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Economía Las consecuencias de un cataclismo financiero provocado por la abdicación del Estado. El lunes 29, Wall Street cayó 7% en una sola jornada tras fracasar el rescate financiero en el Congreso.

El Número de las Bestias 777.7 (VER)

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Las curvas de la crisis se dibujaron en el rostro del presidente Bush. Se esperaba que el plan de rescate fuera finalmente aprobado el miércoles 1.

Si el 666 es el número de la bestia, el 777 será recordado como el número de las bestias, en plural, debido a los pésimos manejos que desencadenaron la crisis presente. El sistema financiero se vino abajo el lunes 29, cuando el Congreso de Estados Unidos votó en contra de aprobar un extenso programa de rescate que le permita al Estado comprar buena parte de los activos hipotecarios tóxicos –o “subprime”– de las firmas financieras acogotadas.

Wall Street cayó 777 puntos, lo que equivale a su más dramática bajada diaria en 21 años y el efecto se replicó en las bolsas del mundo. El secretario del Tesoro, Henry Paulson, había presentado un plan que solicitaba US$ 700 mil millones, más de seis veces el PBI del Perú, pero los insistentes pedidos que el presidente George W. Bush le hizo al Capitolio para su aprobación cayeron en saco roto.

Una nueva votación fue programada para el miércoles 1. Las modificaciones negociadas por los parlamentarios incluyen reducción de impuestos para negocios y proyectos de energía alternativa, además de un compromiso gubernamental para aumentar los seguros de los ahorros bancarios. Voceros de ambas bancadas daban por hecho que la legislación sería aprobada.

Las negociaciones parecieron significar un respiro para Dow Jones, que luego de la brutal caída, el martes recuperó un promedio de 485 puntos.

La crisis, cuyos síntomas se hicieron explícitos desde finales del año pasado, pasó del resfriado a la neumonía en marzo, cuando colapsó el banco Bear Sterns. Cuatro meses más tarde fue el turno de las gigantes hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac.

El último tramo comenzó cuando el pasado 14 de setiembre el banco de inversión Lehman Brothers presentó protección por bancarrota. Para salvarse del descalabro, su colega Merrill Lynch debió ser nacionalizado.

Luego fue anunciado que la aseguradora America Internacional Group (AIG) accedería a préstamos de hasta US$ 85 mil millones por parte de la Reserva Federal, tras perder el 92% de su valor durante el 2008. Mientras tanto, Europa y Asia sentían la ola expansiva con la absorción de bancos y agencias hipotecarias por parte de sus competidores.

El 20 de setiembre Bush presentó al Congreso el plan de los US$ 700 mil millones, que fue criticado sobre todo por la autonomía de la que dispondría el tesoro para hacer uso de los fondos. Al día siguiente, Goldman Sachs y Morgan Stanley eliminaron la figura de banca de inversión. La caída en picada de la bolsa el pasado lunes cobró su última gran víctima en el Banco Wachovia.

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El lunes 29, Citigroup adquirió Wachovia, cuya acción se desplomó a US$ 3.27. A inicios de año cotizaba en más de US$ 50.

Es el fin de una era. La banca comercial vuelve a ser la figura hegemónica y el número de entidades se verá reducido sensiblemente. Solamente JP Morgan Chase, el Bank of America y el Citigroup tendrán en sus arcas un tercio de los ahorros de los norteamericanos.

La composición de la primera votación en el Capitolio reveló una confusa paradoja. De los 228 votos en contra, 133 eran republicanos y 95 demócratas. Miembros de la última bancada conformaron el grueso de los votos a favor del rescate: fueron 140 demócratas y 65 republicanos.

¿Cómo Bush vio voltearse a sus propios congresistas?

Harold Meyer del Washington Post no cree que los republicanos hubieran basado su decisión en las protestas callejeras contra el plan de rescate. La razón de su negativa inicial, sostiene, es mucho más profunda e ideológica. “La propuesta”, dice Meyer, “les pedía a los republicanos reconocer la falla del mercado y la capacidad del gobierno para corregir las cosas. Les pedía repudiar su visión del mundo, ir en contra de las creencias que impulsaron a muchos de ellos a ingresar a la política en primer lugar”. Una muestra tan flagrante de intervencionismo se convirtió para ellos en un hueso muy duro de roer.

