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Personajes Apasionada del criollismo, Doris Gibson vivió entre valses y guitarras.

Doris y la Jarana

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Años 70’s. Cecilia Barraza y atenta Doris Gibson en casa de esta. Extremo der., productor Daniel Camino. Extremo izq., Juan Gibson.

A muchos habrá sorprendido, supongo, que Doris Gibson pidiera que en su entierro le cantaran un yaraví. Ocurre que entre las facetas poco conocidas de Doris está precisamente su admiración por la música popular y en particular el yaraví.

Como saben los lectores de CARETAS, su voluntad se cumplió cuando, el domingo de su sepelio, Margot Palomino cantó, con el acompañamiento guitarrístico de Marino Martínez, el hermoso y premiado yaraví que éste había compuesto en memoria de su madre muerta hace dos años. Sé que la voz vibrátil y apasionada de Margot arrancó lágrimas.

Yo no conocía el pedido de Doris Gibson, ni el proceso y la historia de ese homenaje musical en el domingo del entierro, pactado esa misma mañana; pero ese mismo día había yo publicado un texto en el que señalaba la admiración de Doris Gibson por géneros musicales como el vals criollo, la muliza, el huaino, el yaraví. El azar en la música.

Entro en materia. Evoco la noche en que Doris Gibson descubrió a Lucha Reyes. Manuel Acosta Ojeda me recuerda que en una ocasión llegué con Doris y algún amigo al Centro Musical “Pedro Bocanegra”, situado en el jirón Arequipa, en el Barrio de Monserrate. El bar era allí atendido por una chiquilla morena a quien nadie conocía como artista. Debe de haber sido hacia 1966, cuando Lucha tenía veinte años de edad. Lo impresionante es que en algún momento de la velada, Lucha se acercó a la mesa en que estábamos Acosta, Carlos Hayre, las hermanas Olga e Irma Zevallos, esas grandes artistas huancas. Alguien, que sabía de las dotes vocales de Lucha la cantinera, le pidió que cantara algo. La que después sería llamada “La Morena de Oro del Perú” entonó el vals “El árbol de mi casa”, de Salvador Oda.

No puedo recordar las palabras de elogio de la fundadora y animadora de CARETAS ante esa voz inédita. Fueron cristalinas y respetuosas. Pocos sabían que a veces, después de atender el bar, esa chiquilla humilde cantaba. No sé en qué momento dormía, porque después se iba a la fábrica en que era obrera.

Hermosa escena aquella, cuyo sonido e imagen se hubieran debido grabar. En el ambiente estaban Julio César Alvarado y Julio Pizarro, dirigentes del “Bocanegra”. También había concurrido Rodolfo Espinar, el mejor periodista deportivo que haya tenido el Perú y que murió muy joven.

Muchos músicos populares recuerdan la presencia de Doris Gibson en la Peña de Piedad de La Jara, de público selecto y sorpresas innumerables; o en lugares más plebeyos, como el Centro Musical Tipuani, cuyo presidente era Juan Valdivia y en el cual el sumo pontífice era, cuando llegaba, Pablo Casas Padilla, el compositor de “Anita”, “Juanita”, “Teresita”, “Olga”, “Digna”, “Luz” (muy enamorado era mi tío). Esos valses encantaban a nuestra amiga.

No puedo omitir que más de una vez, a pedido de ella, llevé a su departamento, en el octavo piso del edificio La Nacional a músicos populares de la más refinada calidad. En cierta oportunidad estuvieron allí Augusto y Elías Áscuez, ese dúo memorable que cantaba marineras, panalivios, amor fino, habaneras y otras joyas cosechadas a lo largo de una vida extensa en el viejo Malambo (vulgo: Francisco Pizarro), en cuya atmósfera habían captado canciones aún más añejas que ellos. “Son una maravilla por su voz y unos príncipes negros por su conducta”, catalogó la dueña de casa. Fue tal vez luego de escuchar “La Pastora” (“Recuerda, niña, de aquella tarde, cuando en el bosque de los naranjos te conocí. / Porque eras bella, porque eras bella como las ondas de un mar sin fin”.

