Internacional Las claves para entender la histórica llegada al poder de Barack Obama y los nuevos pilares en los que basará su gobierno.
Trampolín a la Casa Blanca (VER)
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El multitudinario mitin triunfal de Barack Obama convocó a unas 70 mil personas en el Grant Park de Chicago. En las afueras del parque, mientras tanto, se reunían alrededor de un millón de simpatizantes. Tal éxito trae a colación un artículo que John Dinges, también autor del siguiente texto, publicó en CARETAS en febrero último. Entonces el presidente electo de Estados Unidos todavía peleaba por su nominación, pero ya atraía masas en el corazón mismo de Washington. Podía ser cosa de todas las elecciones en América Latina, pero se trataba de una anomalía para la política estadounidense. Hoy su triunfo revela el extraordinario dinamismo de la sociedad norteamericana. En el caso peruano, por ejemplo, hemos sido gobernados por un inmigrante japonés, integrante de una minoría casi exótica. Pero en EE.UU. la negritud ha sido protagonista de grandes dramas nacionales (ver nota aparte). Hoy ello ha sido superado, en momentos tan dramáticos, por encima de conservadores belicosos y de líderes WASP (Blanco, anglosajón y protestante por sus siglas en inglés). La victoria de Obama es un fenómeno del siglo XXI, un cambio de imagen para la primera potencia del mundo.Últimamente tengo un vicio. Todos los días, mientras tomo el primer café, dirijo mi buscador al sitio web RealClearPolitics.com (Política Muy Clara). Allí consulto las últimas encuestas. Un lujo, ciertamente, de encuestas: promedios de los múltiples sondeos nacionales, recuentos pormenorizados de los estados en juego y comparaciones con elecciones del pasado.Finalmente, la única encuesta que contó fue la del martes 4, cuando se calcula que casi 130 millones de estadounidenses fueron a las urnas para tomar una decisión que nos afecta a todos, norteamericanos o no.
Pero la evolución de las encuestas, y el desagregado por estados, ayudan a poner en perspectiva el triunfo de Barack Obama y a vislumbrar el cambio histórico que se está llevando a cabo en Estados Unidos.
El mapa que mostraba la polarización política del pasado ha cambiado. Miren a Virginia: al cierre de esta edición, con el 93% de votos escrutados, Obama superaba ajustadamente a McCain por dos puntos. La última vez que Virginia votó por un demócrata a la presidencia fue en el año 1964. Estado sureño, con muchas bases militares e incluso el cuartel de la CIA, antigua capital del gobierno rebelde de la guerra civil del siglo 19, Virginia es el clásico Estado “rojo”. Republicano y conservador. Pero este año no.
Carolina del Norte era otro estado sureño igual de sólido en la columna republicana. Igual, con el 94% de votos reportados, el republicano John McCain superaba a Obama por apenas 0.3%. Florida, estado decisorio de la elección de George Bush en 2000 y 2004, terminaba el martes con más de dos puntos de ventaja para el demócrata y amenazaba con dar sus 27 votos electorales a Obama.
El medio oeste, uniformemente republicano en el 2004, pues hasta mi estado natal Iowa votó por George Bush, ahora muestra una variedad de colores. Indiana, Colorado y Nuevo México (con fuerte voto latino) mostraban el liderazgo de Obama. Iowa y Nevada ya habían expresado su holgura en las encuestas.
Precisamente una de las interrogantes sobre las encuestas era la naturaleza de la elección. Se calcula que entre 10% y 20% de los votantes son nuevos. Ningún encuestador podía crear un modelo de proyección que capturase tal envergadura de cambio. Virginia, por ejemplo, ha registrado 500 mil nuevos votantes. La participación de votantes negros en algunos estados del sur, históricamente de muy baja participación, se proyectaba hasta 90% por ciento. Son niveles nunca antes vistos en la historia política de EE.UU.
