Opinión Volviendo sobre las distinciones al Chavo del 8.
En el Pechito de Chespirito
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Medalla de Lima al pecho de actor cómico. |
Últimamente me está pasando de todo, fue la respuesta que el poeta Martín Adán dio al pintor Michel Grau cuando este se acercó a felicitarlo por la condecoración que había recibido de parte del gobierno peruano. La Orden del Sol, en su primera versión, la instauró el recordado don José de San Martín, que dicen era un mulato algo dormilón, y, claro, acto seguido se la otorgó, en grado de Caballeresa, a doña Rosita Campuzano, que era una dama de sus más estrechas y tórridas cercanías. Simón Bolívar, que no era un hombre nacido para perder, se la impuso en las mismas temperaturas a doña Manuelita Sáenz. Ambas, dicen los libros de historia, vieron así premiados sus distinguidos servicios a la nación.
Hay dos órdenes del sol. Una, es una agrupación que reúne a los fanáticos de Harry Potter; la otra, es una condecoración que concede el gobierno del Perú. Una es mágica, la segunda es republicana. Evo Morales, que la recibió el año pasado, ahora llama a nuestro presidente: Gordo. Y este le responde patrióticamente: Yo no soy de los que veo el aspecto estético de los hombres. No se puede confiar ni en un distinguido caballero de la Orden del Sol.
Hubo un dictador que en un viaje al Asia se llevó varias en sus bolsillos y las entregó a los distinguidos amigos del Perú que visitó. Así fue que la recibió el presidente de Filipinas Fidel Ramos y que, al parecer, el Perú logró un más rápido ingreso en la APEC. El dictador se trajo pegada al pecho La Orden del Elefante Blanco, que con gran amistad le impuso el gobierno de Tailandia. Hay cierta sutil sabiduría asiática que siempre debemos de escuchar.
A Juan Diego Flórez le fue otorgada en el 2007. Pero al parecer la nación consideró que este mérito no era suficiente: pocos meses después, como regalo de matrimonio, la nación le concedió la Plaza de Armas, la Catedral, una emisión en directo por el canal de TV del Estado y, además, un discurso memorable, pero tímido en su dicción, pronunciado por el Cardenal en inglés católico y peruano. Gian Marco Zignago, a pesar de también ser cantante, solo recibió una solitaria Orden del Sol. Estamos a la espera de las sorpresas que nos depare la que se le entregue algún día a Dina Páucar. Pero no hubo sorpresas cuando a don Manuel Piñeiro, pregonero y vendedor de sanguito, cuya voz anunciaba por las calles de la ciudad dulzores y alegrías del paladar, solo le fue concedida la Orden al Mérito por servicios distinguidos. Al canto del sanguito no es sensible la Orden del Sol del Perú. Pero el limeñísimo Comendador don Manuel Piñeiro no perdió la oportunidad y sirvió generosas porciones de sanguito a sus invitados. Yma Súmac, sin lugar a dudas la mejor soprano nacida en nuestras tierras, al recibirla el año 2006, a los 84 años, ella, que nunca fue una ortodoxa de la canción andina, que grabó en 1971 un disco de rock, Miracles, que participó en el festival de jazz de Montreal, que también cantaba mambos, recordó que los primeros que la descubrieron, cuando solo tenía 12 años, aplaudieron y reconocieron fueron los argentinos. Tristemente, a los 84 años, seguía siendo conocida en el Perú solo por su antiquísima interpretación de Vírgenes del Sol.
Cuando el año 2006 la recibió y dignificó el maestro Luis Jaime Cisneros, pidió soñar un Perú del tamaño de nuestra esperanza. Mario Vargas Llosa la recibió el año 2001 en el más alto grado, el de Gran Cruz con Diamantes. Y dijo una gran verdad: “Los escritores y las medallas no suelen ser muy buenos amigos”. Doña Juana de Ibarbourou, poeta uruguaya conocida también como Juana de América, que sí gustaba y adoraba las condecoraciones y los homenajes, la recibió en 1938. Al gran poeta Emilio Adolfo Westphalen, de quien Octavio Paz dijo que escribía “Poesía de poeta y no de profesor ni de predicador ni de inquisidor. Poesía que no juzga, sino que se asombra y nos asombra”, le fue concedida el año 1996. El poeta Alejandro Romualdo, que murió a los 84 años, nunca la recibió, como tampoco le fue entregada al poeta Juan Gonzalo Rose. No sé si alguna vez la recibió ese hombre sereno y de poderoso puntapié que fue Lolo Fernández. Sin duda alguna se la merecía.
La Medalla de Lima fue recibida en el pechito del guionista y actor mexicano Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, –que es una manera de decirle Shakespeare chiquito, no solo por su prolífica obra sino, creo yo, también por la calidad de la misma– muy conocido por sus papeles como El Chavo del 8, El Chapulín colorado, el Chómpiras, el Doctor Chapatín y Chaparrón Bonaparte. Algún día descubriremos cuál es la razón por la cual fue distinguido municipal y presidencialmente (con un más mesurado diploma). ¿Será por su humor sencillo y fácil, su activismo contra el aborto o su particular disgusto frente a obras de arte como el “Guernica” de Picasso? Deseamos que la reciba por ser un hombre sencillo que logró hacer reír a los niños al menos una hora cada día. Eso es un milagro. (Oscar Málaga)