Opinión Por ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
El Tamaño no me Conviene
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La empresa alemana Telefunken fue la primera en realizar una transmisión en el Perú. Fue el año 1939 –el mismo en que nací, en Lima–, y se hizo desde el colegio Guadalupe, no muy lejos del centro histórico de la ciudad, conocido también como “el damero de Francisco Pizarro” por la forma cuadriculada en que el conquistador extremeño y fundador de la capital del país distribuyó entre los recién llegados vecinos españoles los primeros solares y trazó las primeras calles y plazas. El objetivo de Telefunken con aquella transmisión fue llegar hasta el palacio de gobierno, situado en la Plaza de Armas de Lima, en cuyo centro se hallaba todavía la estatua ecuestre de aquel analfabeto criador de puercos que murió sin saber firmar pero convertido, eso sí, en marqués de la conquista. En el palacio de gobierno, don Manuel Prado y Ugarteche, dos veces presidente de Perú, pudo ver en su pequeña pantalla en blanco y negro a Chabuca Granda, la futura autora del vals criollo internacionalmente más afamado: La flor de la canela. Chabuca Granda era entonces una niña.
Sin embargo, el proyecto de instalar la televisión no prosperó, aquella vez, y se dice que ello se debió a que don Manuel Prado y Ugarteche, un presidente tan afrancesado que llegó al colmo de lamentarse de que el único inconveniente de gobernar el Perú era tener que abandonar París, simple y llanamente decidió que la televisión no le gustaba y que por consiguiente tampoco tendría futuro alguno en el país. Otras empresas, además de la alemana Telefunken, participaron en los primeros experimentos televisivos en el Perú, en 1939, pero dadas las nulas condiciones económicas y políticas terminaron abandonando también el país. Y, en cuanto a Telefunken, se sabe también que entonces se temió que, debido al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, transmitiera informes secretos a Alemania. En todo caso, recién a finales de los cincuenta se concreta oficialmente el nacimiento de la primera señal televisiva con una transmisión realizada desde el Ministerio de Educación.
Para mí, la televisión nace mal, muy mal, una noche de verano de 1959. Y un viernes, para ser más preciso, porque éste era el día de la semana en que, hasta su muerte, mi abuelo materno –que también era primo hermano de mi padre, que, a su vez era tío de mi madre y tío abuelo de sus hijos: en fin, lo que se dice una familia muy unida–, escogió desde antes que yo viniera al mundo para reunirse con su hija, su yerno y sus nietos. Venía con mi abuela, cargada siempre en verano con litros de deliciosos helados y en invierno con varias cajas de los inolvidables dulces de la pastelería Baruch.
Terminado el famoso y abundantísimo lonche al que nuestros amigos niños y adolescentes se peleaban por asistir (había pastelitos o helados suficientes para alimentar a un batallón), pasábamos a la sala principal de la casa, donde mi abuelo esperaba que el reloj de pie de la escalera, perfectamente sincronizado, semana tras semana, con su reloj de bolsillo y leontina, diera la primera de las campanadas de la noche, para indicarle a mi padre que la hora del brindis familiar había llegado. Acto seguido, mi padre llamaba al primer mayordomo que, en menos de lo que canta un gallo, aparecía por la puerta lateral de la sala que comunicaba con el lindo bar de madera de mi padre, fuente de plata en mano, aunque con tan sólo una copita de cognac Hennessy. Y es que, en aquel entrañable e irremplazable brindis familiar, lo curioso era que el único que alzaba una copa era mi abuelo. Y brindaba, uno por uno, por todos los miembros de la familia, que le correspondíamos con una venia y un beso, porque ni siquiera mi padre, todo un sesentón ya, se atrevía a empinar el codo delante de tan venerable anciano.
Ya dije que la televisión nació mal, muy mal, para mí, un limeño viernes de verano por la noche, precisamente. Mi padre, que era un apasionado de todos los inventos de este mundo, y que por entonces tenía un formidable equipo de música en el que, sin exagerar mucho, podría decirse que había casi tantos altavoces como discos de ópera, zarzuela y música clásica, ya que su pasión no se limitaba tan sólo a lo musical sino que, además, se desdoblaba en otra pasión técnica por cuanto artefacto sonoro existiese en aquellos años. Pero esta vez no sólo se trataba de sonido. Se trataba, por primera vez, de imagen, de sonido, y de luz. Y Lima entera murmuraba que don Francisco Bryce Arróspide había adquirido, muy legalmente, por supuesto, como siempre lo hizo todo, el primer televisor comercial que llegó al Perú. Y ese viernes de verano de 1959, a las ocho en punto de las noche, en el instante mismo en que el abuelo dejaba descansar sobre la bandeja de plata la copa vacía de cognac Hennesy con la que acababa de brindar por todos nosotros, mi padre encendió feliz su inmenso televisor. Después, volteó a mirarnos, lleno de orgullo, pero también con el rostro de felicidad con que un niño estrena un juguete nuevo. Recuerdo que todos ahí aplaudimos y que mi abuelo, afectuosísimo siempre, felicitó a mi padre por su flamante adquisición. En fin, que la familia, unida ahora más que nunca por la unanimidad ante el nuevo artilugio, ante una nueva maravilla de la ciencia, felicitó también, muy ordenadamente, según la edad y parentesco, a mi padre. Pero cuando todos nos disponíamos ya a sentarnos para continuar disfrutando de aquella mágica pantalla, mi abuelo, que sin duda no había querido contrariar a mi papá en lo más mínimo, aprovechó el encantamiento general que la pantalla del televisor producía entre la familia para inclinarse hacia su derecha, donde me encontraba yo sentado, y darme en voz baja y en el oído su verdadera opinión sobre la pantalla de un televisor. Fueron cinco terribles palabras de un hombre muy dado a las grandes pantallas del cine, y que marcarían hasta el día de hoy mis difíciles relaciones con este artefacto: “El tamaño no me conviene”.
