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Opinión Por BRYCE ECHENIQUE

Cómo Aprendí el Inglés

Por momentos me pregunto si este breve relato sobre mi aprendizaje de la que bien podría ser mi segunda lengua materna –por menos así le habría gustado a mi padre que fuera: una verdadera segunda lengua materna, por la simple y sencilla razón, o por la complicadísima razón, más bien, de que él era un auténtico anglosajón, tal vez el más auténtico de todos los que me ha tocado conocer, pero perdido en Indias, para su desgracia y la nuestra, la de sus hijos, y sobre todo la mía, ya que en vida depositó en mí tanta confianza que ésta a mí me ha ido pesando cada día más, sobre todo después de su muerte, y eso que lleva ya casi cuarenta años de muerto, aquel tremendo anglosajón perdido en Indias.

Me fui por las ramas, qué duda cabe, pero sólo con la finalidad de que se entienda mejor por qué es que creo que este breve relato de mi aprendizaje del inglés debió realmente llamarse CÓMO APRENDÍ MI INGLÉS, o sea el que hoy practico con una duplicidad asombrosa, casi con una doble personalidad, ya que más de un amigo californiano me ha preguntado, en Berkeley, California, por ejemplo, por qué hablo con un acento tan exageradamente yanqui, mientras que en Londres alguno de mis buenos amigos ingleses me ha preguntado por qué hablo con un acento tan exageradamente británico. A lo que yo siempre respondo primero en francés: Entre deux chaises, le cul par terre. Y luego añado sencillamente que Entre esos dos acentos está la cosa o está, más bien, el ser hijo de un anglosajón perdido en Indias y que en vida cargó sobre mis hombros toda la responsabilidad de no ser nada del todo: O sea, no ser ni lo uno ni lo otro: ni británico ni yanqui por aquella burla del destino que nos hizo nacer en Indias y no en The United States of America or rather in England and by appointment.

Nacidos en el Perú, a mi padre le tocó la nostalgia y a mí la buena educación en ambos ingleses, para decirlo muy sencillamente. O sea que mi inglés oscila entre una escuela primaria que ya en kindergarten me llevó a pasar horas de infancia entre deliciosas monjitas USA y elegantísimas pizarras verdes –casi del tamaño de cada pared del aula– superdibujadas con letras y palabras y con las que fueron mis primeras frases en mi segunda lengua materna. Esto duró cinco años escolares y de ahí fui a dar a tres años más en un colegio de sacerdotes también USA, con acentos que recuerdo tejanos o muy de las costas este y oeste y del medio oeste y el medio este de los Estados Unidos de América. Yo hablaba ya perfectamente todos esas variantes yanquis y la escuela primaria –en la que destaqué tanto como buen alumno que desde entonces mi padre empezó a depositar toda su confianza en mí, y fue precisamente ello lo que le permitió llegar a la conclusión de que había llegado el momento del gran segundo paso en el aprendizaje de mi inglés– se me había acabado.

Había llegado pues el momento de hablar un inglés de Inglaterra, pero muy puro, muy so very british, o sea que, casi sin consultarme, mi padre me metió de cabeza en un internado británico en el que se llegó a la exageración de intentar que un puñado de niños bien peruanos vistieran como escolares ingleses, hablaran como ex alumnos de Oxford o Cambridge (los profesores lo eran) e incluso jugaran cricket y hockey. Fueron cinco años escolares alejados de cualquier otro acento contaminante y, modestia aparte, fui nuevamente un buen alumno. Por ello, creo, puedo decir ya, y sin temor a crítica alguna, que mi inglés lo aprendí por lo menos una vez y media, y que hoy, cuando alguien me dice que mi acento es exageradamente esto o lo otro, en realidad lo que estoy haciendo, aparte de mantener una cierta cronología y hasta autobiografía en ello, es rendirle un profundo homenaje a mi padre, un hombre muy bueno pero perdido en Indias, y a las Indias, donde tampoco está nada mal nacer.


 


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