomi ofreció invitarme a Tokio cuando quisiera. Le agradecí pero le dije que no me era posible aceptar una invitación así.
Finalmente de vuelta en el departamento, Matt dijo, “Diablos, Dan, he estado en Tokio por ocho años y honestamente puedo decir que esta ha sido una de las noches más surreales, y más extrañas, que he tenido acá”.
Añadió: “Ella está completamente loca y es prácticamente una fascista”. De ninguna manera le pienso dar clases de inglés”.
Apenas una semana después estaba trabajando en el programa Newshour dentro de la programación de la BBC World Service, cuando estalló la noticia que Alberto Fujimori había sido arrestado en Santiago de Chile. Llamé al hotel de la señorita Kataoka y corrí hacia un estudio para entrevistarla por teléfono.
Parecía en shock e incoherente y no estaba segura de aceptar la entrevista. Finalmente, al decir que no quería declarar, y de acuerdo a la política de la BBC, decidimos cancelar la conversación.
Era el final de un capítulo bizarro para mí y el comienzo de uno nuevo que empezaba en Lima donde el ex Presidente ahora está siendo enjuiciado. (Escribe: Dan Collyns*)
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* Corresponsal de la BBC en el Perú.