La desregulación del mercado financiero en los Estados Unidos fue un proceso sostenido. Si bien en 1994 fue aprobada una ley que obligaba a la reserva federal a regular a las entidades prestamistas, esta fue prácticamente ignorada. Según editorial de The New York Times, Alan Greenspan y Ben Bernanke, ex cabezas de la reserva, eludieron su responsabilidad incluso cuando ya era evidente la expansión de las hipotecas basura.

En 1995 pasó una ley que dificultaba a los inversionistas enjuiciar a las firmas por malos resultados basados en proyecciones fantasiosas. Otros colapsos, como el de la burbuja punto com y Enron, fueron originados en parte allí. Para el Times, el riesgo extremo que terminó desbordando el mercado hipotecario se nutrió de tales libertades.

En 1999 fue desmantelado el último rezago del New Deal, el Glass Steagall Act, que separaba la banca comercial de la de inversión. El sistema financiero se convirtió en una nebulosa infranqueable en términos de control.

Al año siguiente llegó el puntillazo final, que excluyó los instrumentos derivativos financieros, como los llamados swaps cambiarios que han sido centrales para provocar la actual situación, de la supervisión vigente desde 1936.

Fue durante los años de George W. Bush que la ideología señalada por Meyer alcanzó su máxima expresión. En el 2005 el gobierno se opuso a la reforma de Fannie Mae y Freddie Mac. El objetivo de Bush era privatizarlas por completo y temió que una reforma restase atractivo al proceso.

Lo dijo explícitamente el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, que culpó del descalabro económico a los neoconservadores, “esos políticos que surgieron tras la elección de Ronald Reagan como presidente de Estados Unidos, a los que tanto han aplaudido (José María) Aznar y (Mariano) Rajoy”.

Una intensa discusión se viene desarrollando sobre los restos de buena parte del sistema financiero. Si se acepta que, esencialmente, la actual crisis fue precipitada debido a la progresiva desregulación de los mercados, la sentencia implica la muerte de lo que se llamaba el “fundamentalismo del mercado”.

Eduardo Porter de The New York Times considera el momento como un buen punto de partida para “volver al camino de la sensible y responsable regulación gubernamental”.

En medio de tanta discusión técnica, Porter centra su argumento en uno de los siete pecados capitales como motor de la crisis y elemento inherente del capitalismo sin amarras: la codicia.

El profesor de historia Robert McElvaine opinó en el Post que la lección de la gran depresión fue que “el capitalismo es el mejor sistema económico tanto como la democracia es el mejor sistema político, pero ambos contienen peligros inherentes que requieren de “chequeos y balances” para asegurar que funcionen apropiadamente. Uno de los más prominentes peligros del capitalismo es que el ingreso se concentre demasiado en el tope, bloqueando el funcionamiento de una economía basada en el consumidor”.

McElvaine recuerda que el New Deal llevó a la práctica tales lecciones a través de más impuestos a los ricos, apoyo a los sindicatos para que ayuden a que la ciudadanía participe de una mayor porción del ingreso nacional, programas sociales para asistir a los pobres y la implementación de agencias reguladoras. “Un sistema de capitalismo regulado fue puesto en marcha y funcionó muy bien desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1980”.

Luego llegó Reagan y la ola señalada por Zapatero.

Los talibanes del mercado tuvieron sus expresiones locales. La corrupción e ineficiencia estatal hicieron agua durante la década del 80 y en respuesta aparecieron programas políticos como el de Libertad, capitaneado por el novelista Mario Vargas Llosa, que propugnaba el antiestatismo a ultranza. El temor de los votantes a ese extremo hizo que en parte perdiera las elecciones. De todos modos, el ganador Alberto Fujimori, asumió buena parte de ese componente, más silvestremente si se quiere, en los años siguientes. Buena parte del modelo persiste hasta hoy.

Pero la diferencia es que ahora muy poco se escucha del cuento de hadas según el cual el mercado iba a enmendar con precisión científica las taras estatales. El Nobel Joseph Stiglitz ha comparado lo ocurrido con la caída del Muro de Berlín. El regreso del sentido común, esa herramienta tan útil, debería imponerse al terminar de barrer los escombros.


 


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