Medios La historia de Raúl Villarán, creador del vespertino más popular de la prensa peruana: Última Hora. Un extracto del libro El Rey de los Tabloides de Guillermo Thorndike.
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Luis Banchero Rossi junto al fundador de nueve diarios, Raúl Villarán. Con el magnate lanzó Correo y Ojo. |
Esa mañana todavía democrática, Villarán vestía su mejor traje de gris inglés y una corbata de seda rojo granate, olía intensamente a flores de lavanda y se detuvo apenas en la puerta de la Empresa Tipográfica Nacional, escuchando el ajetreado rumor de las máquinas de imprenta. Reacomodó su chambergo de ala caída a la derecha y traspuso el umbral, alcanzando una tarjeta de visita al portero. Preguntaba por Augusto Belmont Bar, segundo hijo del fundador de un imperio al que se debían las medicinas más usadas por los deportistas del país, la frotación Charcot para torceduras y la Maravilla Curativa verdaderamente para todo, desde picaduras de insectos hasta ardores de la piel. De ambos productos se exhibían cartelones en el Estadio Nacional y se hacía propaganda en las transmisiones radiales de los partidos. Pareció que Villarán entraba en puntas de pies a la primera cita de negocios en su corta vida, como si midiera la firmeza de los suelos que pisaba. Aquella era una gran imprenta, con un centenar de obreros bien uniformados. A primera mirada, supo Villarán no haberse equivocado. Perfectas resmas de papel y cartón se arrumaban cerca de grandes máquinas con rodillos que iban y volvían vertiginosamente, expidiendo en cada vuelta una lámina de hasta tres colores o envases luego troquelados con puntillosa exactitud. Olores y actividad le hicieron recordar su única visita a esa gran factoría de palabras que era la imprenta de El Comercio, entre cuyos humosos linotipos se había filtrado en busca de un pequeño artículo escrito con tal poder de síntesis, que un distraído corrector lo había creído un telegrama. Cuando al fin lo ayudaron a encontrar su contribución en la escritura al revés del plomo fundido, había comprobado que no aparecía su firma y la había estampado, con seguridad asombrosa:
Raúl Villarán Pasquel. Ya lo conocerían.
Augusto Belmont no lo hizo esperar. Lo sorprendió la juventud de Villarán. Tenía diecisiete años y ni siquiera la formalidad de su vestimenta, su aire adulto o la corrección de sus modales lo hacían ver más viejo de lo que era. A su vez, Villarán estudió a don Augusto, posiblemente diez años mayor que él, un rostro largo de frente acentuada por una calvicie en progreso, ojos penetrantes, también trajeado de gris, corbata llamativa, un no sé qué fachendoso en una persona que se esforzó por serle simpática, así que el joven le estrechó la diestra, aceptó la butaca que le ofrecían y atacó de inmediato. “Soy periodista”, dijo, como si ya lo fuese, “y usted no va a dedicarse a imprimir etiquetas de frotación Charcot toda la vida. Así que tenemos algo en común”. Belmont parpadeó, sorprendido. Replicó cauteloso: “¿Por qué no me cuenta quién es y qué se propone?” Villarán enarcó las cejas. ¿Y para qué? “Para saber si puedo ser útil o si perdemos el tiempo”, contestó don Augusto. La vida de Villarán entraba en un párrafo. No habló de su padre ni de sus tíos, ni de sus ancestros famosos. Tampoco mencionó a las señoritas o a los remotos sabios Pasquel. ¿Quién era? Nadie. Aún no había tenido tiempo ni oportunidad para hacer algo en su existencia. Se proponía estudiar en la Universidad de San Marcos. Acababa de concluir su calamitosa experiencia escolar en un plantel católico con su mejor amigo, el gran Totó Terry, nueva maravilla del fútbol nacional. Y era soltero y sin compromiso. Don Augusto sonrió. “Muy bien, ya sabemos quién ha sido hasta hoy”, dijo, “veamos ahora qué quiere ser y hacer”. Crecía la soltura de Villarán. Encendió un cigarrillo mientras contestaba: “Vengo a publicar una revista deportiva. He reunido parte del dinero y usted puede darme crédito por lo que falta. Tiene una buena imprenta”. ¿Y por qué habría de hacerlo? “Negocio”, dijo Villarán sin ponerse en duda, “mi proyecto es un buen negocio”. Sus palabras sonaron a fanfarronada. “Sin el capital necesario, usted solo tiene un proyecto, un sueño”, dijo don Augusto. Su padre, dueño de todo cuanto existía en la familia de los Belmont, le había enseñado que los negocios debían emprenderse con el capital necesario, sin nunca pedir prestado. Preguntó cuántos ejemplares pensaba vender de su revista deportiva. Villarán dijo que arriba de diez mil. Acaso veinte mil. Don Augusto iba a decir que El Comercio, principal diario de Lima, no vendía más de treinta mil, pero Villarán no lo dejó: “¡Veinte mil, señor Belmont! ¡La gente está cansada de los políticos! ¡La vida, señor Belmont, toda la vida en tinta y papel, los héroes dominicales, la risa y el júbilo de cada pequeña victoria en los estadios, las voces de la popular! ¡Los jóvenes no tienen lectura propia en este país, señor Belmont!”. (…)