¿Bosque de los naranjos en Lima? Sí, pues, a fines del siglo XIX, estaba en los Barrios Altos, en el amplio paraje que dio nombre a la Calle de Los Naranjos.

Alguna vez llevé también al departamento de Doris Gibson al dúo de cantores de yaravíes Chuquimia-Espinoza. Extraordinarios maestros. Cuando cantaban algo de Melgar, Chuquimia, el más terrestre, el más loncco de los dos solía repetir: “De don Mariano Melgar” antes de empezar el canto: “Yo soy como aquellas perlas / que en el mar se han sumergido; / pero si tú no me has de amar / más vale no haber nacido”.

No puedo olvidar que una tarde, en una de las innumerables e irrepetibles jaranas de mi casa, Doris llegó en compañía de Francisco Igartua, que entonces dirigía CARETAS. Estaban allí Manuel Acosta, Carlos Hayre, Nicomedes Santa Cruz, y alguien habló de que Carmen Amaya, la gran gitana, estaba en Lima. Igartua dijo: “Yo la traigo”. Fue al hotel donde se alojaba la artista, y, en efecto, la presentó en mi domicilio. A veces me parece escuchar el eco de su taconeo pasional en el piso estremecido de mi casa bajopontina. El cante jondo, la música profunda de los gitanos, imantaba la emoción de Doris Gibson.

Doris venía, por cierto, de la tradición de la Peña Pancho Fierro, en la que alternó con la vanguardia literaria y social de la época: Emilio Adolfo von Westphalen, Sérvulo Gutiérrez (el gran amor de su vida), César Moro, Sebastián Salazar Bondy, las hermanas Alicia y Cecilia Bustamante. Como se sabe, ambas son iniciadoras del respeto y la exaltación del arte popular de los Andes peruanos. También Chabuca Granda, la futura compositora de “La flor de la Canela”, integraba ese grupo, en que lo popular andino y criollo, costeño, empezaban una fusión que aún no termina.

Fabuloso es el momento en que llevé a las hermanas Zevallos donde Doris. Con qué atención vibrante escuchó Doris las mulizas que cantaban Olga y Zoila. En particular, “Destino”: “Con el alma herida forjaré, / la dicha divina de nuestro amor, / corazón, ya no llores tu destino. / Entre las espinas lucharé, por nuestro cariño…”)

En alguna ocasión conduje hasta ese recinto, a pedido de la dama, a los poetas César Calvo y Reynaldo Naranjo.

Eso me abre la cortina de otra pasión de Doris: la poesía. No en vano era hija de Percy Gibson Möller, el poeta más eglógico y pictórico del Parnaso peruano, que escribió la letra para la canción “La despedida de Melgar”: “Blanca ciudad, hermoso cielo azul, puro sol, / montaña de mi lar donde nací, / donde me crié para amar”.

Ese es otro cantar. Recuerdo que un día Doris nos invitó a almorzar en su departamento a César Hildebrandt y a mí. Cuando llegamos, estaba escuchando en su equipo electrónico poesía francesa. Al ingresar en el departamento escuché versos que conocía: “Il n’y a pas d’ amour heureux” (no existe el amor feliz) de Louis Aragon, y éstos de Paul Éluard, en la voz penetrante de Gérard Philipe: Notre amour, tu disait, / notre amour, c’est un printemps qui a toujours raison (Nuestro amor, tú decías, nuestro amor, es una primavera que siempre tiene razón). Recuerde que yo identifiqué de inmediato a los autores. Sospecho que de ese día proviene la idea infundada de Hildebrandt de que soy muy entendido en menesteres de poesía. Como inventé alguna vez en mi remota adolescencia: Yo no sé leer, pero me escriben.

Pero la música, la música ante todo. Edith Piaf y Lucha Reyes, Lucha cantando canciones de Juan Gonzalo Rose, encendían a Doris Gibson. El canto popular, la peña emocionada, se adentraban en su corazón. Por eso pidió el yaraví del adiós. El yaraví que, solicitada de improviso, Margot, la generosa apasionada, acertó a cantar. (César Lévano)


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