Muy poco después zarpé rumbo a Europa para iniciar en París mi carrera de escritor, alejándome para siempre del esplendor con que se vivía en Lima en determinadas clases sociales. Fue lo que entonces se llamó los apachurrantes años cincuenta, que habrían de prolongarse hasta bien entrada la década del sesenta. En París, en el medio estudiantil pobre y subvencionado que yo viví, confieso que jamás vi un televisor en casa ni local alguno en los que puse los pies. Hablo de los años sesenta y setenta, en que todos nos moríamos por ver películas de grandes directores en las inolvidable salas de arte y ensayo del Barrio Latino, sobre todo en las de la rue Champollion, donde voy a dar siempre, hasta el día de hoy, cada vez que regreso a París. Pero el tamaño de las pantallas de televisión y su incapacidad para mostrar de manera conveniente el verdadero tamaño de un actor, digamos, como John Wayne, tan grandote y viril, fue por aquellos años un problema que no se me planteó, por la sencilla razón de que tardé más que veinte años en verme confrontado con el dilema de adquirir o no un televisor. Hasta entonces, sólo recuerdo a una gran amiga y alumna que tuve en París entre 1978 y 1980, Evaine le Calvé, que poseyera un televisor en su casa. Y recuerdo también que me asusté la primera vez que llegué y me lo encontré encendido, como esperándome mientras ella preparaba algún plato para la cena. La verdad, no me gusta imponer mis criterios, y mucho menos mis manías, pero cuando en esa pantalla bastante grande apareció un Humphrey Bogart minúsculo, precisamente en el instante que Evaine aparecía en la sala para ofrecerme una copa de tinto, me salió del alma aquel casi olvidado pero implacable “El tamaño no me conviene”, de mi abuelo, y la pobre chica no tuvo más remedio que hacer desaparecer en la oscuridad total a aquel impresentable y retaco Humphrey Bogart.
Vivía ya en Barcelona en 1986 cuando me enamoré de una muchacha madrileña adicta al televisor y sobre todo a esas pelis que vienen después de los telediarios y la cena. Íbamos y veníamos entre Barcelona y Madrid y, claro, cuando le tocaba a ella visita a mi casa, extrañaba un televisor. Pues bien, como yo vivía en un pequeño ático y mi dormitorio era realmente enano, me las arreglé para comprar un televisor de gran pantalla, lo coloqué frente a la cama, y bauticé toda aquella instalación como mi salita de arte y ensayo. Pero, el tamaño de la pantalla, ¡ay!, siguió no conviniéndome, por lo cual ella siempre se quejaba de lo mucho que gruñía, me movía, la impacientaba, yo, con mi permanente nerviosismo e inquietud, mientras veíamos televisión juntos. Nuestra feliz relación se basó, hasta el final, en 1994, en un pacto muy sencillo: Como también a ella le encantaba el cine, por cada peli que veíamos en la tele veíamos dos en el cine.
Después, viví sin televisor hasta que regresé a Lima en 1999 y rápidamente adquirí uno. Y aquel maldito e inmenso aparato no sólo me hizo ver en tamaño no conveniente las trescientas joyas del cine universal que me traje de Europa, en una excelente colección de videos más algún DVD, sino que metió, sí, metió en la habitación más bella de la casa que construí, alejada de Lima, en lo alto de un cerro, toda la inmundicia de la podrida dictadura de Fujimori, el hoy preso ex presidente del Perú. El poder vicioso de este exhibicionista se había apropiado casi de todos los canales de televisión del país, o sea que ya no era sólo el tamaño el que no me convenía. No me convenía absolutamente nada de aquella televisión mercenaria y abyecta, fuera estatal o privada.
Y hoy, en un dormitorio más amplio, en mi nuevo piso de Barcelona, he colocado un televisor de pantalla plana. Veo muchas películas, algunos noticiarios, algo de fútbol. Pero veo sobre todo la gran foto de mi abuelo que, más que colgar, pende sobre aquella pantalla, como una condena o una maldición. Cuando logro olvidarme de él y de su foto, logro ilusionarme con aquello de la pequeña sala de arte y ensayo. Pero, bueno, no dura mucho esta ilusión. Y en el dormitorio de mi flamante piso de Barcelona ya más de una vez se me ha aparecido en sueños el abuelo y he sido yo, quien, obediente y a la vez feliz de darle gusto en algo a ese viejo entrañable en todo, menos en este asunto de las pantallas de televisor, he sido yo, sí, quien se le ha adelantado y, señalando un modelo de televisor que él no logró ni soñar, le digo, complaciente: “Tampoco a mí me conviene el tamaño, hasta el día de hoy, abuelito”. (Por: Alfredo Bryce Echenique)