El triunfo de Obama le facilitó además al Partido Demócrata un cómodo dominio en ambas cámaras legislativas. Pero lo más importante, insisto, no es la carrera de caballos –quién gana–, sino la revolución en la estructura interna de la política de EE.UU., o lo que Barack Obama ha llamado desde el principio “una nueva manera de hacer la política.”
LA VICTORIA DE OBAMA se explica en tres cambios históricos: la recuperación de la clase media y clase trabajadora (que en EE.UU. es la misma cosa) para el partido demócrata, la neutralización del factor raza (tanto el racismo abierto como el resentimiento racial de blancos y negros) que en el pasado aprovechó con tanta habilidad el Partido Republicano, y el despertar, después de décadas de somnolencia, del interés de la generación joven en la política.
Obama apuntó desde los primeros días de su campaña, sin mucha variación, a una serie de temas para lograr esta transformación. Pocas veces habló de raza como tal (en su primer discurso como presidente electo en Chicago se refirió al caso de Alice, una mujer negra de 106 años que votó por primera vez en esta elección y se sirvió del personaje para desarrollar un emocional pasaje final basado en el “sí podemos”, yes we can, de su campaña). Tampoco criticó a los “republicanos” como tales. Si los mencionó fue para hablar de la solidaridad de patriotas en un solo Estados Unidos de republicanos, demócratas, e independientes, de todas las razas y grupos étnicos. Pero tampoco habló de “pobres” como por ejemplo lo hizo el ex presidente Bill Clinton en un discurso al lado de Obama en Florida la semana pasada. Para Obama todo es clase media, un término que usó docenas de veces en estos últimos días para forjar el “argumento de clausura” de su campaña.
Ese argumento ha sido coherente y aparentemente ha superado el cinismo y escepticismo de muchos. Es un programa de raíces liberales en la medida que levanta el papel del Estado para solucionar los problemas enormes de un país en crisis. Tiene tres pilares: la regulación del sistema financiero para salir de la crisis económica, implementar por primera vez un sistema casi universal de seguro médico y un inmenso programa de inversión en el sector de nuevas fuentes de energía.
UN CUARTO PILAR es la política diplomático-militar. Se equivocan los que piensan que Obama es una especie de pacifista. Al contrario, al tiempo de terminar con la guerra en Irak pretende entrar con muchísimo más fuerza en lo que llama el campo de batalla principal contra el terrorismo anti-americano: Afganistán y el noroeste de Pakistán. Apoya un aumento significativo de tropas en este teatro de guerra y también un aumento global de la fuerza militar de Estados Unidos.
Obama no es ninguna paloma, si bien su postura militar se apoya en un cambio de 180 grados con relación a los últimos ocho años. La diplomacia del llanero solitario de Bush, que ignora los países que no apoyan las campañas de Estados Unidos y los declara en algunos casos sus adversarios, será reemplazada con la política de sentarse a hablar con cualquier poder en el mundo, desde Ahmadinajad, pasando por Siria, Corea de Norte y llegando hasta Cuba y Venezuela. La idea es nada menos una campaña global para recuperar la amistad de Estados Unidos con el mundo.
El programa de gobierno de Obama requiere la creación de un consenso bipartidista que no ha existido en EE.UU. desde los años 60, con la presidencia de John F. Kennedy (una figura con que Obama frecuentemente ha sido comparado). Requiere también que se enfrente a los grupos de poder de su propio partido. Es indispensable también que Obama mantenga el espíritu de optimismo de un público norteamericano hundido en una depresión nacional. Volviendo a las encuestas: en este momento el 90% por ciento de los consultados dicen que el país va por el sendero equivocado (going in the wrong direction). Como ironizó un columnista esta semana: “¿Una nueva manera de hacer la politica? Mucha suerte con eso”. (Escribe: John Dinges, desde Nueva York, CIPER*)
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* Dinges es co-director del Centro de Investigación Periodística (CIPER) y profesor de Columbia University. En el 2004 publicó ‘Operación Cóndor’, el documentado libro sobre el acuerdo entre varias dictaduras sudamericanas para intercambiar subversivos secuestrados.