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Personajes Migrantes de los países de APEC cuentan experiencias y atajan choque cultural.

Suelo y Raza

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No es Pichón.- En la cocina del Wa Lok chef hongkonés Michael Wong comanda desde hace 6 años. Está en el Perú hace 24.

A qué hubieran llegado las gesticulaciones desesperadas del fotógrafo sin la presencia de Liliana Kam en la cocina del Wa Lok: ella, a manera de intérprete, explicaba a un atento pero inaccesible Michael Wong las poses requeridas; el chef las acataba, no sin reírse bastante antes. Y Wong, 60, que dejó Hong Kong hace 24 años, afirma que no tiene ningún problema con el castellano: “porque para lo que yo hago, cocinar, no lo necesito”. También es en trabajoso castellano, que al fin empieza a manejar después de “cuatro y medio meses” de estudio –el mismo tiempo que lleva en el Perú–, Alexius Peo Alon explica que en Indonesia no existe el apellido: “Alon es el nombre de mi padre”. Invitado por el vicario de los Pasionistas en el Perú (congregación a la que pertenece), Alexius pasa sus días estudiando español en la iglesia de la Virgen del Pilar. A las preguntas sobre el advenimiento del APEC sólo responde con una sonrisa desorientada: “este es un idioma difícil”.

Por el contrario, a Chiharu Sato, 34, le bastaron 11 meses para conseguir un castellano de acento dulce, que ha ido afinando desde que dejó Yokohama, Japón. Allá, ella era voluntaria en una ONG que prestaba ayuda a extranjeros trabajando en el Japón. Hace 6 años vino a Perú sólo de paseo; y hace 3 se mudó definitivamente. Trabaja en el colegio peruano-japonés La Victoria. Casi todos sus amigos son peruanos; quizás por eso la conducta del ex presidente Fujimori le produce tanto desconcierto como indiferencia.

País Postizo

Cuando la empresa constructora australiana en la que trabajaba –y que lo trajo en 1999 a Perú– se retiró del país, Steve Dixon creó Stracon: empresa que brinda servicios a mineras. Natural de Auckland, Nueva Zelanda, Dixon llegó con esposa e hija de 4 años, y ahora tiene 3 niños más, nacidos aquí. Pero para Natalia Ilioukhina, no fue una decisión fácil, si no necesaria, la de dejar Moscú por Lima cuando tenía 21 años, hace diez. “Así es el amor”, se explica la rusa. Conoció a su esposo peruano en Moscú, y lo siguió hasta Perú. Ahora tienen dos hijos de 6 y 8, y una empresa que exporta hilos de alpaca a Rusia. Alejandro Rosas, 44, también dejó su México lindo y querido por una esposa peruana. Doce años después y divorcio de por medio, ha adquirido la doble nacionalidad. Cuando extraña su tierra va a La Punta, que le recuerda a su natal Veracruz.

También Latakah Prapaisit recuerda el sur de Tailandia, donde nació: sus hermosas playas adornadas por palmeras. Pero con 4 años aquí, ella se considera peruana y como tal habla sobre lo que debe mejorarse en “nuestra sociedad”. Conoció a su esposo peruano estudiando un master en Michigan. Ahora dirige el Centro de Idiomas de la Cayetano Heredia.

Entre dos tierras

Melissa Negrini, 36, fue enviada hace año y dos meses por la cooperación CUSO, que manda canadienses a países en vías de desarrollo. Maestra y educadora de Toronto, trabaja en el proyecto Kallpa en Pamplona Alta para disminuir el pandillaje. María Reyna, por su lado, llegó por primera vez a Malasia en 1959. No percibió el tan temido choque cultural porque los malayos la recibieron con los brazos abiertos. Ahora, con un próspero negocio de venta de autos en Kuala Lumpur, Reyna es también cónsul ad honorem de Perú en Malasia.

Rosela de Medina ya tiene aquí 12 años. En los setentas trabajaba para el ministerio de agricultura filipino cuando conoció al diplomático peruano que sería su esposo. Vino por primera vez en 1982. Luego estuvieron en África y volvieron a Lima para el nacimiento de Vanesa, hoy veinteañera de exótica belleza. Los filipinos también veneran a Santa Rosa de Lima y a San Martín de Porres.

Es decir, el océano que separa también une.


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