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Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Incertidumbres en París

Era el quinto de una serie de viajes a Francia y esta vez le propuse a Anita, mi esposa, poner en práctica aquello de la relatividad de las cosas de esta vida, muy a nuestra manera. El asunto consistiría nada menos que en empezar por el hotel más caro, en nuestra visita a París, e ir bajando en doce días hasta el más barato de cuantos conocí en los quince años que allá viví.

Y, a guisa de complemento, el asunto se combinaría, al revés, empezando por comer cada noche en un restaurante de muy distinto nivel, desde un muy modesto cuscús argelino en algún simpático antro del Barrio Latino y terminando, cómo no, nada menos que en Le Gran Véfour, cuyos comensales incluyen entre miles de otros al gran Víctor Hugo, hace siglo y medio, y al inmenso Orson Welles, más recientemente. Por cierto, algunas reservas las tuve que hacer con meses de anticipación.

Lo de los restaurantes se cumplió al pie de la letra, pero en lo de los hoteles tuvimos que dejarlo a las cartas, porque al menos cinco eran el mejor hotel de París y, con absoluta certeza, tres, de entre unos diez realmente pésimos, merecían llevarse la palma en aquello de ser el hotel más pobretón de La Ciudad Luz.

Los naipes nos llevaron a empezar por El Hotel des Grandes Écoles, un viejo y barato hotel del Barrio latino, cerca de la placita de la Contrescarpe, a cuyos cuatro costados viví, también por cosas del azar, durante los quince años parisinos de mi vida. Por allí también vivieron Descartes y Hemingway, que tan malos vecinos habrían sido, de haber coincidido de siglo, por supuesto. Y, no nos podemos quejar, el hotel de mis años heroicos se portó muy bien, en lo que a relación calidad y precio se refiere. Digamos, pues, que esta vez aquel primer hotel en que nos alojamos se portó muy baratamente bien, y punto. Y de la misma manera en que el segundo hotel en que nos alojamos, esta vez sí sumamente elegante, aunque nada bien ubicado –13 rue des Beaux-Arts- dentro del mapa sentimental del París de mis años mozos y de mis recuerdos más entrañables, se portó muy encarecidamente bien, y punto, también. Curiosamente, este hotel tan elegante y original –no tiene una sola habitación, un solo mueble o cortina que se parezcan siquiera un ápice–, lleva por nombre nada menos que la palabra Hotel, así, a secas, con tan sólo la hache mayúscula y el artículo que lo deja convertido en Hotel L’Hotel.

Nuestro hotel más barato de París, una ciudad en la que hay de todo para todos los presupuestos, incluso los largamente deficitarios, fue, por azarosa decisión de las cartas, uno que se encuentra perdido al fondo de la vetusta galería y que contrasta mucho con un vecindario en el que se encuentra nada menos que la Bolsa de Valores de París. Responde nada menos que al nombre de Chopin y en él pudieron vivir Colette o Edith Piaff, en sus años más duros, y el aspecto de descosido edredón decimonónico que, digamos, se asoma por sus oscuras ventanas, nos hizo alojarnos ahí pagando un precio de saldo por una habitación sin duda lúgubre y por un baño que amenazaba con ser aún peor. En todo caso, era lo que prometían aquella vetusta fachada y aquel titubeante letrero de un muy sospechoso color violeta. Pero quién lo hubiese soñado, un baño absolutamente moderno e impecable, que remataba ya la gran sorpresa de una habitación realmente de primera, terminó por corroer hasta los cimientos todas nuestras certidumbres acerca de los hoteles de París.

Pero sin duda lo mejor de aquel viaje a París fue mi retorno, al cabo de años, al bar Hemingway. Lo frecuenté treinta años atrás, cuando aún era un joven profesor de literatura. En la Universidad de París transcurrieron miles de horas de mi aventura con una muchacha de dieciocho años –o sea menor de edad, por entonces, en Francia– y que había empezado a la salida de mis clases en la Facultad de Letras. Yo solía irme entonces a nadar en la piscina del campus, y esta muchacha, llamada Sylvie y de apellidos compuestos, interminablemente largos, y precedidos siempre por la preposición de, me seguía y me conversaba y, luego, al salir del agua, me proponía llevarme en su auto a mi departamento del Barrio Latino. Ahí cenábamos y después nos íbamos en su auto a tomar martinis en el Bar Hemingway, y, ya de madrugaba, yo la acompañaba hasta una mansión del Bosque de Boulogne y a mi departamento regresaba en un taxi, al alba.

Pero una madrugada de ésas me detuvieron, me prohibieron salir con ella, mas no hicimos caso alguno, y un día en que regresaba del teatro a mi casa la policía me metió en un vehículo herméticamente cerrado y lo último que recuerdo es un feroz golpe en la cabeza y haber aparecido muchos días más tarde en un lejanísimo hospital. Entretanto, ella se había casado con un conde italiano.

Pues nunca fuimos más felices, porque el conde era cazador y su familia había pactado con la de Sylvie que los fines de semana los pasaría ella en París, para que el condecito aquel –que medía la friolera de 2 metros 7 centímetros– cazara a su antojo. O sea que cada viernes al atardecer mi pobre departamento de la rue Amyot se llenaba de flores y la fiesta arrancaba y seguía hasta la madrugada del lunes.

Tras el cantado divorcio de la pareja, lo que en el fondo había quedado entre aquella preciosa muchacha delgada, morena, y que traía la felicidad, y yo, era un formidable poso de afectos, complicidades, de millones de locos recuerdos, de una inmensa amistad. Hoy ella vive en Munich con un duque alemán y yo hace tres años me casé con Anita. Pues lo primero que hicimos ambas parejas fue darnos una cita en Bolonia y disfrutar como nunca. Fue un encuentro inolvidable para cuatro personas llenas de afecto y respeto. O sea que, de regreso a París y nada menos que en el legendario bar Hemingway, donde el escritor norteamericano llegó horas antes que las tropas que liberaron aquella ciudad y se pidió más de un martini doble y muy seco, lo primero que hicimos Anita y yo fue reclamar nuestros martinis, muy secos y muy dobles...


 


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